08 diciembre 2012

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Vivir para contarlo

ANIVERSARIOCarlos Páez, uno de los 16 sobrevivientes del milagro de los Andes, relata 40 años después cómo esa experiencia cambió su vida y la de sus compañeros.

Vivir para contarlo.

Foto: GETTY

"Para nosotros lo más atractivo era morir; lo más difícil era seguir con vida", asegura Carlos Páez, uno de los pasajeros a bordo del avión Fairchild F-227 de la Fuerza Aérea Uruguaya que se estrelló en la cordillera de los Andes el 13 de octubre de 1972. Aunque ya han pasado 40 años, esa historia d
e supervivencia en condiciones extremas sigue fascinando a miles de personas en el mundo que cada tanto organizan conferencias para escuchar los detalles de boca de sus protagonistas. "Después de todo, es una tragedia universal", resume Páez, quien estuvo en Bogotá la semana pasada invitado por la firma de auditoría y consultoría PriceWaterhouseCoopers.

Según él, volver una y otra vez sobre el tema no es un inconveniente, pues hace tiempo "cicatrizó la herida de la montaña". Allí, Páez y otros 15 jóvenes pasaron 72 largos días en medio de fuertes nevadas, avalanchas y temperaturas de hasta 30 grados bajo cero. Hoy la hazaña ya es célebre: todo empezó como un paseo feliz de un equipo uruguayo de rugby, los Old Christians, que terminó en pesadilla cuando la aeronave se desvió de la ruta habitual hacia Santiago de Chile y se precipitó en el inhóspito paisaje de los Andes. "La primera noche fue un horror -recuerda-, seguramente muy parecida a lo que es el infierno".

En total murieron 29 de los 45 ocupantes. Algunos fallecieron en el impacto y otros, como consecuencia de las lesiones, el hambre y el frío. Los primeros días conservaron la esperanza de ser rescatados (de hecho, dos aviones pasaron sobre ellos y no los vieron), pero dos semanas más tarde oyeron en una vieja radio que el gobierno había suspendido las labores de búsqueda. "En ese momento dejamos de esperar y empezamos a actuar. Después de la noticia, nos dimos cuenta de que debíamos seguir con vida. Una cosa llevó a la otra y por eso tomamos la decisión de comernos a nuestros compañeros muertos".

Como si eso no fuera lo peor, un alud sepultó el fuselaje que habían convertido en su refugio. Aunque en esa ocasión a más de uno se le pasó por la cabeza abandonarse a la suerte, a los pocos días lograron salir de la cabina. Si se echaban a la pena se les reducían aún más las posibilidades de volver a ver a sus familias y por eso se empeñaron en hacer su estadía lo menos traumática posible: "Para arroparnos usábamos la tela que recubría los sillones y derretíamos la nieve con las láminas de aluminio que estaban al respaldo de los asientos para conseguir agua. Yo mismo me cosí las botas de los pantalones para que no me entrara tanto frío en las noches", cuenta.

Su momento de mayor creatividad sucedió cuando Fernando Parrado, Roberto Canessa y Antonio Vizintin decidieron salir a buscar ayuda. "Necesitaron de muchos cojones porque eso los obligaba a alejarse del fuselaje, que ya era como nuestro hogar, para aventurarse y seguramente morir en el intento. Es una cosa admirable". Como no tenían equipo de alpinistas improvisaron con un par de almohadones en los pies que hacían las veces de zapatos de nieve y Páez les obsequió una bolsa de dormir, hecha con tela aislante e hilo de cobre, que todavía considera su mejor invento.

Antes de partir, Parrado besó el rosario que Páez llevaba en su cuello y le entregó uno de los zapatos que iba a regalarle a su sobrino. "Entonces me dijo: 'Yo me llevo el otro y te prometo que voy a volver por el tuyo'". Pocos días más tarde, Vizintin regresó porque se sentía muy débil y las provisiones se les estaban acabando. "Los días de espera eran eternos porque ya no nevaba y el sol se ocultaba más tarde. Si ellos no llegaban a Chile, nosotros no teníamos plan B". Los viajeros tardaron diez días en atravesar más de 70 kilómetros de montaña y en encontrarse con un arriero que les salvó la vida. Páez y el resto de sobrevivientes se enteraron por la radio y el 22 de diciembre dos helicópteros acabaron con la incertidumbre.

"Enseguida nos pusimos nuestras mejores pintas. Yo me apliqué gomina en el pelo, una de las pocas cosas que no nos comimos porque sabía terrible, y me afeité con agua helada", recuerda Páez. Del lugar del accidente solo conserva el rosario y dice que si tuviera que vivir lo mismo de nuevo y le dieran a escoger un objeto, se lo llevaría. En las últimas cuatro décadas, ha vuelto dos veces a los Andes con algunos de sus compañeros. Al igual que a ellos, le costó trabajo volver a la normalidad: "Es una experiencia que te cambia. No me imagino cómo sería mi vida si no me hubiera subido a ese avión", admite.

Él y Parrado se dedican a dar conferencias en diferentes países y cada uno escribió un libro con su versión de la tragedia. Los demás sobrevivientes también continuaron con sus vidas: en el grupo hay desde médicos y abogados hasta ingenieros y economistas, y siempre se reúnen los 22 de diciembre para celebrar su regreso a casa en compañía de sus esposas, hijos y nietos, incluidos los familiares de las víctimas fatales. "Ellos saben que sus hijos viven dentro de nosotros". Hoy de los 16 que eran al principio, ya suman más de cien integrantes. De hecho, todos los años los hoteles de Uruguay se pelean por ser los anfitriones de esos encuentros, pues sin duda se trata de una de las historias de supervivencia más sorprendentes del mundo. Y aunque ya no tienen el mismo estado físico de hace 40 años, el pasado 13 de octubre también se reunieron para saldar en un partido amistoso el duelo que nunca pudieron disputar contra los Old Boys de Chile.
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