Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2006/02/12 00:00

Zánganos reales

Un libro reciente cuestiona la vida de los príncipes consortes de las casas reales de Europa, a quienes considera verdaderos parásitos de la monarquía.

El libro revela que el príncipe Felipe de Edimburgo (derecha), esposo de Isabel I (izquierda), decía que la reina era adicta al sexo y eso lo tenía muy cansado.

Los príncipes consortes están de moda en Europa. El reciente giro constitucional para favorecer a la mujer en las monarquías y el libro El hombre que se acuesta con la reina, del experto en casas Jaime Peñafiel, ha puesto en primera plana a los hombres que aceptan vivir a la sombra de las reinas, muchas veces humillados por ellas. Estos hombres viven a cuerpo de rey, pero no lo son y nunca lo serán. "Sólo sirven para depositar en la vagina de la soberana el semen reproductor, como un ser intermediario entre la institución y su carácter dinástico y la que es su esposa, su mujer. Es el único aporte al matrimonio", como lo ha admitido el príncipe Felipe de Edimburgo, consorte de la reina Isabel II de Inglaterra. El mejor ejemplo data del siglo XIX, en tiempos de la reina Victoria de Inglaterra. Enérgica y temperamental, Victoria se le declaró a Alberto, sobrino de la duquesa de Kent, lo tomó como esposo y cuando él quiso colaborar en los asuntos políticos, ella lo regañó y le dijo que sólo le permitiría ayudar con la almohadilla para secar su firma. Una noche, cansado de humillaciones, Alberto decidió encerrarse en su cuarto. Victoria primero le exigió que le abriera, "¡soy la Reina de Inglaterra!", luego bajó el tono y él sólo le abrió cuando le oyó decir con humildad: "abre, soy tu esposa, Alberto". Ella estaba muy enamorada de él, pero jamás le permitió inmiscuirse en los asuntos de Estado. Pero su amor llegó a tal extremo, que tras la muerte de Alberto, en 1861, Victoria le guardó luto por 40 años. Hoy tres mujeres reinan en Europa: Isabel II en Inglaterra, Margarita en Dinamarca y Beatriz en Holanda. Sus consortes, Felipe de Edimburgo, Enrick Montpezat y Claus von Amsberg, han padecido todas las discriminaciones y, según Peñafiel, "han llevado vidas llenas de renuncia y de aceptaciones a veces humillantes". Peñafiel afirma que Felipe "utilizó desde el primer día su cáustico sentido del humor para protegerse y sobrevivir a la sombra de su esposa sin perder su personalidad y, sobre todo, su dignidad". El propio príncipe, tras años de matrimonio y relegado a actos protocolarios menores, lo diría un día: "No soy más que una asquerosa ameba". Felipe escandalizó a Inglaterra cuando reveló que Isabel era una obsesionada por el sexo: "Va a volverme loco. Siempre quiere tener relaciones", le contó a su padrino, el marqués de Milford Haven. Y luego de más de 20 años de matrimonio y de varias infidelidades de Felipe, la pareja decidió dormir en habitaciones separadas, por orden de Isabel, quien aseguró: " A mi esposo, no le pido fidelidad sino lealtad". Desde entonces, Felipe ha sido infiel a sus anchas, pero cada día ha sido más relegado. A Margarita de Dinamarca, reina desde 1972, le costó encontrar un pretendiente a su altura. Mide 1,85 centímetros, la princesa más alta de Europa, y por eso el mejor marido que halló fue Enrick Montpezat, de 1,90 de estatura, hijo de una pareja "que vivía amancebada", según Peñafiel. Sin embargo, Margarita aclaró desde el principio el papel de su esposo: "Yo seré la reina; mi marido, el cabeza de familia". Los daneses le han criticado todo a Enrick y le llamaron "el príncipe del dedito juguetón" porque un día, pasado de copas, decidió introducir billetes en el escote de unas bailarinas en un carnaval de la Cruz Roja, entidad de la cual él es presidente en Dinamarca. Pero lo peor para Enrick ocurrió en enero de 2002, cuando se sintió agraviado al verse sustituido en un acto oficial por su propio hijo. Enrick ofreció estas declaraciones explosivas al diario BT: "Durante años he sido el número dos de Dinamarca, un papel con el que he estado satisfecho. Pero no quiero verme relegado aun más. Me siento peor tratado que el gato". Todo el país se le vino encima y la única que le protegió fue su esposa Margarita. El caso más dramático es el del alemán Claus von Amsberg, quien se casó en 1966 con la reina Beatriz de Holanda contra la opinión de todo el país. Claus había pertenecido a las juventudes hitlerianas, un episodio que él quería olvidar, pero que nunca le perdonaron los holandeses. "Ese matrimonio le hizo desgraciado desde el primer día y a lo largo de 36 años. Los últimos de su vida los pasó entrando y saliendo de hospitales siquiátricos. Cuando falleció, el 6 de octubre de 2004, a los 76 años, no sabía ya ni quién era ni quién había sido", relata Peñafiel en su libro. Dinamarca, Noruega y Bélgica han reformado sus constituciones para que las primogénitas puedan reinar y en este proceso está entrando España, tras el nacimiento de la princesa Leonor. Esto significa que Europa tendrá al menos cinco nuevos príncipes consortes. En diálogo con SEMANA, el portavoz de la Asociación de Padres Maltratados de España, José García, denunció que en Europa el papel masculino se ha demeritado, como lo demuestran los casos de los príncipes consortes, que son despreciados por la sociedad y a veces por sus esposas. "Aunque no dudo que siempre habrá alguien dispuesto a vivir a cuerpo de rey bajo el yugo de una reina, ellos creerán que ganan la riqueza, pero siempre pierden su dignidad y no son más que simples zánganos para servir a la abeja reina", dijo. Peñafiel, autor también del libro Los tacones de Letizia, que cuenta intimidades sobre la esposa de Felipe de Borbón, a quien siempre ha llamado "la nieta del taxista", estima que la figura del príncipe consorte es "una de las mayores incoherencias de las monarquías", donde los hombres, según la tradición, siempre han mandado.

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