Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2016/06/04 00:00

Indra Devi, la mamá del yoga

El yoga hace parte de la vida de millones pero pocos saben que una mujer audaz introdujo la práctica milenaria al mundo occidental. Esta es su historia.

Indra Devi nació en 1899 en Letonia como Eugenia Vassilievna Peterson. Foto: Reuters

Cuando en 1970 John Lennon y Yoko Ono visitaron el ashram del gurú espiritual Sai Baba, un templo de retiro espiritual en India, Indra Devi quedó a cargo de guiarlos. Para ese entonces Devi, de origen europeo, se movía como pez en el agua en India, un país y una cultura que conocía hacía más de 40 años y cuyas barreras de género había sabido esquivar. Pero no tenía la menor idea de quiénes eran esa mujer de ojos rasgados y ese hombre barbado al que llamó varias veces Mr. Lemmon. No fue el más fluido de los encuentros, pero en ese punto personajes de enorme trascendencia cruzaron sus caminos. No sería ni la primera vez ni la última para Devi, cuya vida la llevó a conocer y enseñar a gente influyente en el terreno espiritual, en el entretenimiento y en la política.

Eugenia Vassilievna Peterson, su nombre de pila, nació en Riga, Letonia, en 1899 y murió en Argentina en 2002. Pocas personas enmarcan en su vida la historia del siglo XX como ella. Lo demuestra Michelle Goldberg en su biografía The Goddess Pose, que relata en miles de anécdotas. Cuenta cómo Vassilievna nació y creció, se hizo Indra Devi e impactó al mundo desde su cruzada espiritual que llevó el yoga a Occidente. Dos guerras mundiales la desplazaron, dos matrimonios también, pero Devi marcó su propio camino. La dama del Yoga influyó en China, en Hollywood y en el Kremlin por igual. Su vida de profundos contrastes estuvo marcada por su pasión de llevar el yoga a nuevos sitios y vivirlo a su manera.

Su padre, sueco de nacimiento, dirigía un banco, mientras que su madre, una noble rusa, era actriz. Se separaron poco después del nacimiento de Eugenia, por lo cual pasó tiempo con sus abuelos mientras su madre probaba suerte en el teatro. Goldberg describe desde ese punto a una joven, “dividida entre establecimiento y bohemia, entre riqueza y pobreza”. Eso le permitió desarrollar una capacidad para adaptarse a las circunstancias cambiantes, una habilidad rápidamente puesta a prueba con el estallido de la Primera Guerra Mundial.

El evento marcaría el comienzo de su vida de nómada por lo cual Goldberg la llama “una esotérica versión de Forrest Gump”. Su madre la llevó a San Petersburgo y luego a Moscú. En la capital empezó a entrenarse para actuar bajo la tutela de Theodore Komisarjevskyl, rival del renombrado cofundador del Teatro del Arte de Moscú Konstantín Stanislavski.

La revolución de los bolcheviques una vez más las obligó a cambiar de planes y huir. Madre e hija llegaron a Berlín, donde Eugenia se consolidó como actriz y bailarina, y se unió al famoso cabaret El Pájaro Azul. Pero desde sus 14, edad en la que leyó Catorce lecciones en filosofía yogui y ocultismo oriental de Yogui Ramacharaka, su curiosidad la impulsaba hacia la India. Logró llegar a ese país en 1927, luego de conocer a Juddi Krishnamurti, el más alto representante de la Sociedad Teosófica en ese momento.

Tres años después ya se llamaba Indra Devi y se había consolidado como actriz en películas indias. Respondiendo al lado más aristocrático de su pasado, se casó con Jan Staraky, un diplomático checoslovaco, pero rápidamente entró en crisis pues el rol de anfitriona y socialite no le ajustaba.

Decidió cambiar su vida y se propuso la meta de aprender yoga del respetado maestro Tirumalai Krishnamachrya. Este jamás había instruido a una mujer, y mucho menos a una occidental, por lo cual se negó rotundamente. Indra no se dio por vencida y echó mano de sus influencias diplomáticas, y con la ayuda del marajá de Mysore logró que Krishnamachrya accediera. El maestro pretendía darle solo unas lecciones introductorias, pero la dedicación que Indra demostró lo llevó a extender su instrucción por un año. Y cuando supo que el gobierno checo trasladaría a su marido a China, decidió convertirla en instructora para que llevara su mensaje más allá de sus fronteras.

China, Hollywood, URSS, el mundo

Devi pasó la Segunda Guerra Mundial en Shanghái, donde dio la primera lección de yoga en ese país. En el cuarto de Soong May-lin, conocida esposa del líder nacionalista Chiang Kai-shek, Devi alcanzó a dar hasta cinco clases diarias con 25 alumnos que comenzaron a llamarla mataji, que significa madre. A su partida dejó una profunda huella que hoy perdura.

Tras el fin del conflicto, Devi regresó a India y se dedicó a escribir. Publicó el primer libro escrito por una occidental sobre yoga (Yoga, the Art of Reaching Health and Happiness), y fue la primera en enseñarlo. A pesar de los logros el año no fue fácil. Su marido regresó a Europa, repatriado por su gobierno y allá murió, lejos de su esposa, en 1946. Para Goldberg este episodio da fuerza a la frase que Indra pronunció en sus memorias: “No hay en mí ni un rastro de santidad”. La autora añade que su habilidad de dejar atrás pérdidas y seguir su camino puede ser visto como ejemplo de su superioridad espiritual, pero era más un mecanismo de defensa contra su mundo inestable, que podía confundirse con un egoísmo monstruoso.

Tomó rumbo a Estados Unidos. Desde 1947 abrió una academia de yoga y encontró sus adeptos más fervientes entre la elite de Hollywood. Actrices como Gloria Swanson, Greta Garbo, músicos como el violinista Yehudi Menuhin e intelectuales como Aldous Huxley depositaron en ella su confianza y le entregaron su sanidad mental. Incluso se hizo amiga cercana de Elizabeth Arden. Escribió libros como Forever Young, Forever Healthy, que consultaba Marilyn Monroe, y Renew Your Life by Practicing Yoga, ambos best sellers que llegarían a 29 países en diez idiomas.

En 1953 se casó de nuevo con el humanista y médico Sigfrid Knauer, se convirtió en ciudadana estadounidense y adoptó legalmente el nombre que ya había usado por décadas. En medio de todo esto el Kremlin tocó a su puerta. Por medio del embajador indio en Moscú, los líderes soviéticos la invitaron a un encuentro. Así, en 1960 habló con el presidente del Comité Estatal de Planificación Alekséi Kosygin y el ministro de Asuntos Exteriores Andrei Gromyko. Después de la reunión el Estado soviético legalizó el yoga en su territorio.

Siguió su cruzada alternando su tiempo entre viajes a la India, a Estados Unidos y otras latitudes.

A finales de los sesenta abrazó causas pacifistas. Se alejó de las amas de casa y las actrices desesperadas que habían abierto sus brazos al inicio, y encontró un nicho en la contracultura que se oponía a la guerra de Vietnam, país que visitó para fomentar aires de paz. De allá zarpó a India, donde cayó fascinada por la figura del gurú Sai Baba, a tal punto que bautizó una rama nueva de la práctica Sai Yoga. En el ashram de Sai Baba recibió a Lennon y a Yoko, pero cuando la polémica desacreditó al gurú, Indra tomó distancia. Visitó entonces por primera vez Argentina, un país que la maravilló y visitó repetidas veces hasta radicarse del todo en 1982. Murió a los 102 años de edad, y sus cenizas fueron arrojadas al Río de la Plata. Indra Devi no tuvo hijos, pero mirado de otra forma, tuvo millones.

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