Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1999/10/25 00:00

VIVEN

Pocas personas llegan hasta el umbral de la muerte y pueden vivir para contarlo. <BR>SEMANA recopila la historia de siete sobrevivientes que después de la tragedia volvieron a nacer.

VIVEN

El 11 de abril de 1912 las aguas del océano Atlántico fueron testigo del
hundimiento del Titanic, el barco más famoso del mundo. En el naufragio perdieron la vida 1.517
personas, que tuvieron que soportar el tormento de ver cómo los botes se alejaban con los 706
'elegidos', a quienes el destino les daba una segunda oportunidad. Sin embargo el futuro de estos
sobrevivientes _en especial de los hombres_ no estuvo colmado de alegrías ya que al regresar a tierra
firme la sociedad los juzgó severamente por no haber auxiliado a los demás pasajeros. Ese fue el
castigo de Bruce Ismay, director de la compañía White Star, a quien la desgracia lo persiguió desde
que volvió a Londres. Ni siquiera su absolución en un tribunal logró mitigar los ánimos de la prensa y
hasta el día de su muerte tuvo que llevar a cuestas el lastre de su cobardía.Si bien la mayoría de
sobrevivientes no corren con un destino tan negro como el de Ismay, lo cierto es que su condición de
salvados los hace diferentes de los demás. Bajo el rótulo de milagro, golpe de suerte o porque
simplemente 'no les tocaba', las personas que logran escapar de una tragedia tienden a revaluar lo
que ha sido su vida hasta entonces y en la mayoría de los casos presentan un rompimiento radical
con el pasado. Afirman que si Dios les permitió volver a empezar es porque deben llevar a cabo
una misión especial orientada a la reconstrucción de la sociedad. El hecho de experimentar de cerca
la destrucción de lo material los hace valorar más los afectos y buscan acercarse más a sus seres
queridos. Su capacidad de sobreponerse a la adversidad _en el caso de haber daño físico_ se convierte
en modelo por seguir y el sobreviviente deja de ser un simple fenómeno para convertirse en ejemplo de
superación. Por lo general son personas que no se dejan apabullar por las tribulaciones y están
convencidas de que ningún problema futuro, por grave que sea, es lo suficientemente importante como
para perder la cabeza.Sin embargo alcanzar este grado de serenidad no es nada fácil. "No todas las
personas reaccionan igual ante la tragedia. Si no se cuenta con ayuda profesional el sobreviviente
puede caer en un estado de estrés postraumático en el que no logra asimilar lo ocurrido y comienza
a revivir intensamente los momentos más críticos. Ahí es cuando se presentan las pesadillas, las
fobias, los sentimientos de culpa y el remordimiento. Es necesario que el paciente reconozca su dolor
e inicie un proceso de reconstrucción sobre la base de su nueva realidad, en la cual puede que
algunos de sus seres queridos falten", señala la sicóloga María Elena López.
Los casos más complicados de tratar se presentan cuando el padre es el que sobrevive mientras
que el hijo muere. Debido a las responsabilidades paternas el progenitor siente que faltó a su deber y
se culpa por no haber ocupado el lugar de su hijo, quien en principio tenía toda la vida por delante. La
muerte de los padres, al contrario, suele ser aceptada de manera más racional ya que por lo general
hay un familiar que trata de llenar el vacío afectivo y le brinda al pequeño la seguridad económica
para continuar su crianza. Estas historias se han vuelto cada vez más frecuentes en Colombia, en
donde las tragedias han terminado por convertir al país en una tierra de sobrevivientes. Los relatos
recopilados en este artículo son apenas un esbozo de la realidad que viven cientos de familias que por
azares del destino pudieron posponer su cita con la muerte.
La última cena
Cuando las autoridades aclararon la identidad del asesino Dolly Rivera no podía dar crédito a lo que oía.
Según la policía, Campo Elías Delgado, el hombre que de vez en cuando iba a cenar a Pozzetto, era el
mismo sicópata que el 4 de diciembre de 1986 había disparado a diestra y siniestra contra los
comensales. "El nunca bebía y esa noche se tomó cuatro vodkas y varios vinos. Cuando se puso de
pie yo me alegré porque pensé que por fin se iba a ir", señala. El presentimiento de Dolly, la cajera del
restaurante, fue errado. Delgado, un veterano de Vietnam, sí se levantó pero sólo para descargar su
revólver 38 largo sobre los clientes. Con esta masacre el hombre de 52 años daba fin al macabro
espectáculo que había iniciado en la tarde cuando fue a su apartamento y asesinó a su madre. Luego
le prendió fuego al lugar y salió al pasillo a llamar al resto de inquilinos, quienes al salir en su
ayuda fueron acribillados.Pero Dolly y el resto de empleados de Pozzetto no sabían nada y cuando
comenzó la balacera pensaron que se trataba de un ajuste de cuentas entre esmeralderos. Sin saber
de dónde venían las balas la cajera alcanzó a resguardarse y durante varios minutos escuchó cómo el
asesino los mataba uno por uno. "La gente le pedía clemencia pero él no los escuchaba. Como a las
mujeres que lloraban las mataba más rápido yo trataba de quedarme callada. Tenía tanto miedo que ni
siquiera se me ocurrió la manera de escapar. Sólo pensaba en mi hijo y creía que si Dios me quería
con vida, El me iba a salvar". Para ese entonces la Policía ya rodeaba el restaurante y logró dar de
baja al criminal, que ya había cobrado 28 víctimas. Aunque el infierno terminó pronto la pesadilla
apenas comenzaba pues el incidente sirvió para que la gente empezara a hacer bromas. "Llamaban a
preguntar si había ensalada de ojos y sopa de sesos. A veces pienso que los de afuera están más
enfermos que los mismos locos", añade. Dolly aún trabaja en Pozzetto y casi nunca habla de la
tragedia. Sin embargo hace unos años creyó que la historia se volvería a repetir pues un hombre
misterioso entró al restaurante y se sentó en una mesa cercana a la que había usado Campo Elías. El
hombre llevaba un objeto debajo del brazo y durante la comida no habló con nadie. Cuando Dolly vio
que se levantaba por poco le da un infarto y sólo se calmó cuando comprobó que el misterioso
artefacto era un paraguas.

Perdidos en los Andes A los 22 años Fernando Parrado caminó para salvar su vida. Acompañado de
su amigo Roberto Canessa, el uruguayo atravesó las cumbres de los Andes hasta llegar a las
verdes montañas de Chile. Juntos habían iniciado una travesía de 10 días para buscar ayuda para
rescatar a sus compañeros que habían dejado atrapados desde hacía 72 días en la cima nevada del
Tinguiririca. Su odisea había comenzado el 12 de octubre de 1972 cuando su avión de la Fuerza Aérea
uruguaya se accidentó en la ruta Montevideo-Santiago. De los 45 ocupantes sólo se salvaron 16
jugadores de rugby del colegio Stella Maris. "Estábamos a 5.000 metros de altura y 40 grados bajo
cero. Como los días pasaban y nadie iba a buscarnos decidimos aventurarnos pues ya nada podíamos
perder. Hasta el último segundo pensamos que íbamos a morir", dijo Parrado a SEMANA.Durante dos
meses los jóvenes habían sufrido una constante agonía y el hambre les llevó a tomar la decisión más
trascendental de sus vidas: comer carne humana o morir. "Fue una gran conmoción porque fuimos el
primer grupo que reconoció haber efectuado el canibalismo. Sin embargo jamás nos alimentamos de
nuestros familiares que habían muerto en el accidente. Lo concebimos como una especie de
comunión en la que unos morían para darle vida a otros", explica. La readaptación a la sociedad fue
traumática pues los sobrevivientes cambiaron su forma de ver la vida. "Arriba el silencio era tan
profundo que aturdía. Uno se sentía místico y veía las cosas con mayor perspectiva. Cada segundo era
de una intensidad brutal porque si te quedabas quieto te congelabas. Existe una gran diferencia entre
vivir y durar. La gente acá abajo dura, allá vive", señala Gustavo Zerbino con cierta nostalgia.Según
Parrado, gracias a ese espíritu ahora no le temen a la muerte ni se dejan vencer por la adversidad:
"No me siento un sobreviviente. Soy un tipo normal con los miedos y los líos de todo el mundo.
Cuando me deprimo pienso que si ya fui capaz de vencer a la naturaleza ya nada puede ser un
problema. Tal vez por eso duermo como un angelito."Cuando las autoridades aclararon la identidad del
asesino Dolly Rivera no podía dar crédito a lo que oía. Según la policía, Campo Elías Delgado, el
hombre que de vez en cuando iba a cenar a Pozzetto, era el mismo sicópata que el 4 de diciembre de
1986 había disparado a diestra y siniestra contra los comensales. "El nunca bebía y esa noche se
tomó cuatro vodkas y varios vinos. Cuando se puso de pie yo me alegré porque pensé que por fin se
iba a ir", señala. El presentimiento de Dolly, la cajera del restaurante, fue errado. Delgado, un veterano
de Vietnam, sí se levantó pero sólo para descargar su revólver 38 largo sobre los clientes. Con esta
masacre el hombre de 52 años daba fin al macabro espectáculo que había iniciado en la tarde
cuando fue a su apartamento y asesinó a su madre. Luego le prendió fuego al lugar y salió al pasillo
a llamar al resto de inquilinos, quienes al salir en su ayuda fueron acribillados.Pero Dolly y el resto de
empleados de Pozzetto no sabían nada y cuando comenzó la balacera pensaron que se trataba de un
ajuste de cuentas entre esmeralderos. Sin saber de dónde venían las balas la cajera alcanzó a
resguardarse y durante varios minutos escuchó cómo el asesino los mataba uno por uno. "La gente le
pedía clemencia pero él no los escuchaba. Como a las mujeres que lloraban las mataba más rápido
yo trataba de quedarme callada. Tenía tanto miedo que ni siquiera se me ocurrió la manera de
escapar. Sólo pensaba en mi hijo y creía que si Dios me quería con vida, El me iba a salvar". Para
ese entonces la Policía ya rodeaba el restaurante y logró dar de baja al criminal, que ya había cobrado
28 víctimas. Aunque el infierno terminó pronto la pesadilla apenas comenzaba pues el incidente sirvió
para que la gente empezara a hacer bromas. "Llamaban a preguntar si había ensalada de ojos y sopa
de sesos. A veces pienso que los de afuera están más enfermos que los mismos locos", añade. Dolly
aún trabaja en Pozzetto y casi nunca habla de la tragedia. Sin embargo hace unos años creyó que
la historia se volvería a repetir pues un hombre misterioso entró al restaurante y se sentó en una
mesa cercana a la que había usado Campo Elías. El hombre llevaba un objeto debajo del brazo y
durante la comida no habló con nadie. Cuando Dolly vio que se levantaba por poco le da un infarto y
sólo se calmó cuando comprobó que el misterioso artefacto era un paraguas.
Milagro en la 15
Que la sangre de Cristo cubra a mi hijo", alcanzó a decir Adriana cuando escuchó el terrible estruendo
que provocó la bomba de la carrera 15 con calle 93, en el norte de Bogotá. Hacía unos minutos ella y
su esposo, César Pinto, habían dejado a Andrés, su hijo de dos años, al cuidado de unos familiares
mientras entraban a un almacén. El espectáculo que vieron al salir no podía ser más aterrador: su
carro, al igual que los locales, apartamentos y automóviles cercanos a la avenida, estaba
destruido. Entre los hierros retorcidos encontraron los restos de sus familiares pero el niño no
aparecía. Eran las 2:35 p.m. del jueves 15 de abril de 1993, día señalado por Pablo Escobar para
amedrentar al gobierno con otro de sus actos terroristas.
Después de horas de angustia Andrés fue localizado en un hospital. La onda explosiva lo había
arrojado fuera del vehículo y, aunque estaba a salvo, había perdido el ojo derecho y tenía quemaduras
de tercer grado en todo el cuerpo. La oportuna acción de los médicos evitó mayores daños y tras varias
operaciones fue posible reconstruirle el rostro. Hoy, gracias al amor de su familia y el trabajo de una
sicóloga, Andrés ha asimilado lo que le ocurrió y vive como cualquier niño de 9 años. Al comienzo el
hecho de haber sido víctimas de la violencia provocó en los Pinto un sentimiento de impotencia que se
transformó en un deseo por no tener más hijos ya que el país no ofrecía la seguridad suficiente para
poder criarlos. Sin embargo el nacimiento de su hija Daniela y la mejoría de Andrés los han llenado de
motivos para salir adelante. "Yo admiro a mi hijo. Siendo tan pequeño logró soportar la tragedia mejor
que un adulto. El me ha dado el valor para seguir adelante y ahora no le temo a la muerte", asegura
Adriana.

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