Viernes, 2 de diciembre de 2016

| 2015/10/23 22:00

Ziauddin Yousafzai, el papá de superniña

Un nuevo documental muestra que sin la influencia de su padre Ziauddin, Malala Yousafzai no se hubiera convertido en un personaje mundialmente conocido.

Cuando Malala nació en 1997, el primo de Ziauddin le llevó un árbol genealógico de más de 300 años sin mujeres. Ziauddin sacó un lápiz e incluyó a su hija ante su sorprendido familiar. Foto: A.F.P. / A.P.

“Antes me decían Ziauddin el activista. Ahora soy Ziauddin el padre de Malala. Y si quiero hacerme el importante digo que soy el padre más joven de una ganadora de Premio Nobel”, aseguró Ziauddin Yousafzai, de 46 años, al diario británico The Times. Mucho se ha hablado de ella, la niña que puso su vida en riesgo por querer educarse, que narró en un blog anónimo lo que era estudiar bajo la amenaza talibán y sin quererlo retó a los fundamentalistas. La misma que sobrevivió de milagro cuando un talibán le disparó en la cabeza y en el cuello tras detener su bus escolar, lo que, sin embargo, no logró que dejara su causa. Por eso, antes de llegar a la mayoría de edad, recibió el Premio Nobel de la Paz y se convirtió en centro de la atención mundial. Pero hasta ahora poco se sabía sobre el hombre también admirable que le marcó el camino.

Según Davis Guggenheim, que estrena este año el documental He Named Me Malala (Me llamó Malala), el padre sembró en Malala muchas de las cualidades que la diferencian de millones de chicos. Guggenheim describe al señor Yousafzai como alguien “cálido, amable y, como buen miembro de la tribu pastún, tan hospitalario que no se le puede visitar sin que ofrezca algo de comer”. Un hombre, además, muy emotivo, que quebró en llanto con frecuencia en las entrevistas que sostuvo con el estadounidense. Por cuenta de la película, su hija regresa un año después de recibir el Nobel a las primeras planas a mostrar que no ha dejado de luchar y también para hablar sobre la persona que le enseñó a pelear.

“Me dio alas. Y si mi vida fuera llevada a una película de Bollywood, mi padre sería el personaje heroico que lucha contra los villanos”, contó Malala a Guggenheim. Dice que lo admira profundamente, pero cuenta que no dejan de tener sus roces, después de todo son familia. Ziauddin es muy charlador, quizás demasiado, y tiende a cortar las anécdotas de los otros para exponer las suyas. “¿De quién es esta biografía?”, le preguntó Malala muchas veces a su padre para ponerlo en su sitio. La joven pakistaní también pone a prueba el discurso de Ziauddin diciéndole que “no se puede hablar de derechos de las mujeres y esperar que su esposa le cocine todas las comidas”. Como todo ser humano, el hombre tiene sus inconsistencias y también sus aficiones.

Lo que realmente hace excepcional a Ziauddin es su pasión por la educación de las mujeres en un contexto en el cual esa es una actitud mirada con recelo y hasta peligrosa. Siempre soñó dirigir un colegio, en parte porque su padre quien, además de ser el imán de la comarca, era maestro y siempre impresionó al joven Ziauddin por los discursos que pronunciaba. Inspirado, el más joven de sus hijos se inscribió en una competencia de oratoria pública a pesar de su tendencia a tartamudear. Su padre entró en pánico, le dijo que era imposible ganar si pronunciaba una frase cada minuto, pero el joven Ziauddin le aseguró que si él le componía un discurso poderoso, lo daría de la mejor manera. Su padre cumplió, el muchacho entrenó incansablemente y se ganó el primer puesto de la competencia. Orgulloso, el viejo le dijo, “desde ahora debes escribir tu nombre Ziauddin Shaheen, que significa Ziauddin Halcón, porque volarás”.

Se convirtió de ese modo en un estudioso que nunca dejó de venerar a su padre. Mientras muchos de sus compañeros de generación se fueron a trabajar a las minas en Karachi, en la construcción en los países del golfo, o a luchar por la yihad en Afganistán, él terminó su educación universitaria y montó un colegio en el valle de Swat, la comarca donde vivía. Para mantener el establecimiento vendió los brazaletes de su mujer y al comienzo hacía de gerente, barrendero, profesor y contador. En esas aulas nació y creció Malala, una chica tan inquieta y decidida como su padre, quien la consideraba fuera del alcance de los talibanes. Pero el 9 de octubre de 2012 supo con horror que estaba equivocado cuando su niña mayor recibió varios balazos en la cabeza. “Le pregunté a mi esposa si yo era responsable de lo que pasó. Ella me dijo que yo había luchado por causas justas, y lo que sucedió fue consecuencia de esa decisión”, concluyó.

La fama le ha dado notoriedad a la causa de la educación femenina a nivel mundial, pero la familia ha tenido que hacer sacrificios. Desde Birmingham, Inglaterra, donde viven, Ziauddin extraña su país. “Tomaba desayuno con mis hijos, veía las caras sonrientes de mis alumnos y hablaba con mis profesores. En las tardes, solían encontrarme con mis amigos y hablar de política, era una vida fantástica”. El precio de hacer parte de la historia ciertamente nunca es bajo.

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