Helg Sgarbi solía presumir de su talento con las mujeres: "Soy capaz de leerlas como si fueran un mapa". Su encanto natural, un impecable estilo, una sonrisa pícara y su mirada melancólica, sumados a halagos con cierto tono sexual, y uno que otro verso recitado de memoria, eran su fórmula infalible para que muchas damas cayeran rendidas a sus pies. Su especialidad eran las millonarias maduras europeas, viudas o casadas aburridas. Más cuando le agregaba a su atractiva personalidad un halo de James Bond, pues se presentaba como una especie de agente secreto que realizaba peligrosas misiones en zonas de crisis alrededor del mundo.
Pero ese discurso se le acabó la semana pasada cuando fue condenado a seis años de cárcel por extorsionar a cuatro mujeres de la alta sociedad europea. La encargada de desenmascarar la farsa de este gigoló suizo de 44 años fue la mujer más rica de Alemania, Susanne Klatten, quien, según Forbes, tiene una fortuna valorada en 10.000 millones de dólares. Se trata de la heredera del imperio Quandt, propietario de BMW y de la mayor accionista de la gigante química Altana.
Klatten, quien en su país era reconocida por tener un hogar ejemplar con su esposo y tres hijos y por su extremada discreción, se convirtió en la protagonista de uno de los más grandes escándalos de Europa en los últimos años por haber sido víctima del estafador. Su romance comenzó en julio de 2007 cuando ella y Sgarbi 'coincidieron' en el lujoso hotel spa Lanserhof de Austria. Y es que el modus operandi de Sgarbi, desde que abandonó su trabajo en el Banco Crédit Suisse, consistía en buscar a sus conquistas en este tipo de lugares.
Klatten, de 46 años, reveló a las autoridades que en un principio no le prestó atención, pero luego le pareció "un hombre fascinante de ojos azules, alto y delgado". Ella estaba leyendo El alquimista, de Paulo Coelho, cuando el personaje la abordó y le dijo que era su libro favorito. Allí le demostró su conocimiento de varios idiomas y le habló de sus supuestas aventuras en las que liberaba secuestrados. Le siguieron los paseos a las montañas y las tardes de té. En agosto empezaron su affaire en el hotel Holiday Inn de Munich en la habitación 629. Lo que Klatten no sospechaba es que Sgarbi había reservado también la habitación contigua desde la cual operaba su socio, el italiano Ernano Barretta, quien filmaba los encuentros. Según algunos medios de su país, este charlatán había pasado de ser mecánico a líder milagrero de una secta por la que recibía dinero de sus seguidores y sexo de sus discípulas. Sgarbi y su esposa harían parte de este grupo y no se descarta que Barretta, hoy detenido, haya sido el cerebro de las estafas.
El romance duró ocho semanas hasta que Sgarbi le inventó a su enamorada que había atropellado a la hija de un mafioso en Estados Unidos y que estaba amenazado de muerte si no pagaba unos 13 millones de dólares. Le explicó que él solo tenía cuatro millones disponibles y le rogó que le prestara los nueve restantes. En otras ocasiones, al recibir el dinero se volaba con el pretexto de una misión secreta, pero como sabía que esta amante era excepcionalmente rica, se le ocurrió decirle que dejara a su marido y que aportara 365 millones de dólares más a un fondo para iniciar su vida juntos.
Klatten empezó a sospechar y decidió terminar la relación. Fue entonces cuando Sgarbi le envió un DVD con escenas de sus citas y la amenazó con que se lo haría llegar a su familia y a las directivas de sus empresas si no le daba 62 millones de dólares, cifra que luego redujo a 18 millones. En ese punto ella se llenó de valor, contrató a un detective, le contó todo a su esposo y le avisó a la Policía. Sgarbi fue arrestado en Austria cuando se disponía a llegar al lugar convenido para recibir el dinero.
Su defensa llegó a argumentar que el suizo, de origen judío, había actuado para vengarse de los Quandt debido a que estos habían colaborado con el régimen nazi. Pero nadie le creyó. Años atrás había engañado a la octagenaria condesa Verena du Pasquier Geubels, 50 años mayor que él, y quien en 2001 lo denunció, aunque retiró los cargos antes de morir. Él mismo había confesado en esa oportunidad: "Me gusta vivir de las mujeres".
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