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| 5/18/2002 12:00:00 AM

"Yo soy Anita, la geisha chilena"

Esta semana visita Colombia Anita Alvarado, una mujer que pasó de la prostitución al estrellato.

No me arrepiento de nada de lo que elegí hacer en mi vida". Esa es la conclusión a la que llega Anita Alvarado a la hora de hacer un recuento de su tumultuoso pasado. Y es que ella nunca ha pretendido ser algo distinto a lo que en realidad es: una joven madre que decidió viajar a Japón a trabajar como prostituta con la esperanza de poder darle un mejor futuro a su familia. La diferencia es que ella convirtió su odisea en todo un negocio y ahora la 'Geisha chilena', como se le conoce en el país austral, es una diva cuyos más mínimos movimientos son seguidos por los medios de comunicación. De hecho, su autobiografía, Me llamo Anita Alvarado, es un best seller y, como si esto fuera poco, acaba de lanzar bajo el nombre de Anita la Geisha Chilena un CD que ya es disco de platino.

¿Cómo pudo llegar una joven tan pobre que debía compartir la ropa con sus ocho hermanos a convertirse en una rica empresaria dueña de restaurantes, clínicas, una inmobiliaria y una productora de música y televisión?

La historia de Anita es como la de muchas mujeres latinoamericanas que nacen condenadas a la pobreza. Sus padres, cristianos pentecostales, tuvieron ocho hijos, a los que criaron en un barrio de invasión de Santiago de Chile en medio de toda clase de incomodidades. A los 16 años, mientras trabajaba en una fábrica de calzado, Anita quedó embarazada por primera vez. Al padre de la niña, un piloto boliviano, nunca volvió a verlo, así que decidió criar a su hija, Angie, como madre soltera. Pero la pobreza hizo que la joven aceptara un trabajo como empleada doméstica y dejara a Angie al cuidado de una de sus hermanas. Fue entonces cuando Anita vivió uno de los momentos más difíciles de su vida, pues Angie enfermó y debió ser internada en un hospital. La falta de ayuda de sus patrones y el haber tenido que ver a su hija al borde de la muerte sin poder hacer nada son cosas que la chilena nunca ha podido olvidar y el principal motivo que aduce para haber hecho lo que hizo.

Poco tiempo después Anita quedó embarazada nuevamente y decidió que debía ganar dinero de otra manera. Fue entonces cuando empezó a trabajar como prostituta y en poco tiempo le hicieron una propuesta: irse al Japón a trabajar como mesera. Anita no lo dudó y el 7 de diciembre de 1992 viajó con su pasaporte y 2.000 dólares que le había dado su contacto chileno en el bolsillo.

Al llegar al aeropuerto le quitaron el dinero y la condujeron directamente a su nueva casa: un apartamento donde vivían otras 37 mujeres, todas colombianas y dedicadas a la prostitución. Esa misma noche le tiñeron el pelo de rubio para hacerla más deseable a los ojos de sus futuros clientes y la llevaron a conocer su nuevo lugar de trabajo. Ahí Anita supo cuál sería su labor: el primer día tuvo relaciones sexuales con ocho clientes delante de otros cientos que pagaron por ver y les hizo sexo oral a otros 40.

En los seis años y cuatro meses que Anita pasó en Japón trabajando como prostituta ganó mucho dinero y la mayor parte lo mandó a su familia en Chile. Pero, más importante aún, conoció el amor y el sufrimiento. El amor llegó de la mano de Tsukasa, a quien conoció en el local donde ella trabajaba y con quien incluso llegó a vivir. Pero lo abandonó por Yuji Chida, un acaudalado japonés de 40 años que trabajaba en la Corporación de Vivienda de Aomori y quien marcaría definitivamente su futuro.

Chida comenzó a colmarla de regalos (en una ocasión le obsequió un maletín con 100.000 dólares) y muy pronto le pidió que abandonara la prostitución y se casaran. Aunque no aceptó la propuesta de matrimonio sí accedió a irse a vivir con él. Muy pronto Chida se volvió violento con Anita y un día le dio una golpiza tan fuerte que la mandó al hospital.

Al salir Anita decidió volver a Chile, no sin antes pedirle a Chida siete millones de yenes (unos 56.000 dólares) como condición para perdonarlo. Al poco tiempo de haber vuelto a su casa Anita recibió una llamada para decirle que Chida estaba en Chile. Venía para casarse con ella.

La vida matrimonial era poco convencional. Chida viajaba dos veces al año a Chile y se quedaba unas pocas semanas. Aunque los maltratos siguieron, también lo hicieron los giros del esposo japonés: mensualmente Anita recibía entre 50.000 y 100.000 dólares. La ahora millonaria chilena se dedicó a derrochar. "Yo me dediqué a gastar y a regalar la plata como si fuese interminable", cuenta ella en su libro. Salía de fiesta con varios millones en la billetera y no volvía a su casa hasta haberlo gastado todo. En una de esas noches de rumba conoció al que sería el padre de sus dos siguientes hijos, Juan Murguia, un cubano que administraba un local nocturno.

Entre visita y visita de Chida, Anita se dedicó a invertir el dinero. Primero construyó el Delirio Caribeño, un restaurante, y lo entregó a Murguia, su nuevo amante, para que él lo administrara. También inauguró su primer centro médico. Pero su propiedad más querida siempre fue su casa. Como desde pequeña siempre había admirado a Scarlett O'Hara decidió construirse en uno de los suburbios más elegantes de Santiago una mansión igual a Tara tal como aparece en la película Lo que el viento se llevó.

En noviembre de 2001 Anita recibió una extraña llamada desde Japón. Una periodista le contó que Chida había desfalcado en 11 millones de dólares a la Corporación de Vivienda de Aomori y se encontraba huyendo de las autoridades. El escándalo fue mayúsculo, tanto en Chile como en Japón, y Anita apareció en las primeras planas de los diarios de ambos países. Con Chida prófugo las autoridades cayeron sobre la fortuna de Anita. Pero ella no piensa que deba entregarla. "Yo ya les dije: si la pillan es de ustedes, si no la pillan es mía", dijo Anita a SEMANA al referirse a los problemas que ha tenido con los gobiernos de ambos países.

Por ahora la 'Geisha chilena' está dedicada a promocionar su álbum."Mis canciones son el libro cantado", dice al hablar de temas como El lunarcito japonés o Esto cuesta platita. También acaba de lanzar un vino llamado Doña Geisha y muy pronto se estrenará en Chile la película Los debutantes, en la que Anita hace un pequeño papel.

La extravagante diva, quien se ha caracterizado por hablar sin tapujos, se declara feliz y dice desear sólo una cosa más: "Quiero que me recuerden como la cabrona que le daba lo mismo todo, la tipa que no le importó que la criticaran con tal de decir verdades".
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