Publicado: 20/01/2013

El segundo tiempo de Obama

El segundo tiempo de Obama

Este lunes será la ceremonia pública en la que el mandatario jurará por segunda vez como presidente de EE. UU.

Hace cuatro años era el quinto presidente estadounidense más joven de la historia. Ahora, Barack Obama tiene 51 años, algunas canas y arrugas. Es padre de una adolescente y de una preadolescente. Le subió levemente la presión, aunque sigue siendo excelente. Dejó de fumar. Y tiene un perro.

Los cambios del presidente no son sólo físicos. Al iniciar su segundo mandato, luce más seguro, promete ser más firme en las negociaciones, confía más en la gente en que cree, promete menos y se muestra más franco en torno al estado de cosas en Washington.

Y, lo que es tal vez más importante, parece más convencido que nunca de la necesidad de tener al público de su lado. "No se puede cambiar a Washington desde adentro", declaró durante la campaña electoral. "Solo se la puede cambiar desde afuera".

En los mejores días de su Presidencia, Obama observó de primera mano el poder y las posibilidades de su cargo. En los peores, constató en carne propia sus limitaciones.

Por ejemplo, festejó la aprobación de su monumental plan de salud. Y lloró las muertes de los escolares asesinados en Newtown, a finales del año pasado.

Disfrutó la noticia de que Osama bin Laden había sido muerto finalmente. Y recibió los cadáveres de los soldados caídos que eran traídos a la base de Dover, Delaware.

Entre los grandes momentos y aquellos no tan grandes, Obama tuvo que lidiar con las duras realidades diarias en jornadas inacabables. Siempre hay una nueva negociación. Una nueva batalla legislativa. Un nuevo problema económico. Otro desastre natural.

La impresión generalizada es que Obama no cambió demasiado, ni en cuanto a estilo ni en cuanto a personalidad. Pero cada capítulo de su presidencia --la crisis económica inicial, la batalla en torno al plan de salud, la paliza que recibió en las elecciones de mitad de término, las negociaciones eternas en torno a la deuda y el déficit, la campaña electoral-- lo ayudaron a ajustar su perspectiva de las cosas.

"Luego de cuatro años, sabe bien en qué consiste el trabajo", declaró la asesora presidencial Valerie Jarrett. "Sabe lo que es posible si uno tiene al pueblo detrás, dispuesto a hacer fuerza para cambiar las cosas".

El propio presidente ha hecho comentarios aquí y allá que reflejan las dificultades que enfrentó.

—"Todo toma un poco más de tiempo del que uno quisiera".

—"Mi error en el primer par de años fue pensar que lo que había que hacer era delinear la política indicada".

—"No hay decisión que tome uno por la que no haya que pagar".

—"Hay que romper la costumbre de negociar sólo cuando hay crisis una y otra vez".

Obama tiende a disculparse y cree que no es responsable de la obstinación de Washington y de todas las intrigas políticas de los republicanos.

Los republicanos, por su parte, atribuyen los problemas a políticas equivocadas del presidente y su intransigencia. En el propio bando presidencial hay quienes se preguntan si la dura retórica de Obama se traducirá realmente en posiciones más firmes.

"No ha cambiado tanto como quisieran demócratas y republicanos", opinó Calvin Jillson, profesor de ciencias políticas de la Southern Methodist University.

El público, mientras tanto, ha replanteado un poco su opinión de Obama. Las encuestas indican que se lo sigue considerando un buen comunicador, entrador, bien informado, confiable. Pero mucha menos gente lo ve como un líder fuerte, alguien que consigue resultados.

Andrew Kohut, del Centro de Investigación Pew, dice que los números de Obama en ese terreno van a repuntar, a juzgar por su reciente aumento de popularidad. Su índice de aprobación está de nuevo por encima del 50%, luego de quedar por debajo de esa cifra en el 2011 y el 2012. Pero no se acercan a la popularidad de sus primeros meses, en que llegó a superar el 70%.

Luego de su reelección, Obama está convencido de que tiene mejores cartas y está decidido a usarlas antes del inevitable desgaste de su segundo período. Dice que no negociará con los republicanos en torno al aumento del límite para el endeudamiento y apeló a sus poderes ejecutivos para tomar medidas unilaterales destinadas a reducir la violencia con armas de fuego.

El presidente está empeñado en evitar las batallas del día a día y en conservar el apoyo del público.

Al anunciar una serie de propuestas para contener la violencia con armas de fuego la semana pasada, admitió que ciertas medidas requieren la aprobación del Congreso y dijo que la gente tiene que presionar para que sean adoptadas.

"Le habla más al pueblo que a Washington", dijo la ex portavoz de Obama Jennifer Psaki.

William Galston, de la Brookings Instit y quien sirvió en el gobierno de Bill Clinton, dice que Obama parece haber llegado a la conclusión de que "no debe ensuciarse las manos", como lo indican las últimas negociaciones en torno a los impuestos.

"El presidente no pasa mucho tiempo remangado, cara a cara con la gente que no está de acuerdo con él", comentó.

Ni hace tantas promesas. Luego de hacer más de 500 en su primera campaña --la mayor parte de las cuales cumplió--, no ha asumido tantos compromisos y parece tener una visión más moderada de lo que es posible.

Se describe como un "guerrero feliz", pero al mismo tiempo admite su decepción porque no recibió más cooperación del Congreso.

Algunos liberales se quejan de que Obama no es lo suficientemente duro y dudan que haya asumido una postura más firme para su segundo mandato.

"No tiene arreglo", dice Norman Solomon, un activista de izquierda. "Promete no volver a ceder del mismo modo que alguna gente promete no volver a fumar y al día siguiente lo ves con otro producto explosivo en la boca".

AP 
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