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| 2/15/2014 4:00:00 AM

La búsqueda de una madre

La irlandesa Philomena Lee tuvo un hijo en la adolescencia y fue obligada por unas monjas a darlo en adopción. Una nueva película, nominada al Oscar, cuenta cómo 50 años después intentó dar con su paradero.

Durante 20 años Martin Sixsmith trabajó como corresponsal de la BBC en Moscú, Washington y Varsovia y fue director de comunicaciones del Partido Laborista británico. Vivió de cerca el lado más oscuro del poder, cubrió guerras y desastres naturales y se consideraba un hombre endurecido por la experiencia. Por eso, cuando le propusieron contar la historia de una mujer a quien le habían robado a su hijo hacía 50 años, Sixsmith no sintió interés. Pero, como acaba de perder su trabajo, no le quedó más remedio. Lleno de prejuicios, accedió a conocer a la protagonista de su historia: Philomena Lee, una irlandesa de 68 años.

La señora lo encantó rápidamente con su personalidad bondadosa y su trágico relato, y Sixsmith accedió a ayudarla a encontrar a su hijo perdido. “Las cosas que descubrí en los cinco años que dediqué a esta misión –la profunda falta de humanidad y la crueldad con que me topé– me dejaron boquiabierto”, escribió en un libro con la historia de Philomena. El director británico Stephen Frears se basó en él para hacer Philomena, película protagonizada por Judi Dench y Steve Coogan, que se estrenó esta semana en Colombia. La cinta está nominada al Oscar a mejor película y Dench, a mejor actriz.

Philomena entró a los 6 años a estudiar en un internado católico. Cuando se graduó, de 18, salió por primera vez al mundo real y pronto se dio cuenta de que las monjas habían omitido muchas cosas en su educación. Entre ellas, de dónde vienen los bebés. Una tarde poco después de su graduación, Philomena visitó la feria de su pueblo, donde conoció a un joven que la invitó a una manzana caramelizada. Meses más tarde, cuando comenzó a crecerle la barriga, se enteró de que estaba embarazada. Su padre, avergonzado, la envió al convento irlandés Sean Ross para esconder el embarazo. Allí tuvo a su hijo Anthony, el 5 de julio de 1952.

Durante los siguientes tres años Philomena trabajó arduamente en la lavandería del convento junto a docenas de otras jóvenes que, como ella, habían quedado embarazadas sin estar casadas. No tenían otra opción: la única manera de irse era pagarle al convento 100 libras por haberlas acogido, una suma que ninguna tenía. Las monjas les repetían constantemente que habían cometido un pecado mortal, que eran unas degeneradas y que por eso estaban obligadas a dar a sus hijos en adopción. Era la penitencia justa por ceder ante sus deseos carnales. Pero no les quitaban a los niños inmediatamente, sino que las dejaban verlos una hora al día, hasta el momento en que sus nuevos padres se los llevaban.

Philomena vio crecer a Anthony durante tres años, hasta que un diciembre, sin siquiera avisarle, una mujer lo adoptó. Décadas más tarde, la mujer recuerda ese día vívidamente: gritó su nombre, desesperada, y corrió hasta las puertas del convento, donde lo vio alejarse en un carro negro. Asegura que el niño se asomó por la ventana trasera, buscándola. “Recuerdo que era una tarde de domingo. Siempre lloro cuando pienso en ese día”, le dijo a Sixsmith. Cuando Anthony nació, las monjas obligaron a su madre a firmar un documento en el que renunciaba a él y juraba nunca intentar contactarlo: “Por Dios, no quería que se fuera. Les rogué que me dejaran quedarme con él. Ninguna de nosotras quería entregar a nuestros bebés, ninguna. Pero ¿qué más podíamos hacer?”.

Abandonada por su padre, Philomena siguió trabajando para la Iglesia en un hogar para jóvenes delincuentes en Liverpool. Luego estudió enfermería y en 1959 se casó y tuvo otros dos hijos. Nunca le dijo a nadie de Anthony, porque recordaba cómo las monjas le habían hecho creer que se iría al infierno por sus supuestos pecados: “No pude decirle a nadie durante toda mi vida. Estaba tan intimidada: era tan terrible tener un bebé fuera del matrimonio. Cada año pensaba: ‘Les voy a decir’, pero en mi corazón estaba demasiado arraigada la idea de que no debía ”.

Pero jamás olvidó a su primogénito: “Era hermoso. Un niño amable, tranquilo. Tantas veces me pregunté ‘¿Qué estará haciendo?, ¿habrá ido a luchar en Vietnam?, ¿vivirá en la pobreza?”. La intriga la llevó a visitar el convento varias veces entre 1956 y 1989 en busca de ayuda para encontrar a su hijo. Pero las monjas se negaron a darle información. Philomena siguió guardando su secreto hasta una noche de 2004, cuando le confesó todo a su hija Jane. Esta buscó la ayuda de Sixsmith y juntos dedicaron los siguientes cuatro años a encontrar a Anthony.

Su única pista era que al niño lo había adoptado una pareja de estadounidenses. El periodista revisó miles de archivos nacionales y de la Iglesia, trámites de agencias de adopción y finalmente los obituarios de periódicos norteamericanos, donde encontró que Anthony –cuyo nombre había sido cambiado a Michael Hess– había muerto en agosto de 1995. Sixsmith volvió a los archivos, viajó a Estados Unidos, buscó entre los registros de universidades locales y los del Partido Republicano y confirmó que ese era el hijo perdido de Philomena.

Michael creció en St. Louis, Missouri, estudió Derecho y se convirtió en el abogado estrella de los republicanos durante las administraciones de Ronald Reagan y George H. W. Bush. Pero su éxito público no reflejaba sus problemas más íntimos: Michael era homosexual y vivió atormentado por no saber de dónde venía ni quién era su madre. Por eso viajó dos veces a Irlanda y les pidió a las monjas que le ayudaran a encontrar a su madre. Ellas le dijeron que no tenían manera de contactarla, a pesar de que Philomena ya había estado allí preguntando por él. Además, los tíos de Michael vivían a pocas cuadras del convento, pero las monjas también omitieron esa información. Tras su búsqueda frustrada, Michael se descarriló, comenzó a beber excesivamente y a salir de fiesta a diario. En una de esas noches, contrajo sida. Poco antes de morir, volvió al convento y pidió permiso (donó una generosa suma de dinero) para ser enterrado allí. La inscripción en su tumba dice: “Michael Hess, un hombre de dos naciones y muchos talentos. Murió el 15 de agosto de 1995, Washington D.C.”.

La búsqueda de Michael no tuvo un final feliz, pero sí ayudó a revelar los crímenes que la Iglesia cometió con impunidad durante décadas. En su investigación Sixsmith encontró que, como Philomena, miles de mujeres fueron enviadas a conventos entre los años cincuenta y setenta a tener a sus hijos en el anonimato. El Estado no solo lo permitió, sino que le pagaba a la Iglesia una libra semanal por cada mujer que tenía bajo su cuidado y dos chelines por bebé. Pero esa suma era mínima comparada con el precio por el que las monjas vendían a los niños: entre 500 y 1.500 libras cada uno, un monto que por lo general solo podían pagar estadounidenses pudientes. Por eso cada año, durante más de dos décadas, salieron de Irlanda unos 500 niños. A los padres no se les hacía ningún tipo de estudio para certificar que serían buenos progenitores, de hecho, ser católicos practicantes era el único requisito.

Cuando comenzaron a correr rumores sobre estos abusos, muchos de los documentos oficiales desaparecieron o se prohibió consultarlos. Por eso Philomena viajó al Vaticano y le pidió personalmente al papa Francisco liberar los archivos de la Iglesia sobre adopciones forzadas. También fundó el Proyecto Philomena, que presiona al gobierno irlandés para que dé acceso a los datos de las 60.000 madres a las que les quitaron sus hijos. Años de abuso psicológico hicieron que estas mujeres callaran sus historias, pero la valentía de una de ellas ha despertado a la sociedad irlandesa. Después de sesenta años finalmente se está exigiendo justicia, pero para muchas madres, como Philomena, puede que ya sea demasiado tarde para encontrar a sus hijos. 
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