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| 11/26/2011 12:00:00 AM

Venganza de ultratumba

Algunas de las muertes relacionadas con el descubrimiento de la tumba de Tutankamón podrían ser obra de un asesino serial y no de una maldición, como se ha especulado por décadas.

El 5 de abril de 1923, la maldición del faraón Tutankamón cobró sus primeras víctimas. En una habitación del Hotel Continental de El Cairo agonizaba Lord Carnarvon, el arqueólogo aficionado que había patrocinado la expedición que descubrió la tumba del rey niño. Lo que comenzó como una insignificante picadura de un mosquito terminó en una septicemia que rápidamente acabó con su vida. Mientras tanto, a miles de kilómetros de ahí, en Hampshire, Inglaterra, su perro daba sus últimos aullidos. La fatal coincidencia alertó de inmediato a quienes creían que todo aquel que interrumpiera el sueño eterno del monarca egipcio tendría un final trágico, tal como advertía una inscripción sobre su ataúd.

En los salones de té ingleses y en las plazas de mercado de El Cairo no se hablaba de otra cosa. Se rumoraba que varios ayudantes de la excavación también habían fallecido e incluso el reconocido escritor Sir Arthur Conan Doyle, creador de la saga de Sherlock Holmes, aseguró que la maldición era real. Carnarvon fue considerado la primera de 20 personas que murieron luego de participar en la famosa excavación del arqueólogo inglés Howard Carter, en el Valle de los Reyes, en Luxor, Egipto. Todos desaparecieron en extrañas circunstancias entre 1923 y 1930, y aunque Carter vivió hasta los 65 años, su fiel canario fue devorado por una cobra, el símbolo por excelencia del poder de los faraones en la Tierra.

Sin embargo, hace pocos días el historiador británico Mark Beynon le dio un giro al caso, al sugerir que detrás de las misteriosas muertes se esconde un asesino en serie. Según su libro London's Curse: Murder, Black Magic and Tutankhamun in the 1920's, Alesteir Crowley, el líder de una secta satánica obsesionado con Jack el Destripador, es el verdadero responsable de siete de las víctimas atribuidas a la maldición de del 'niño de oro'. Para Beynon, los decesos por causa natural encubrían los crímenes del satánico. Así, por ejemplo, la secretaria de Carter no habría muerto de un paro cardiaco, sino que fue asfixiada por Crowley; y Edgar Steele, el vigilante del sarcófago en el Museo Británico de Londres, también habría sido envenenado por él tras una operación rutinaria de estómago.

El escritor sustenta su hallazgo en los diarios de Crowley, en periódicos de la época y en informes forenses de las víctimas. Beynon, además, lo señala como el autor intelectual de los asesinatos porque tenía la motivación perfecta: se creía un profeta elegido por los faraones y consideraba que el proyecto arqueológico era un sacrilegio. Richard Kaczynski, estudioso de la vida de Crowley por más de dos décadas y autor de cuatro libros sobre su vida, está en desacuerdo. "Crowley no era un asesino, esta es una de las muchas leyendas urbanas que existen de él. Si bien adoraba a los dioses del antiguo Egipto, nunca le rindió culto a Tutankamón ni quiso vengar la apertura de su sarcófago", le dijo a SEMANA.

Verdad o mito, la teoría de Beynon es una de las muchas que han aparecido sobre los poderes del faraón. Los más escépticos han atribuido las muertes a la presencia de hongos en la cámara fúnebre, a insectos o simplemente al azar. El periodista Philipp Vandenberg, autor de The Curse of the Pharaohs, afirma que las pirámides eran ambientes propicios para la supervivencia de bacterias y la conservación de poderosos venenos ancestrales que atacaban sin piedad a los intrusos. Por eso, según él, los ladrones de tumbas hacían un orificio en los muros de las pirámides antes de ingresar, porque temían inhalar alguna toxina. El científico Louis Bulgarini ha propuesto otra teoría menos realista: cree que era probable que los antiguos egipcios recurrieran a radiaciones letales para proteger sus lugares sagrados.

Cualquiera que sea la explicación, lo cierto es que cientos de personas en todo el mundo están dispuestas a seguir alimentando el mito del 'rey Tut', 3.000 años después de su muerte.
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