Publicado: 02/04/1990

Yo pecador...

Yo pecador...

Los curas antioqueños no saben que hacer con lo que estan oyendo en las confesiones de los sicarios.

"Uy! Virgencita del Carmen, que apunte bien..."
La expresión es común entre los adolescentes antioqueños que ejercen el sicariato cuando se preparan para cometer un crimen. A pesar de lo macabra, la frase no resulta extraña si se piensa en el hábito religioso de los paisas, tan arraigado que los hace invocar a Dios, a la Virgen y a los santos a toda hora y por cualquier motivo. Pero es tan escandaloso, desde el punto de vista de los valores religiosos, cuando un criminal le pide a la Virgen que le ayude a no fallar el tiro, que numerosos sociólogos, antropólogos y grupos de estudio han comenzado a preguntarse que papel ha jugado la religiosidad en la ola criminal que se apodero de Medellín desde hace algunos años, y algunos párrocos que tienen que recibir en confesión a los jóvenes criminales se cuestionan no sólo su papel como sacerdotes sino también el papel de la Iglesia y del mismo Dios.
Los investigadores que más se han acercado al fenómeno del sicariato, tanto en Bogotá como en Medellín, admiten que el estudio de la religiosidad en ese medio esta aún virgen y solo existen hipótesis. Pero una cosa parece clara: la misma Iglesia se debate en cierta confusión. Para unos sacerdotes los criterios del bien y del mal han variado radicalmente. Un párroco entrevistado por la periodista Laura Restrepo, sostiene que se siente mal cuando los sicarios recurren a él en confesión porque se siente amparando los crímenes que se cometen en Medellín. "Por ejemplo, me dicen: 'Padre, yo debo ser muy malo porque llevo más de diez muertos'. La cantidad es lo que les preocupa, no el hecho de matar. Otra cosa que creen es que está mal matar a una persona buena, pero que no es pecado matar a una mala".
Algunos sacerdotes han constatado que para el sicario matar por contrato difiere la culpa, de tal manera que ellos, que son ejecutores del crímen, son inocentes, mientras que el pecador es el que ordenó matar y le pagó por ello.
Para otros sectores de la Iglesia, en cambio, no ha habido rupturas importantes en los valores religiosos, sino una adaptación de los hábitos a la crisis. Un sacerdote consultado por SEMANA definía el fenómeno así: "El enfoque religioso tradicional se puede distorsionar, pero la religiosidad se mantiene incólume, precisamente con mayor fuerza en los sectores marginados y populares en donde florece el sicariato, ya que la secularización de la sociedad solo se ha dado en la clase alta, y no en las clases bajas". Inclusive resulta curioso -y así lo han comprobado párrocos y religiosas que se mueven en ese mundo- pero toda esta criminalidad refuerza la religiosidad. "Con tanto muchacho -dice uno de ellos- que se anda poniendo en peligro de muerte, las familias se han vuelto más piadosas. Como no pueden protegerlos, solo les queda rezar". Los mismos sicarios son muy religiosos y llegan inclusive a ciertos extremos en el tratamiento de sus propios muertos. Las autoridades de policía de Medellín narran que en ocasiones, cuando un sicario es abatido, sus compañeros de banda visten el cadáver, lo llevan a la iglesia, lo sientan en un escaño del templo como si estuviera vivo aún y le piden al cura que le rece y le aplique los Santos Oleos como a todo buen cristiano.
Más aterradora es, inclusive, la costumbre que practicaban los famosos Priscos, una de las bandas más temibles de la comuna nororiental, ya desbaratada por las autoridades militares. En el frente de su casa, en el barrio Aranjuez, todavía está empotrado un pequeño altar con la imagen en yeso de la Vírgen del Carmen.
Algunos presos de la cárcel Bellavista relataron a SEMANA que, religiosamente, antes de salir a una misión criminal, Los Priscos se encomendaban a la Vírgen y le encendían veladoras.
Aunque los sicarios no veneran a Dios sino a la Vírgen, tampoco se puede hablar en este caso de un cambio en los valores sino del mantenimiento de una tradición. Para los antioqueños la Virgen del Carmen ha sido siempre como la madre bondadosa que protege y todo lo perdona. Y es que para la tradición paisa la figura materna es la que ha predominado.
Desde las épocas en que los padres andariegos se iban a descuajar montes y a colonizar otras regiones de Colombia, lo que funcionó como eje del hogar y aglutinante fue la madre, mientras que el padre era casi desechable.
En este aspecto también han surgido ya ciertas reflexiones entre los mismos religiosos. Hay quienes llegan a pensar inclusive que no es tan conveniente para una crisis como la que atraviesa la juventud antioqueña, seguir fomentando una imagen femenina de Dios, un Dios que perdona demasiado. "Yo creo -afirmó uno de ellos- que el mensaje del cristianismo no puede ser la tolerancia, sino la advertencia. No podemos alentar sino frenar esas ganas tan tremendas de matar al prójimo".
Para los observadores es como otra pata que le nace al gato. Porque si bien es cierto que la horripilante criminalidad que ha afectado a Medellín, requiere una terapia represiva, sicológica y social, no es menos cierto que la solución final del fenómeno exigirá una profunda reflexión sobre los sentimientos familiares y religiosos de los muchachos involucrados en el sicariato.-
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