Domingo, 26 de febrero de 2017

| 2017/02/11 00:00

La sexi espía de la Primera Guerra Mundial

Hace 100 años cayó Mata Hari, la sexi espía holandesa que jugó a dos bandos en la Primera Guerra Mundial. Esta es la historia de una mujer que pagó con su vida su gusto por los hombres y el dinero.

La sexi espía de la Primera Guerra Mundial Foto: A.F.P.

Precursora, pionera, la Mata Hari labró en la historia la imagen de la espía seductora, de la mujer atractiva y de charla hábil que se sirvió de su cuerpo y de sus danzas exóticas para seducir a altos mandos militares franceses y alemanes durante la Primera Guerra mundial para sonsacarles información secreta en medio de la intimidad. Margaretha Geertruida Zelle, su verdadero nombre, nació en 1876 en Leeuwarden, Holanda, y llevó una vida de contrastes. En su infancia creció en medio de comodidades, pero cuando quebró el negocio de sombreros de su padre, y en medio de esa crisis su madre murió, su mundo se vino abajo. Y lo que es peor, el rector de su colegio la sometió a abuso, sexual lo que la obligó a trasladarse a La Haya a vivir con un tío suyo.

Esa experiencia la marcaría para toda su vida, pues descubrió que le gustaba ser el objeto del deseo de los hombres. A los 30 años, convertida en una estrella de los bailes exóticos, adoptó una nueva identidad, se rodeó de militares influyentes en ambos bandos del conflicto y se acostó con muchos de ellos. Sentía una extrema debilidad por los hombres de guerra: “Amo a los militares. Siempre los he amado, y prefiero ser la amante de un oficial pobre que de un banquero rico”, aseguró con desparpajo en el juicio que la condenó al pelotón de fusilamiento en 1917, acusada de ser la responsable de la muerte de miles de soldados por su espionaje contra Francia. Pero aún hoy muchos creen que era más una amante que una espía, y que solo fue un chivo expiatorio para los franceses.

Esposa, madre...

Tras vivir una adolescencia turbulenta, Margaretha buscaba dejar atrás su pasado. Tenía 18 años en 1895, cuando respondió a un anuncio en el periódico que decía: “Oficial apostado en las Indias Orientales Holandesas, de vacaciones, busca mujer agradable. Motivo: matrimonio”. Le envió carta, referencias y foto y de ese modo logró casarse con Rudolf MacLeod, un oficial del ejército holandés de 39 años. La unión la acercó a las altas esferas sociales de Holanda, pero el remedio terminó siendo tan duro como la enfermedad. Entre 1897 y 1899 Margaretha vivió en la hermosa isla de Java con su marido y sus hijos, Norman y Juana Luisa. Pero la pasión se desvaneció y la convivencia de pareja se convirtió en un calvario.

‘Margaretha’ aprovechaba las ausencias de Rudolf para aprender los bailes y costumbres de esa región de paisajes exuberantes y costumbres exóticas. La holandesa de 21 años se empapó de la cultura local lo suficiente para moldear una narrativa misteriosa que le resultó crucial en el futuro. El médico de la familia le contó al biógrafo Sam Waagenaar que las cosas se complicaban cuando MacLeod volvía de sus viajes. Insultaba y maltrataba a su esposa pues despreciaba su estilo de vida. La consideraba desentendida de sus labores de hogar. “¿Cómo puedo hacer para quitarme de encima a esta maldita sin perder a mis hijos? Si tan solo tuviera dinero para comprar su consentimiento, pues la maldita hace todo por dinero”, le preguntó MacLeod desesperado a su hermana. Podría parecer una víctima, pero por su parte tenía una concubina y era un alcohólico muy agresivo.

Solo una tragedia le dio la estocada al débil matrimonio. En un acto de venganza contra MacLeod, uno de los sirvientes -enamorado de su concubina- envenenó a sus hijos. Juana Luisa sobrevivió, pero la muerte de Norman, de dos años y medio, separó a la pareja. La pequeña se quedó con su padre y Margaretha, en un limbo, desapareció.

Nace Mata Hari

En vez de regresar a Holanda, Margaretha escogió una ciudad que la deslumbró desde pequeña. En 1905 llegó a París, y dio rienda suelta a su nueva persona en el mundo del espectáculo. Se reinventó como Lady MacLeod y luego como Mata Hari, una expresión malaya que traduce ‘el ojo del amanecer’, que ya había usado para firmar varias cartas a familiares desde Java. Ese seudónimo la acompañó por el resto de sus días.

Debutó como bailarina artística en el salón de madame Kireevsky, y varias reseñas deslumbrantes la impulsaron a hacer gira por distintos salones y cafés de la Ciudad Luz. Los diarios la describían como “Una mujer del Oriente Lejano, que emana perfume. Ha venido a Europa a presentar algo de la riqueza del color de Oriente y de su vida, bailando y descartando velos con una picardía sugestiva”. La bailarina profesional Colette anotó: “No baila realmente, pero sabe cómo quitarse la ropa, revelando un cuerpo esbelto y orgulloso. Llega prácticamente desnuda a sus recitales, baila con los ojos abajo y luego desaparece envuelta en velos”.

Aprovechando la ola de atención, manipuló su historia de origen a voluntad. “Nací en Java”, aseguraba, “en medio de la maravillosa vegetación tropical. He aprendido estas danzas desde mi temprana infancia, y conozco su profundo significado”. La historia cambiaba radicalmente para cada interlocutor. En otra fantasía, frente a otro público, Mata Hari contó que su marido la rescató de un templo donde estaba prisionera y se casó con ella antes de morir de fiebre. La vida le seguía el juego, pues su fama retumbaba en otras capitales como Madrid, Londres, Viena y Berlín. En 1907, cuando se divorció de MacLeod, ganaba suficiente dinero para vestirse bien y vivir a sus anchas, siempre invitada y agasajada por sus muchos admiradores.

Espía por error

En esas estaba cuando estalló la gran guerra europea en 1914, mientras bailaba en la capital alemana. Y si bien no había mostrado una afinidad con este país, hay varias teorías que tratan de explicar cómo entró en contacto con sus agentes de inteligencia. Una versión asegura que el barón Von Mirbach le propuso ser espía. Otra versión dice que antes de salir de Alemania recibió el nombre clave de H-21 y se entrenó en observar y escribir reportes detallados en Frankfurt. Pero a muchos, entre estos John S. Craig, autor de Peculiar Liaisons: In War, Espionage, and Terrorism in the Twentieth Century, les parece absurdo imaginarse a Mata Hari en estas circunstancias.

Ella regresó a La Haya, pero insistió en pasar por París, donde no encontró posibilidades de trabajo durante la guerra. En ese trayecto pasó por aguas británicas y, en un retén en Folkstone, sus vestimentas de lujo llamaron la atención de oficiales británicos que reportaron: “Su apariencia es insatisfactoria, y se le debería rechazar la entrada al Reino Unido”. Ese informe llegó a las altas esferas de Scotland Yard y también al Deuxième Bureau, ente de la Inteligencia francesa.

De vuelta en La Haya, Mata Hari recibió en 1916 una visita que marcó un punto sin retorno. En esta, el cónsul alemán y oficial de inteligencia, Karl Cramer, le ofreció 20.000 marcos para que “cumpliera unas pequeñas labores en París que el pueblo alemán agradecerá”. Atravesaba una etapa económica difícil, aceptó el dinero y asumió funciones como informante de bajo nivel. Luego tomó ruta a París, pero apenas pisó Francia el Deuxième Bureau le seguía el rastro, sobre todo el capitán Georges Ladoux.

Para entonces Mata Hari sostenía un romance con el oficial ruso Vadime de Masloff, a quien describió después como el único hombre al que amó en la vida. Herido en el campo de batalla, Masloff fue atendido en Vittel, un pueblo restringido para la población general pues tenía una pista desde la cual partían aviones a bombardear fábricas alemanas. Mata Hari pidió el permiso al Deuxième Bureau para visitar a su amor. Ladoux vio su oportunidad y le tendió una trampa. Le pidió espiar para Francia y aceptó pagarle un millón de francos que ella le pidió para poder vivir tranquila con su amor.

Presionada por Ladoux, viajó a Madrid y allá entabló una relación con el agregado militar alemán, Arnold Kalle. Para ese momento, tanto alemanes como franceses desconfiaban de Mata Hari. Kalle sabía que espiaba para los franceses y que había recibido dinero alemán, y la hizo caer. Envió un informe a Berlín sobre la agente H-21, sabiendo que los franceses lo interceptarían. El 13 de febrero de 1917 Ladoux la capturó. En julio la enjuiciaron por “espionaje, complicidad de inteligencia con el enemigo”, y en el proceso salieron todos sus trapos al sol, sus amantes, su mediocre espionaje y sus costumbres licenciosas. El 15 de octubre, mientras el pelotón de fusilamiento se preparaba, se negó a que le vendaran sus ojos. Murió como una valiente, pero nadie reclamó su cuerpo. n

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