Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2002/02/26 00:00

Vientos de esperanza

Bertrand Piccard, el hombre que le dio la vuelta al mundo en globo en 21 días, compartió su experiencia con SEMANA., 49492

Vientos de esperanza

Un hombre de tez blanca, ojos azules y una sonrisa cálida sobresale entre el grupo de niños negros en una población de Africa. El se sienta en una tabla de madera improvisada como silla, coloca a uno de ellos sobre su regazo y lo mira con gran ternura. Le habla, lo estrecha contra su cuerpo y le examina una lesión en la cara. Para este médico se trata de una situación ya común que repite en diferentes escenarios de Africa, Asia y Latinoamérica. Es su trabajo desde que estableció la fundación Winds of Hope hace dos años para ayudar a quienes sufren de noma, una olvidada enfermedad que causa gangrena en la boca y que si no se atiende oportunamente puede llegar a desfigurar la cara de sus víctimas, en su mayoría niños entre 2 y 6 años que viven en condiciones de extrema pobreza. Hasta antes de enero de 1992 este hombre de 44 años era un médico siquiatra convencional que vivía en Lausana (Suiza) con un interés particular en explorar el funcionamiento de la mente del ser humano. Su hipótesis establecía que la mayoría de personas se sumían en estados de depresión o angustia debido a que quedaban atrapados en el pasado o el futuro y no estaban concentrados en el presente. Pero los vientos de una aventura que le significaron entrar en los anales de la historia de la aviación al lado de nombres como Charles Lindbergh, Yuri Gagarin y Neil Armstrong lo llevaron a esta nueva experiencia en su vida.

La hazaña que le mereció este privilegiado puesto fue la vuelta al mundo en 21 días sin escalas a bordo de un globo aerostático.

La aventura de Bertrand Piccard comenzó en el invierno de 1992 en Chateaux d’Oex, un pequeño pueblo enclavado en los Alpes suizos, cuando asistió a una comida para celebrar el festival de globos que tradicionalmente se lleva a cabo en ese lugar. Por casualidad tuvo como vecino de mesa a Win Verstraeten, un belga que lo invitó a participar en una carrera transatlántica en globo para conmemorar el descubrimiento de América. Hasta entonces su interés por los globos había sido nulo, algo extraño si se tiene en cuenta que su abuelo, Auguste Piccard, fue un reconocido científico que pasó a la historia en 1931 como el primer hombre en subir a la estratosfera (17.000 metros) en uno de estos vehículos que soportaba una cápsula presurizada. Como dato curioso, la figura de Auguste Piccard inspiró al belga Hergé para crear el personaje del profesor Tornasol en su legendaria tira cómica Tintín. A diferencia de su abuelo, la pasión de Bertrand era el ala delta, lo que significaba lanzarse al vacío, luchar contra el viento, tener el control, decidir la trayectoria y tener certeza de dónde aterrizar. Viajar en globo era la situación opuesta: ir a merced del viento, con rumbo desconocido y con la única certeza del lugar del despegue pero sin control sobre dónde aterrizar. La propuesta, sin embargo, quedó flotando en su mente hasta que un día vio un proverbio chino que decía “Cuando el viento sopla en la misma dirección de tu camino te traerá una gran dicha”. Lo consideró como una señal del destino y aceptó el reto de Verstraeten. En agosto de 1992 partió de Nueva Inglaterra, Estados Unidos, y después de cinco noches en una minúscula cápsula no presurizada su globo aterrizó victorioso en España.

A partir de esa espectacular travesía sobre el Atlántico su interés por los globos aumentó considerablemente y pensó que viajar alrededor de la Tierra sin parar sería, además de una aventura maravillosa, un récord interesante de batir.

Aparentemente la vida de Bertrand transcurría entre los muros de su consultorio y los corredores de los hospitales pero la pasión por la aventura hacía parte de su genoma. Además de su abuelo, su padre, Jacques, también se ha destacado por ser un científico aventurero y aún hoy conserva el récord de ser el primer hombre en haber llegado a las fosas de las islas Marianas, en el Pacifico, la mayor profundidad marina jamás alcanzada (11.000 metros). Lo hizo en 1960 a bordo de un submarino que funcionaba según los parámetros del globo estratosférico de Auguste. Su padre continuó explorando la navegación submarina y Bertrand, quien entonces era un niño de unos 10 años, le ayudaba en la carpintería de sus inventos, generalmente pintando el submarino.

Como estaba familiarizado con batir récords y realizar hazañas increíbles tomar la decisión de embarcarse en esta nueva aventura fue fácil. Pero el proceso de hacer el sueño realidad fue todo lo contrario y más de una vez Piccard experimentó la frustración del fracaso. Gracias a la confianza que recibió por parte de la compañía de relojes suizos Breitling pudo encontrar financiación para la construcción del globo y de su cápsula presurizada. En el primer intento en 1997 el globo cayó en el mar Mediterráneo, cerca de las costas de Lanmguedoc-Rousillon, después de seis horas en el aire.

Por el triunfo

Para entonces Bertrand era consciente de que su meta de cruzar el mundo en globo era compartida por muchos otros aventureros. En efecto, Richard Branson —el multimillonario dueño de Virgin— Steve Fosset, Dick Rutan y otros ya habían hecho sus propios esfuerzos pero con resultados negativos. La empresa cervecera Budweiser le dio un impulso más a la competencia cuando anunció que otorgaría un millón de dólares al primero que lograra hacerlo.

El segundo intento de Bertrand al año siguiente también falló debido a que perdieron mucho combustible en el despegue y los vientos eran muy lentos. La única posibilidad de culminar la hazaña con éxito era encontrar vientos rápidos y constantes. Pero el clima no estaba de su parte y después de nueve días en el aire se vieron forzados a aterrizar en Birmania. La experiencia fue agridulce, pues aunque no lograron la meta establecieron un nuevo récord de duración de vuelo sin escalas, superando a Dick Rutan, el piloto del Voyager, por 17 horas. Los fracasos eran difíciles de asimilar pero Bertrand decidió verlos desde el lado más optimista. “Fue una buena experiencia pues nos mostró que tener ese espíritu pionero significaba que había riesgo de fracaso, que la gente se burlaría de uno y que aún así seguiríamos intentándolo”.

Con ese valor emprendieron el tercer vuelo. Esta vez Bertrand llevó como copiloto a un veterano aviador inglés llamado Brian Jones. También hizo cambios sustanciales en la cabina, para lo cual las experiencias del abuelo y del padre de Piccard fueron invaluables. El globo viajaría a una altitud máxima de 12.000 metros —la misma a la que van los grandes aviones comerciales— para aprovechar unas corrientes de vientos muy rápidos conocidas como jet stream. La cabina del globo debía, por lo tanto, estar presurizada y tendría filtros para limpiar el CO2 en su interior. La superficie del globo era de aluminio para que con el calor de los rayos solares pudiera mantenerse a altas temperaturas durante el día y flotar con mayor facilidad. Para economizar combustible durante las noches diseñaron un globo, que constaba de otros dos pequeños globos dentro de uno para brindarle un sistema de distribución de calor mucho más eficiente.

En la fría mañana del primero de marzo de 1999 Piccard y Jones despegaron de Chateuax d’Oex ante la mirada de sus familiares, amigos y la prensa de todo el mundo. El Orbiter 3 iba sostenido por esa inmensa envoltura plateada que medía 55 metros de alto, lo mismo que la torre de Pisa. El globo era capaz de aguantar un poco más de nueve toneladas de peso. Aunque a primera vista parecía la aventura de un par de locos en realidad se trataba de un trabajo en equipo enorme. En tierra dos meteorólogos les enviarían información a los viajeros sobre cuáles vientos serían los que los llevarían en la dirección correcta. Había técnicos, expertos en electrónica, controladores aéreos para despejar la ruta del Orbiter e incluso se requirieron esfuerzos diplomáticos para obtener la autorización para cruzar el espacio aéreo chino.

Como un cohete

Todo marchó a la perfección. Salieron del valle suizo y tomaron un viento que los llevaría a Africa para después dirigirse al este y lograr pasar por el sur de China, única zona de ese país donde tenían permiso de volar. En muchos momentos sintieron desconfianza sobre si lograrían o no la meta. Cuando llegaron al Pacífico se encontraron con un cúmulo de muchas nubes, turbulencia, granizo y tormentas que podrían destruir el globo en cuestión de segundos. Además la cápsula estaba congelándose debido a las bajas temperaturas exteriores. “En la vida normal cualquiera se hubiera detenido. Pero en este caso no podíamos parar ni echar para atrás”. Por fortuna encontraron un jet stream al sur de Hawai que los llevó hasta Baja California. En el Golfo de México volvieron a tener problemas. Los vientos los llevaban rápidamente a Venezuela y de seguirlos sería el fin de la expedición. Ya llevaban 17 días de vuelo, parecían estar sufriendo edema pulmonar y, lo peor de todo, el combustible empezaba a escasear. Una vez más cambiaron de altitud para encontrar un viento que, aunque mucho más lento, los llevaría por el Atlántico hasta Africa. Pero a pesar de la maniobra la brújula seguía inclinándose hacia el sur y los vientos los había llevado al mar Caribe. Había ciertos cálculos que no cuadraban. “Teníamos un octavo del combustible para recorrer una cuarta parte del mundo”, dice Bertrand. Se sentían incapaces de superar el reto aun cuando estaban muy cerca del objetivo. Milagrosamente de un momento para otro el viento empezó a girar en dirección norte, ya no hacia Venezuela sino hacia Jamaica, donde atraparon una corriente mucho más rápida (200 kilómetros por hora) que los puso en la trayectoria ideal. “Ibamos como un cohete”. Después de 21 días en la nave los pilotos llegaron a una zona desértica de Egipto y en ese momento ellos y millones de personas en todo el mundo se unieron en una sola celebración.

Piccard y Jones no sólo lograron su meta sino que en el camino batieron muchos récords. En Suiza fueron recibidos como héroes y en Bristol (Inglaterra) condecorados por la reina Isabel. Budweiser les otorgó el codiciado premio que tenía una cláusula. Los ganadores debían invertir parte del dinero en una fundación de caridad.

Hoy toda la actividad de Piccard está concentrada en atender los asuntos relacionados con su fundación Winds of Hope, la que creó con el dinero del premio. Su día se va en citas para conseguir apoyo económico con el fin de expandir el proyecto a otros lugares del mundo. Además, como embajador de buena voluntad de la ONU, viaja a muchas partes para dar conferencias sobre su hazaña con un discurso que logra impactar a su audiencia, inspirándola e instándola a perseguir sus sueños, a ver la vida desde el presente, a volar sin necesidad de subirse a un globo.

Y es que el discurso de Piccard trata de hacer una metáfora de su vuelo con la vida. De toda esta experiencia sólo pudo incidir directamente sobre la construcción del aeróstato pero, una vez en el aire, no tenía control sobre las condiciones atmosféricas o sobre los vientos. Para encontrar la corriente de aire ideal debían cambiar de altitud. “Lo mismo sucede en la vida, explica. A veces se presentan vientos difíciles, rápidos y tormentosos. La gente los llama crisis”. Para él la libertad no está en luchar contra este tipo de circunstancias sino en subir y bajar hasta encontrar una altitud más apropiada. “Acoger nuevas ideas, cambiar de estrategia, buscar nuevos caminos y así tener más herramientas para abrirse camino en el mundo”.

Bertrand Piccard ya no está en su consultorio pero cada vez que se sienta ante un auditorio se viste de siquiatra, no para ser el piloto de las vidas de las personas que lo escuchan sino para ser una especie de meteorólogo que les muestra que existen muchas altitudes en la vida para encontrar una nueva trayectoria.





Página web de la Fundación Winds of hope

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