Publicado: 02/02/2013

El amor es más fuerte

El amor es más fuerte

Si convivir en pareja ya es difícil, el reto aumenta cuando ambos pertenecen a culturas muy distintas. SEMANA recoge las historias de colombianos que se enamoraron de extranjeros y hoy son felices a pesar de sus diferencias.

Google los salvó

El traductor automático de Google fue lo único que necesitaron el bogotano Manuel Contreras y la rusa Natasha Gershveld para enamorarse. Ambos se conocieron en una página de citas por internet a mediados de 2008, y como ninguno sabía inglés, tuvieron que arreglárselas con el diccionario gratuito. Él vivía en Noruega desde hacía seis años, pero el frío y la soledad lo obligaron a buscar compañía.

Natasha aceptó ser su amiga y, a pesar de lo difícil que resultaba entenderse, intercambiaron varios correos. La primera vez que hablaron por teléfono fue un desastre, así que ella decidió inscribirse en un curso de español en su natal Volgogrado. Al cabo de cuatro meses acordaron verse por primera vez en Riga, Letonia, donde empezaron a planear la boda. “Cuando el corazón manda, las barreras culturales desaparecen”, asegura Manuel. Después de un sinfín de papeleos, se casaron en enero de 2010 y se establecieron en Stavanger, una ciudad portuaria al suroeste de Noruega. Hoy el idioma no es un problema, pues ella ya domina el español y el colombiano aprendió ruso. 


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Amor de lejos

La isla de Reunión es un pequeño punto en el océano Índico donde Germán Mejía y Laetitia Macé contraerán matrimonio el 20 de julio. No escogieron el lugar por ser un paraíso perdido y exótico (uno de los cinco departamentos de ultramar de Francia), sino porque la novia nació allí y su familia quería verla vestida de blanco. La pareja se conoció hace cuatro años en el emblemático London Eye (la gigantesca rueda de atracciones de la capital británica) donde Germán trabajaba como supervisor y Laetitia estaba de turista. Ella le preguntó inocentemente por el baño y eso desencadenó la conversación. Aunque ella apenas estaba aprendiendo inglés y el paisa no sabía ni pizca de francés, salieron a cenar esa misma noche. El idilio, sin embargo, no les duró mucho porque ella se tuvo que ir a París a terminar de estudiar su carrera y él se devolvió a Colombia. La distancia no fue un impedimento para que siguieran juntos y en 2010 decidieron venirse a vivir a Cali. A los papás de la francesa les pareció una locura por la lejanía, pero después de una corta visita al país están convencidos de que su hija no se equivocó.

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Sin la bendición de los suegros

A pesar de que Laura Duarte lleva casi diez años de casada, no conoce a sus suegros. La razón: su esposo, el libanés Rodney David, pertenece a la comunidad drusa,  una minoría religiosa que prohíbe el matrimonio con personas que no profesen esa fe. Al principio la familia pensó que era solo un capricho y conservaba la esperanza de que algún día su hijo dejaría a su novia. Pero tras un año de noviazgo, la pareja decidió casarse por lo civil en Melbourne (Australia). Los papás de Rodney no asistieron al compromiso y cuando él fue a su pueblo natal meses después, lo pusieron entre la espada y la pared: o su mujer o su familia. El libanés escogió a la colombiana y, aunque dejó de hablarles a sus padres por un tiempo, hoy ya están reconciliados. Por lo pronto, Laura no tiene planes de ir a visitar a sus suegros, pero al menos estos ya aceptan a Isabella, su pequeña de año y medio, a quien conocieron por Skype. “Al final, todos esos tropiezos nos fortalecieron”, resume la bumanguesa.

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Juntos y revueltos

Desde que el caleño Juan Carlos Rico y la china Sophie Qian se conocieron hace tres años en Expo Shanghái, han experimentado como nunca los rigores de la convivencia en pareja. Pasaron los primeros dos años en Bogotá en la casa de los papás de él, mientras ella aprendía español y él trabajaba en una universidad. Fuera de la barrera del idioma, lo que más trabajo le costó a Sophie fue adaptarse a la comida y la calidez de los latinoamericanos. Para empezar, ni siquiera toleraba el famoso manjar blanco y por eso su novio debía ir al centro a comprarle raíces chinas y hongos deshidratados en locales especializados. El trato con sus suegros tampoco fue fácil, pues como para la mayoría de los chinos el contacto físico es mínimo y rara vez se dan la mano al saludarse, ella no solía corresponder los abrazos y los besos de la familia. Hace apenas un mes decidieron intercambiar papeles y ahora Juan Carlos es el extraño en el apartamento de los papás de su novia en Shanghái.

En los pocos días que lleva le ha tocado acostumbrarse a bañarse en las noches porque sus suegros conciben la cama como un lugar sagrado. Ellos hablan el dialecto local –muy distinto al mandarín– y, como suelen hacerlo en un tono más fuerte de lo normal, Juan Carlos no solo no les entiende sino que en ocasiones ha llegado a creer que están peleando por su culpa. Esa situación está a punto de cambiar, pues la pareja ya encontró el apartamento perfecto: queda cerca a la casa de los papás de Sophie, como manda la tradición, y cumple con los postulados del Feng Shui.

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Por el mundo entero

La historia de Jaime Daza y Catalina Calin es una mezcla de culturas: él nació en Socorro, Santander, y ella es de Craiova, al sur de Rumania; se casaron en Atenas, pasaron la luna de miel en Estambul y hoy viven en Beijing. Se conocieron en esta última ciudad hace cuatro años, cuando ella llegó como profesora invitada de Diseño de Modas a la misma universidad donde Jaime trabajaba. Como era nueva,  él aprovechó para llevarla a conocer los principales lugares turísticos y a los dos meses ya eran novios. Por suerte, ella sabía algo de español porque de niña veía telenovelas mexicanas, así que la comunicación nunca ha sido un problema. “Hablamos en inglés, cocinamos en rumano y peleamos en español”, dice Jaime. Cuando él la trajo por primera vez a Colombia, Catalina no entendía por qué su novio saludaba a sus primas de beso y abrazo, mientras que en Craiova a Jaime le parecía incomprensible esa afición de los rumanos por ponerle ajo a todo: “Se los comían enteros como si fueran papas fritas”, explica. Por ahora piensan quedarse en China un par de años más, pero cuando decidan tener hijos están dispuestos a aventurarse a cualquier lugar del mundo.

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Sabores extremos

El bogotano Cristhian Salamanca ya acostumbró su paladar a la comida india de su esposa, Rochelle Ann Miranda. Al principio, no toleraba los condimentos ni las especias picantes, y ella sentía que los platos colombianos eran demasiado insípidos. Para resolver ese dilema tomaron una decisión salomónica: alternar la sazón. Después de cuatro años de casados, la estrategia les ha dado resultado. Cristhian y Rochelle se conocieron en Mumbai hace ocho años mientras él dictaba clases en una universidad y ella estaba terminando su carrera. Aunque a los papás de ella no les convencía la relación, la pareja siguió adelante. Esa desconfianza hacia los extranjeros también se percibía en las calles y por eso procuraban no salir cogidos de la mano para evitar las miradas curiosas. “Fue una etapa difícil porque la sociedad india es muy cerrada y compleja, pero con el tiempo me empezaron a aceptar”, dice Cristhian. En 2008, después de que Rochelle vino a Colombia a conocer a la familia de su novio, se dieron el ‘sí’. Hoy viven en Bogotá como dos fieles representantes de la cultura india: ella tiene su propia empresa de manualidades, tatuajes y cocina autóctona, y él es director ejecutivo de la Cámara Colombia-India de Comercio.

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