Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2010/05/23 00:00

Vivos de milagro

El caso del niño holandés que escapó de la muerte luego de que su avión se estrelló en Libia hace recordar otras historias increíbles de sobrevivientes únicos de accidentes aéreos.

Ruben van Assouw se recupera de sus heridas en un hospital holandés. Sus tíos, que fueron por él hasta Libia, han dicho que ya le contaron que sus padres y su hermano murieron en el accidente aéreo, y que ha recibido agradecido los mensajes de apoyo que llegan desde todo el mundo.

Todavía es un misterio. Los expertos que investigan el accidente en el que un avión de la aerolínea Afriqiyah se precipitó a tierra cerca del aeropuerto de Trípoli, la capital de Libia, todavía no entienden por qué ese niño holandés de 9 años sobrevivió a un choque en el que los otros 103 ocupantes murieron instantáneamente. Ruben van Assouw viajaba de vuelta a casa el miércoles 12 de mayo después de unos días de safari en Sudáfrica con sus padres, quienes celebraban su duodécimo aniversario de casados, y su hermano de 11 años. El Airbus A330 se estrelló sin razón aparente. Por el golpe, por las llamas y porque los restos del avión quedaron esparcidos kilómetros a la redonda, los testigos pensaron que era imposible que hubiera sobrevivientes, hasta que apareció el pequeño todavía amarrado a su silla, con algunos rasguños y fracturas en las dos piernas. Todos coincidieron: ¡milagro!

Un "milagro" que, sin embargo, no es el primero. Hay decenas de personas que han salido prácticamente ilesas de accidentes aéreos en los que sus compañeros de viaje han perdido la vida. Entre los 'elegidos' hay niños, jóvenes y adultos; también valientes que se las arreglaron para mantenerse a flote en alta mar o escapar de animales salvajes, y afortunados que se salvaron por estar en el baño o porque su silla salió disparada antes del impacto... Y hay también una mujer récord: Vesna Vulovic, la sobreviviente a la mayor caída libre de la historia sin paracaídas, según el libro Guinness.

Vesna trabajaba como azafata para la aerolínea yugoslava JAT. Eran las 5 de la tarde del 26 de enero de 1972. El avión, con 28 personas a bordo, volaba sobre Checoslovaquia cuando un estallido lo partió en dos. Vesna no lo recuerda, pero cayó inconsciente desde una altura de más de 10.000 metros, en el pueblo de Srbska Kamenice. Todos murieron menos la mujer de 22 años, que fue encontrada entre los restos del fuselaje con una fractura en el cráneo y las dos piernas rotas. Pasó 17 meses en el hospital, mientras todos en Yugoslavia seguían por la prensa su recuperación. Se convirtió en una especie de símbolo de lucha, una heroína nacional, que pasó los siguientes 20 años como empleada de JAT, pero con un trabajo de oficina. Los investigadores aseguraron que el avión había caído por una bomba puesta por un grupo nacionalista croata que se atribuyó el atentado en un periódico sueco al día siguiente.

El 24 de diciembre de 1971, un mes antes del récord de Vesna, la joven Juliane Köpcke abordó junto con 192 personas el vuelo 508 de la aerolínea peruana Alsa que la llevaría de Lima a Pucallpa, y vivió su propia tragedia. La idea era pasar Nochebuena con su mamá, una reconocida ornitóloga que viajaría con ella, y su papá, un biólogo y aventurero alemán que trabajaba en esa ciudad y que le había enseñado algunos secretos de cómo sobrevivir en condiciones extremas. Por eso cuando la joven de 17 años se dio cuenta de que estaba en medio de la selva después de que la aeronave se partió en dos en una tormenta, supo que si no reaccionaba moriría pronto. "Me desperté sentada en el mismo asiento, como en otro viaje, pero esta vez al infierno, -diría años después-. Había tres cuerpos desmembrados a mi alrededor, creía que se trataba de una pesadilla y me volví a dormir por unos instantes. Cuando volví en mí, me atraganté de realidad".

Juliane cogió algunas golosinas del equipaje, dejó atrás el cadáver de su mamá y empezó a buscar algún riachuelo que la llevara a las orillas de un río grande, donde sabía que era más fácil encontrar a alguien. Durante los siguientes nueve días caminó más de 600 kilómetros y nadó decenas más con la clavícula rota, hasta que encontró un refugio de pescadores donde limpió con gasolina las larvas de moscas y los gusanos que habían invadido su cuerpo. Unos cazadores pensaron que era una diosa amazónica del agua, pero al notar que era una mortal cualquiera la llevaron al centro de salud más cercano, a 10 horas en canoa. Hoy Juliane Köpcke es la doctora Juliane Miller, bióloga y zoóloga experta en mamíferos, y su vida ha inspirado dos películas.

El filipino Néstor Mata también cayó del cielo a la selva. Fue el 17 de marzo de 1957. Después de un día con el presidente Ramón Magsaysay, el reportero de 31 años viajaba de madrugada con 26 personas más (entre ellas el primer mandatario) de la ciudad de Cebú a Manila, en un avión pequeño. De repente vio un "flash cegador" y perdió la conciencia. Al despertar gritó: "¡Señor Presidente!", pero nadie respondió. Doce campesinos lo encontraron en la mañana, lo montaron en una hamaca que con el roce agravaba sus quemaduras y lo bajaron a un hospital a más de 18 horas. Lo primero que hizo al llegar fue dictarle a una enfermera una noticia para que llevara a su periódico: "El Presidente Magsaysay ha muerto", decía.

Bahia Bakari también sobrevivió de forma asombrosa, pero en el agua. La francesa de 13 años viajaba con su madre el 30 de junio del año pasado al matrimonio de un tío en las islas Comoras cuando, como ella recuerda, el destartalado avión de Yemenian Airlines se desplomó en el océano Índico poco antes del amanecer. Bahia salió a flote en medio de gritos de auxilio. Luego se agarró de un pedazo de fuselaje y, con dolores insoportables en la cara y la cadera, se quedó dormida. Despertó de día sin poder distinguir la realidad del que había salido del avión. Que tal vez por inclinarme tanto para ver cómo aterrizaba me había caído a través de la ventanilla -dijo en entrevista al diario español El País-. "Pensé que mi madre estaba muy preocupada en el aeropuerto". Pero su mamá y las otras 151 personas a bordo habían muerto. La niña pasó más de ocho horas en un mar que le sabía a gasolina, hasta que un pescador la rescató. Su papá, quien no había viajado con ella por falta de dinero, ya la daba por muerta.

Tal vez la historia más famosa para los colombianos es la de Érika Delgado, la pequeña que tenía 9 años cuando, el 11 de enero de 1995, el avión de Intercontinental de Aviación en el que viajaban 53 personas cayó en el municipio de María la Baja, Bolívar. Entonces un pescador sacó a Érika cubierta de fango, de una especie de montículo de algas que amortiguó su caída. Mientras la niña se recuperaba de una neumonía y de fracturas en los brazos y las piernas en un hospital en Cartagena, circuló la noticia de que su mamá la había empujado cuando el avión se acercaba a la ciénaga. Años más tarde, la 'niña milagro' colombiana, quien perdió a su familia en el accidente, pidió que se respetara su privacidad. Antes del accidente, no conocía el mar ni había montado en avión.

También están los casos de Martin Farkas, soldado eslovaco de 27 años que en 2006 sobrevivió a un accidente en el que murieron 42 personas, por estar en el baño, la única parte de la aeronave que no quedó destruida; Cecelia Cichen, una niña de 4 años que no sufrió mayores heridas cuando el avión que despegaba de Detroit se estrelló contra varios postes de luz y un edificio, para luego chocar contra el piso; y el de Phai Bun, un bebé vietnamita que fue encontrado por unos delincuentes que intentaban saquear a las víctimas del vuelo de Vietnam Airlines que en 1997 se estrelló en Camboya. Y, como ellos, decenas de personas que sobrevivieron para contar su historia y convertirse en milagros de carne y hueso

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