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| 6/27/1988 12:00:00 AM

UNA VOZ PARA CANTAR

Tras 30 años de radicalismo y música, Joan Báez publica su autobiografía.

"Nací con unos dones. Hablo de mis dones sin falsa modestia y con profunda gratitud, precisamente porque son dones y no cosas creadas por mí ni actos de los que pueda envanecerme. Mi mayor don, otorgado por unas fuerzas que nada tienen que ver con la genética, el ambiente, la raza o la ambición, es una voz apta para el canto. Mi segundo don, sin el cual sería una persona completamente diferente, con una historia totalmente diferente, es el deseo de compartir con los demás esa voz y las numerosas ventajas que mi voz me ha deparado.
De esta combinación de dones ha brotado un gran caudal de emoción, amistad y pura alegría": así se expresa Joan Báez en uno de los capítulos de su libro, la autobiografía titulada "Y una voz para cantar", que aparece en castellano coincidiendo con los 20 años transcurridos desde ese mayo de 1968 cuando las canciones de esta mujer delgada y de ojos grandes, estremecieron a los manifestantes callejeros, no sólo en París sino también en las grandes ciudades del mundo.
Durante cerca de 30 años Joan Báez ha cantado en prácticamente todos los escenarios del mundo, desde Europa oriental y occidental, Japón, Australia, el norte de Africa, Suramérica, Estados Unidos, Centroamérica, el Oriente Medio y el Lejano Oriente, Canadá y no sólo en clubes nocturnos o en estadios atestados de muchachos melenudos y sucios, sino también ha cantado en los refugios de Hanoi, durante la interminable guerra de Vietnam, en los campos de refugiados laosianos en Tailandia y en los poblados de los refugiados vietnamitas que huyeron en frágiles barcazas hasta Malasia, ha cantado en prisiones europeas y norteamericanas, en grandes y pequeñas manifestaciones, mientras dialogaba con personajes como Andrei Sakharov, Elena Bonner, las madres de la Plaza de Maya en Buenos Aires, la dirigente Maired Corrigan en Belfast, Bertrand Russell, César Chávez, el chileno Orlando Letelier, el obispo Tutú, el polaca Lech Walesa, los presidentes Corazón Aquino, Francois Mitterrand, Jimmy Carter, Giscard D'Estaing, el rey de Suecia, a tiempo que se entrevistaba con prisioneros políticos de gobiernos de derecha e izquierda y era amiga de un personaje que la marcó humana políticamente para siempre, el reverendo Martín Luther King, cuyo asesinato se conmemora 20 años después, ahora en junio.
Pocas artistas tan completas discutidas, publicitadas, perseguidas y aplaudidas como Joan Báez, sola o al lado de Bob Dylan, alternando en ocasiones con los Beatles o con Luciano Pavarotti, confesando en este libro (editado en castellano por Seix Barral), cómo ha sentido que su música en un momento dado ya no le decía nada a la gente, cómo buscaba a través de su guitarra y su voz, el contacto físico con pequeños grupos o enormes multitudes, para compartir esa impaciencia, ese temblor, esa luminosidad que han sido características de su carrera y su vida.
Con un lenguaje simple que desecha cualquier adorno literario va reconstruyendo los momentos más destacables de una vida que, al parecer, jamás tuvo un día gris o desperdiciado y entre las páginas memorables por el humor de la situación descrita se hallan las que dedica a su encuentro con Lech Walesa y su mujer Danuta. El retrato que nos queda del líder polaco, machista y egoísta, es divertido, con la mujer embarazada y confinada a la cocina mientras se moría por salir a la calle, en medio de las antorchas que rodeaban a Joan y su guitarra. Lo curioso en medio de estos vaivenes es cómo el radicalismo de la Báez se mantiene. Sigue apoyando la no violencia, detesta los extremismos de derecha e izquierda y continúa rabiosa ante el espectáculo de los niños golpeados y muertos de hambre. Se muestra preocupada por las actuales tendencias norteamericanas hacia lo que califica de "ramboísmo, egoísmo y autocomplacencia que amenazan nuestros valores culturales, espirituales, morales y artísticos e impiden una clara percepción y una preocupación sincera por el mundo que respira más allá de las fronteras de Estados Unidos".
Siendo una de las cantantes más populares que más vende discos, ha sacado tiempo para seguir presidiendo uno de los comités de Amnistia Internacional, el llamado "Humanitas", encargado de defender los derechos humanos y propiciar el desarme entre las grandes potencias. También para participar de monstruosos conciertos y giras, como el de Live Aid que sirvió para llevar toneladas de alimentos a los pequeños de Etiopía. Ella sabe que los esfuerzos no son suficientes y por eso a lo largo de sus memorias, 20 años después de mayo del 68, muestra cierto desencanto que el lirismo de sus palabras disimula bien.
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