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| 8/26/2005 12:00:00 AM

Vecinos incómodos

Frente a la Casa Blanca y al Parlamento británico viven dos pintorescos personajes que protestan en favor de la paz. Nadie les atiende, pero ellos entregaron su vida por su causa.

Las protestas callejeras están en las primeras planas desde que Cindy Sheehan, la madre de un soldado estadounidense muerto en Irak, se convirtió en el símbolo del pacifismo al acampar frente a la finca de George W. Bush. Pero su éxito es un caso infrecuente ya que, por lo general, esos manifestantes no consiguen la atención nacional.

Es el caso de Concepción Martín Piccioto, con quien Cindy se encontrará si hace realidad su amenaza de trasladar su protesta frente a la Casa Blanca si Bush no la recibe. Concepción lleva 24 años viviendo 24 horas al día frente a la residencia presidencial para denunciar "el absurdo de la guerra nuclear, la ambición por el petróleo, la invasión a Irak y todo abuso de poder".

Su piel ajada por el sol es testimonio de una vigilia sin fin "soportando la intemperie, los más intensos veranos y los más crudos inviernos", como contó a SEMANA esta gallega de 60 años que ha vivido en Estados Unidos desde hace 40. Para el transeúnte desprevenido podría parecer una indigente más. Pero su destartalado cambuche, su ropa raída, sus medias coloridas, la sonrisa que deja al descubierto un único diente, según ella debido a los maltratos de la lucha, y la pañoleta que cubre el casco que la protege de "los rayos láser" que "le lanzan sus enemigos" ocultan una militante por la paz. Connie, como suelen decirle, se considera una "testigo comprometida" a denunciar el abuso de los gobiernos norteamericanos. Aunque nunca ha podido hablar con los presidentes ha tenido por vecinos a Ronald Reagan, Bush padre, Clinton, a quien describe como "un inútil que no hizo nada bueno más que estar con Monica", y Bush hijo, "el más mentiroso, aunque todos son iguales, corruptos y cobardes", concluye.

Su tragedia personal se convirtió en su primera causa. En 1971, después de separarse de su esposo, un italo-norteamericano, Concepción perdió la batalla en los tribunales por conservar a su hija adoptiva, a quien jamás volvió a ver. En el divorcio también perdió su casa y, más tarde, sus trabajos de intérprete de la ONU y en la Oficina Comercial Española en Nueva York, debido a su obsesión por encontrar mecanismos legales para recuperar a su niña. Como no tuvo éxito, sustituyó su morada por una especie de carpa de tres metros cuadrados, hecha de plásticos y cartones, ubicada en la famosa Pennsylvania Avenue, para protestar por la injusticia. Los policías rumoran que desde entonces ella "también perdió la cordura".

Concepción empezó a simpatizar con las causas de otros manifestantes, especialmente la de William Thomas, quien protestaba contra las armas nucleares. "Hoy mi colega trabaja desde Internet, tiene responsabilidades familiares, pero me ayuda en este combate y me reemplaza cuando voy a ducharme o tengo otras necesidades". Según la activista, ha librado difíciles batallas, desde golpizas hasta amenazas de recluirla en un manicomio. "Desde que llegué a la cuadra en 1981, el Servicio de Parques Nacionales decretó reglas para limitar mi capacidad de protesta". Sus carteles caseros, que contienen frases como "Bush es el verdadero terrorista", en el que aparece el mandatario con un turbante al estilo Ben Laden, no pueden exceder los dos metros de altura. Además, la acera de la Casa Blanca fue vedada y se trasladó a la calle del frente. Recuerda cómo en 1982 la Policía mató a un activista antinuclear que había amenazado con volar el monumento a George Washington. También se queja de que le toca dormir sentada porque es ilegal acostarse en esa zona y que por hacerlo ha sido arrestada en varias ocasiones. Cuenta que en las noches "quienes quieren que me vaya, me prenden los carros al frente para echarme gases tóxicos".

Concepción se ha convertido en una atracción más para los 6.000 turistas que a diario visitan la Casa Blanca, y hasta robó cámara en el documental Fahrenheit 9/11, de Michael Moore. A los visitantes japoneses les habla de "los horrores de Hiroshima y Nagasaki" y hasta posa con afganos para fotos mientras les comenta que "Estados Unidos alimenta a los terroristas que después dice perseguir". Ella vive de la caridad y de la venta de piedras decoradas con motivos alusivos a su lucha la cual continuará, como ella dice, "hasta cuando el mundo sea más seguro".

La voz en vela

Algo parecido ocurre en Westminster, Londres, frente al edificio del Parlamento. Allí la fachada del Big Ben ha dejado de ser la única atracción digna de ser fotografiada. En la acera del frente, una hilera de pancartas de cartulina, con imágenes y recortes de prensa, se extiende por casi 100 metros. Y, entre ellas, apenas se distingue un hombrecillo huesudo que usa un sombrero de pescador cubierto de botones alusivos a la paz. Se trata de Brian Haw, quien ha vivido los últimos cuatro años de los 56 que tiene en su campamento y casi ha perdido su voz, según cuenta, de tanto protestar en contra de la guerra y de la política exterior británica.

Con la poca voz que le queda suele tararear desafinadamente la canción que compuso con su consigna: "Paren de matar a nuestros niños, a todos nuestros niños? en cualquier parte del mundo? paren de matar a sus papás? paren la violencia? paren el genocidio". Dice que el petróleo, los diamantes, el oro, el caucho, el cobre o el titanio no justifican esas muertes.

Aunque era carpintero, entre otras ocupaciones, Brian asegura que su trabajo siempre ha sido la paz. Por eso en 1970 visitó Irlanda del Norte, cuando católicos y protestantes se enfrentaban a bala, y Camboya "cuando Pol Pot convirtió una nación de ocho millones de personas en una de cuatro y medio". Cuenta que en 2001 la historia de una niña iraquí, enferma de leucemia y sin acceso a tratamiento debido a las sanciones sobre ese país, lo inspiró a iniciar su protesta. Desde entonces, su permanencia en la Plaza del Parlamento ha sido desafiada por detractores que le han propinado palizas y por las autoridades, pero el sistema judicial le ha concedido el derecho de continuar y sólo han logrado quitarle su megáfono.

Recientemente, la Corte concluyó que un artículo de la ley contra el crimen organizado, que prohibía realizar actos en la plaza sin previa autorización, no le era aplicable porque su acción comenzó antes de que la nueva legislación entrara en vigor. "Ahora dicen que soy intocable, que soy el único que puede estar aquí", señaló a SEMANA, aunque esa exclusividad le molesta, pues le gustaría que mucha gente apoyara su lucha.

A pesar de las limitaciones jurídicas, a su voz se han unido otras. Hoy cuenta con un equipo de unas 20 personas que lo apoyan en su lucha. Cuando Brian se va a dar una ducha a un baño público en las cercanías, el grupo se encarga de alimentar su página de Internet, de llevarle comida y de cuidar sus pocas pertenencias, que son su tienda de dormir, dos sillas plegables y sus pancartas.

Su esposa y madre de sus siete hijos, quien en un principio lo apoyó, lo abandonó. Por eso, como Concepción, no contempla el regreso a su vida anterior. Al igual que ella, sólo abandonará su lucha cuando consiga sus objetivos o se apague su voz.
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