Publicado: 03/01/1994

HISTERIA Y LAGRIMAS

HISTERIA Y LAGRIMAS

Tanta sorpresa como la muerte de Escobar, causó la histeria colectiva que se vivio durante su entierro.

AY, Ml PA PA, COMO FUE QUE me lo mataron. Qué cosa tan horrible!". El lamento de doña Gloria, aferrada al féretro de Pablo Escobar con toda la fuerza dc su raza negra, se repetía en ecos de gran volumen por todas las paredes de la sala de velación de Jardines Montesacro.
La señora se agarraba la cabeza, se ahogaba en llanto y se bamboleaba, y de paso le robaba por unos instantes el protagonismo a aquel mismo añoraba en vida. Pero ni ella ni los otros cinco mil deudos que la acompañaban pudieron borrar con sus lágrimas la realidad que conoció el mundo el jueves en la tarde: Pablo Escobar había muerto.
Doña Gloria, habitante del barrio Medellín sin Tugurios. construido por el benefactor quc empezó regalando torres de iluminación para las canchas de fútbol de los barrios y terminó lleno de homenajes, pero con siete tiros en cl cuerpo, era una de las miles de personas desgarradas de dolor ante el catafalco gris plomo que contenía cl cadáver de Pablo Escohar. Ni los aplausos ni las contínuas serenatas en las que todos coreaban "... pero .sigo .siendo el reeeyyy~ como un "tú eres mi hermano del alma, realmenle mi amigo ", lograron opacar los sollozos repetidos de la multitud.
Quién lo creyera: fue doña Hermilda. la madre de Escobar. quien tuvo que aplacar y llevar del brazo a doña Gloria. Horas más tarde, afirmaba: "Ya no siento tristeza; siento alegría, La alegría me la proporcionó todo este gentío v todas las cosas que dijeron de mi hijo".
No era para menos. Mientras en nuchos barrios de clase media y alta se había celebrado hasta con pólvora el éxito del operativo del Bloque de Búsqueda, para un sector de la población de la capital antioqueña el hombre que estaban enterrando era un héroe y un mártir. Ahí estaban todos sus súbditos: gentes de todas las edades. Muchos aplaudían, unos arengaban. todos vitoreaban. Los gritos de "Te queremos, Pablito, te queremos" y el tradicional "Viva Pablo Escobar!", se mezclaban con alguna voz solemne que exclamaba "Pablo es el verdadero presidente de Colombia", mientras alguna mano levantaba una pancarta con la leyenda "Que tu muerte sea la semilla de la paz".
La histeria colectiva que se vivió en el entierro de Pablo Escobar asombró a todo el mundo. Para los periodistas internacionales presentes en Medellín, las escenas evocaban en cierta forma las exequías del Ayatollah Jomeini. El grado de fanatismo parecía comparable. El gentío se avalanzaba sobre el ataúd, con una mística casi rcligiosa, con el único objetivo de tocarlo. Una y otra vez se abrió el catafalco para que algunos de los fieles pudieran acariciar el rostro del capo caído.

LLANTOS, INSULTOS Y LAMENTOS
Todos vivieron la tristeza a su manera, incluso haciéndose daño unos a otros. como cuando no quisieron someterse a la disciplina para desfilar frente a unos despojos, lo cual les habría costado dos pasajes en bus. y por lo menos un par de buenas caminatas. Se apinaron de tal manera que en un espacio no mayor de ocho metros cuadrados lograron caber no menos de 100 personas. con los consecuentes resultados: cinco niñas asfixiadas y un señor con su buen dolor en el pecho por maltrato en las costillas. amén de pisotones, cabezazos y empujones. Todo entre gritos, insultos, Iamentos y hasta risas.
También hubo destrozos. La funeraria Montesacro contó entre sus pérdidas los vidrios de la capilla y de una de las salas del salón de velación, donde se generó un espectáculo que contrastó con el momento: cinco personas que se recostaban en el cristal desde la parte exterior fueron a dar con sus huesos y con sus cortadas adentro, llevándose en su caída una buena eantidad de ramos de flores y al mismísimo ataúd ante el estupor de los presentes.
Tal vez por eso, y por las reiteradas exigencias de la gente acerca de que sacaran el cadáver de Pablo Escobar del sal6n para ponerlo en el gran jardín, o en cámara ardiente en el estadio o en el coliseo cubierto, la familia Escobar Gaviria se rindió ante la evidencia de que la velaci6n se le estaba saliendo de las manos y optó finalmente por sacar el cofre a la capilla, donde el ingreso era un poco mas cómodo y no se prestaba para nuevas aglomeraciones. Allí por lo menos se podía retomar aire en cada gemido.
La verdad, no todo fue dolor. También hubo rabia. La misma que intentó desfogarse en consignas colectivas contra el Gobierno, los militares y los periodistas. Y en las murmuraciones de algunos grupos reducidos, promesas de venganza.
Muchos, sin embargo, se quedaron por fuera. Atascados en un trancón de más de media hora en la Autopista Sur, donde crece la colina que le da pie a Montesacro, o devueltos por los soldados que, en aras de la poca fuerza pública disponible en el interior del cementerio para controlar la turba, dejaron a muchas personas desilusionadas y frustradas ante la imposibilidad de poder llegar hasta el lugar de velación para poder darle el último adiós al capo.
Ahora que el cuerpo del jefe del cartel de Medellín reposa bajo tierra, el llanto se guardará para las romerías que se sabe llegarán cada ocho días hasta el cementerio para visitar la tumba de Pablo Escobar Gaviria, cerrada definitivamente desde las 3 y 30 de la tarde del viernes 3 diciembre.

LOS DOLIENTES
La pasiones despertadas en el entierro de Escohar no son fáciles de esconder y no dejan de ser preocupantes. Reflejan una polarización social de unas dimensiones insospechadas. Ninguno de los histéricos dolientes de esa turba descontrolada en que se convirtió su funeral era ajeno al hecho de que Pablo Escobar había asesinado a Luis Carlos Galán a 317 policías o había puesto una homba en un avión, y sin embargo, lloraban del dolor. Consideraban que las cosas malas que hizo "le tocó hacerlas~, como le dijo un chofer de taxi al corresponsal de esta revista. La filosofía implícita en esta frase es que Escohar era un hombre humilde que por su éxito había puesto en jaque los intereses de los "ricos". Como su propia hermana había afirmado ante las cámaras de televisión, ~a él lo persiguieron tanto que le tocó defenderse". Y esta "defensa", que les costó la vida a miles de colombianos que murieron víctimas del narcoterrorismo, era justificable para todos los que asistieron a su entierro. Para ellos en Colombia hay una guerra y Escobar era el líder de uno de los dos bandos. Y como todo el mundo sabe, en todas las guerras hay muertos.
Por todo ésto el Gobierno colombiano cstaba preocupado por el espectáculo que se había protagonizado ante la opinión pública mundial durante el entierro de Escobar. Más que una sociedad saneada se veía una sociedad resentida. Como dijo un alto funcionario a la revista SEMANA, "ante el mundo lo que ganamos en imágen matándolo, lo perdimos llorándolo".
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