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| 6/27/2004 12:00:00 AM

Una mujer con pantalones

Hace 200 nació George Sand, una mujer que desafió las reglas de su época. Esta escritora, ensayista, periodista y pintora fue una de las pioneras de la liberación femenina.

El inicio de su carrera, cuando no era más que una aprendiz de escritora, George Sand presentó un manuscrito a un editor para que le diera su opinión. Después de leerlo, éste le respondió que una mujer no debería escribir y le dijo: "Querida señora, no haga libros, haga niños". Desde ese día Sand se dedicó a desafiar las costumbres de su época y a demostrar que las mujeres podían tener una vida diferente.

Sand nació en 1804 y fue bautizada con el nombre de Aurora Dupin. Su familia era de descendencia aristócrata y por eso nunca fue al colegio. Desde niña tuvo un preceptor llamado Deschartres, que le dio una educación basada en ideas liberales. Durante su adolescencia la familia Dupin se trasladó a una casa campestre en Nohant, donde la joven Aurora comenzó su comportamiento rebelde. Uno de los primeros escándalos que protagonizó fue cuando decidió usar pantalones porque era más cómodo. Además montaba sola a caballo, algo que no hacía ninguna mujer de la región. Luego, aconsejada por su tutor, estudió anatomía. En esa época, el hecho de que una mujer estudiara el cuerpo humano era considerado una profanación. La gente comenzó a inventar rumores sobre Aurora. Decían que alguien así no podía ser piadosa, que le gustaba beber sangre y que de noche iba con Deschartres a desenterrar cadáveres en el cementerio.

Estos hechos afectaron mucho a su familia y Aurora fue enviada a un convento de monjas inglesas, donde pasó tres años. Leyó a Plutarco y a otros autores griegos y latinos y aprendió a tocar piano, arpa y guitarra. Durante este período también trabajó como enfermera y fabricando jarabes. En 1822 salió del convento para casarse con Casimir Dudevant, que la llevó a vivir a París. Allí continuó con sus extrañas costumbres: se vestía con ropa de hombre, se cortó el pelo y buscó un trabajo. Su matrimonio fracasó muy pronto, pero decidió seguir viviendo sola en París. Además se hizo llamar George Sand, un nombre claramente masculino.

En París Sand encontró un ambiente más liberal que le permitió llevar la vida que siempre había querido. Trabajó para el diario Le Figaro y comenzó a escribir textos literarios: en 1832 publicó Indiana, una novela en la que hizo una defensa del derecho de la mujer a elegir su propia vida. Durante esos años se hizo buena amiga de Honoré de Balzac y Prosper Merimée, dos de los más grandes escritores de la lengua francesa. Sand se reunía con ellos y con otros intelectuales en los cafés de París a discutir sobre política y arte.

Cada vez más Sand se interesaba por la literatura y la política. Entre 1837 y 1850 publicó sus novelas más importantes: Léila (1833),

Mauprat (1837), La mare au Diable (1846) y La petite

Fadette (1849). Además se dedicó casi por completo a la actividad política y a defender las ideas socialistas. Justamente fundó La causa del pueblo, un diario desde el cual atacaba el régimen monárquico.

En 1848 Sand participó activamente en las revueltas que llevaron a la caída del rey Louis-Phillipe. Sin embargo, en mayo de ese año Louis-Napoleon Bonaparte (más tarde autoproclamado Napoleon III) fue nombrado presidente y Sand, que no lo apoyaba, decidió irse de París y volver a Nohant, a la finca donde había pasado su infancia.

Amores de novela

Además de su agitada vida intelectual, Sand tuvo una vida sentimental muy activa. En 1833 conoció al poeta y dramaturgo Alfred de Musset, de quien se enamoró de inmediato. La pareja viajó por toda Europa, pero dos años más tarde el escritor se enfermó de fiebre tifoidea. Ella lo cuidó durante varios meses: "No sólo por respeto a su genialidad sino porque me atraían los matices encantadores de su carácter y los sufrimientos morales que experimentaba". Durante casi dos años Musset y Sand mantuvieron una relación caracterizada por el exceso, los celos y las traiciones (al parecer Musset era un visitante habitual de los burdeles) y la enfermedad. Fue un romance tan intenso que en una ocasión Sand se cortó el pelo y se lo envió al poeta dentro de una calavera. Más tarde Musset escribió Confesiones de un hijo del siglo, una versión novelada de los amores entre ellos dos.

Un tiempo después de su ruptura con Musset, Sand conoció a la cantante de ópera Paulina Viardot-García, con quien mantuvo una relación sentimental. Pero más tarde confesó que no soportaba durante mucho tiempo la compañía de las mujeres; no porque las considerara inferiores sino porque le parecían demasiado nerviosas.

A fines de 1836 conoció al famoso compositor y pianista Frédéric Chopin. Éste se escandalizó por la apariencia de Sand y preguntó si "esa Sand tan antipática es una mujer". A su vez, Sand, al percibir sus modales refinados preguntó si "ese Chopin es una señorita". Pero en el verano de 1838 se reencontraron y esta vez iniciaron un largo romance. Sand admiraba la genialidad de Chopin y escribió sobre él: "Ha hecho hablar a un solo instrumento el lenguaje del infinito". Sin embargo muy pronto la relación se volvió insoportable. Chopin sufría de depresión y se atormentaba por banalidades. Cuando Sand se fue a vivir a Nohant, el músico ya estaba muy enfermo de tisis y la relación se acabó.

Sand se dedicó por completo a la redacción de sus memorias. En 1855 publicó Historia de mi vida, compuesta por 20 volúmenes y en la que hablaba, entre otras cosas, de su evolución hacia ideas más conservadoras. También continuó haciendo ensayos políticos. Su opinión era tan respetada que en 1852 Napoleon III la invitó a discutir sobre su gobierno. Además, frecuentemente la visitaban algunos de los personajes más importantes del siglo: el músico Franz Liszt, el pintor Eugéne Delacroix y los escritores Téophile Gautier, Ivan Turguéniev y Alexandre Dumas hijo. Además Sand mantuvo una prolongada relación epistolar con el novelista Gustave Flaubert. Las cartas que intercambiaron se publicaron más tarde.

Sand murió a los 75 años y aunque su vida y sus gustos fueron terriblemente criticados en su tiempo, hoy es recordada como una de las intelectuales más importantes del siglo XIX y una pionera de la liberación femenina.
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