Publicado: 22/12/2012

Todo el sexo es excremental

Todo el sexo es excremental

Me temo que muchas de nuestras desgracias tienen su origen en presidentes, parlamentarios, militares, empresarios, guerrilleros, paramilitares y, desde luego, columnistas ¡Mal cogidos!

Esperé pacientemente a que Esther Balac de El Tiempo o algún escritor sobre sexo en SoHo reaccionaran ante la arremetida del senador Roberto Gerlein contra el sexo y no he visto una respuesta. Voy a intentar una. Aunque no creo que logre algo memorable, porque a quienes escribimos de política se nos va atrofiando ?el cerebro para hablar con gracia, o al menos con sentido, de otras cosas.

Dijo Gerlein en medio del debate sobre el matrimonio de parejas del mismo sexo: “Miro con repulsión el catre compartido por dos varones (...) es un sexo sucio, asqueroso, merece repudio, es un sexo excremental”. Todas las criticas al Senador advirtieron el terrible sesgo homofóbico de esta frase. Pero nadie vio, o nadie quiso ver, que era, en realidad, una diatriba pura y llana contra el sexo.

¿Qué sexo no es excremental? Los labios, las manos, el impredecible pene, el inasible clítoris, los torpes dedos de los pies, se dirigen siempre, afanosamente, hacia los conductos o aberturas del cuerpo que algo expelen. A veces merodean, a veces se detienen un momento en la piel. Son las caricias morosas que preparan la invasión, que allanan el camino hacia el mundo oscuro, sucio y extrañamente delicioso del compañero o compañera de catre.

¡Las excresiones! Tantas, tan diversas, tan saladas todas, tan repulsivas, tan vergonzosas cuando no están alimentando el sexo, cuando se las mira, o se las huele, o se las toca, por fuera de la batalla íntima. En el trance erótico todo huele, todo sabe, todo se siente distinto. Es esa la magia del sexo. Ha sido así siempre. No puedo imaginar el tipo de sexo que ha practicado Gerlein. No puedo saber cómo ha escapado a las esencias que expelen las endemoniadas glándulas que tachonan nuestro cuerpo.

No obstante, las diferencias entre épocas y culturas asombran tanto como deleitan. De la vieja Roma y de la antigua Grecia se sabe que en algún momento el encuentro amoroso entre los hombres era el más exaltado. Las mujeres relegadas del arte, de la filosofía y de la guerra no eran amantes preferidas por los hombres del poder y de la cultura. Marguerite Yourcenar cuenta esa historia fascinante entre el emperador Adriano y esa luz de placer que es Antinoo. La subordinación y la marginalidad de la mujer no tuvo grandes variaciones luego, pero en occidente la Iglesia Cristiana impuso la heterosexualidad como valor inamovible y la reproducción como el fin inapelable del sexo.

Vivimos tiempos de fortuna. En los lejanos años sesenta del siglo pasado una revolución liberó el placer, le dio carta blanca al deseo, le arrebató el sexo al demonio, desterró el halo pecaminoso que asediaba al erotismo. La cosecha de aquella rebelión cultural es vasta. De allí vienen los feminismos tan diversos como fecundos. La reivindicación de las lesbianas, los gays, los transexuales, los travestis y los intersexuales. La lista seguirá creciendo a medida que exploramos más y más el cuerpo.

No es desdeñable el aporte de la liberación sexual al mejor gobierno y al bienestar de las sociedades. Tengo un viejo recuerdo de una película argentina: El Lado Oscuro del Corazón, si la memoria no me engaña. En algún aparte uno de los personajes le atribuye la barbarie de la dictadura a la insatisfacción sexual de los gobernantes. “¡Son militares mal cogidos!”, dice. Me temo que muchas de nuestras desgracias tienen su origen en presidentes, parlamentarios, militares, empresarios, guerrilleros, paramilitares y, desde luego, columnistas ¡Mal cogidos!

Esto, obviamente, no se lo inventaron los argentinos. Fue el señor Sigmund Freud quien dio con la certeza de que las represiones sexuales eran una fuente inagotable de trastornos emocionales y de locuras sin cuento. Marcó el siglo XX como nadie. El viejo cascarrabias estableció una relación determinante entre pulsiones sexuales negadas y acciones autodestructivas o simplemente delirantes.

Una nota final para Gerlein. Muchos de sus colegas parlamentarios debieron mirarlo de soslayo cuando vituperó el sexo anal. Ya porque no pueden evitar su homosexualidad o porque siendo inveterados heterosexuales disfrutan con su pareja ese costado insoslayable del sexo.
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