Publicado: 09/02/2013

Rafael Correa: el imbatible

Rafael Correa: el imbatible

Será reelegido con una mezcla de autoritarismo y polarización. Con inversión social y obras le cambió la cara al país.

Si la popularidad de un candidato se midiera por la cantidad de propaganda electoral, Rafael Correa se llevaría el 90 por ciento de los votos en las elecciones del próximo 17 de febrero. El color de su partido Alianza País, un vistoso verde fosforescente, es imposible de ignorar. En los barrios populares del sur de Quito hay por todos lados casas pintadas con Vote 35, el número de la lista oficialista, banderas con el perfil de Correa, pendones que recubren las fachadas y afiches pegados por todas partes. El lema, repetido una y otra vez, es “ya tenemos presidente, tenemos a Rafael”.

Y es que Correa lo tiene todo para ganar. No solo su aparato estatal y un conglomerado de medios públicos lo respaldan, sino sus programas sociales masivos y las grandes obras que le están cambiando la cara al país. Los sondeos le dan como mínimo 41 por ciento de favorablidad y la única pregunta que parece haber en Ecuador es si será reelegido en una o dos vueltas.

En la oposición no se desaniman, a pesar de que dos candidatos le dijeron a SEMANA que las elecciones eran “un partido con la cancha inclinada y el árbitro comprado”. Guillermo Lasso persigue al candidato-presidente con 15 por ciento de las intenciones. Detrás de él, seis pretendientes más esperan dar la sorpresa (ver recuadro). Alberto Acosta fue amigo, aliado y miembro del gobierno de Correa hasta 2008. Ahora recorre el país con la esperanza de que sus ideas de izquierda lo lleven al palacio de Carondelet. El sábado pasado en el sur de Quito al paso de la caravana una vendedora ambulante dijo “no hay que votar por ellos, nos van a quitar lo que nos dieron”. Porque Correa le ha entregado beneficios a la gente y a hecho enormes inversiones. Algunos lo llaman clientelismo, otros transformación social, pero en todo caso es un adversario imposible de vencer. 

Zumbahua es un pueblo indígena a cuatro horas de la capital. Hace unas décadas era un poblado de chozas, incomunicado, una tierra ruda que los jóvenes abandonaban en masa. Rafael Correa considera ese lugar su segunda tierra. Allí pasó un año después de graduarse, en una misión de alfabetización. Allí invitó a Evo Morales y a Hugo Chávez para recibir el bastón de mando y asumir la presidencia frente a miles de quichuas. Y allí se aprecia cómo el Estado está tratando de cambiar el país. 

Para ir de Quito a Zumbahua, después de pagar un peaje de dos dólares, los buses transitan por autopistas de dos, tres y cuatro carriles en cada sentido, con puentes, intercambiadores y señalización. Las carreteras secundarias son igual de buenas y son parte de una inversión pública de más de 5.000 millones de dólares en infraestructura vial. A unos kilómetros de Zumbahua se encuentra el lago del Quilotoa. Como le explicó a SEMANA Eduardo Pastuña, habitante de la región, “antes la gente solo podía llegar en 4 x 4 o a pie, después de caminar cuatro horas. Los campesinos les alquilaban cuartos a los visitantes. Con la carretera llegó el turismo, se están haciendo hostales, hay más plata”.

En Zumbahua el gobierno construyó el primer Colegio del Milenio, un programa para crear instituciones de calidad. Los 1.050 alumnos reciben clases de inglés, quichua y español, cuentan con 90 computadores, les dan desayuno, almuerzo, útiles y uniforme. Según Stalin Nuñez, profesor de matemáticas, “antes las aulas no tenían vidrios ni puertas. Éramos 30 profesores con salones de 45 y dictábamos tres asignaturas. Ahora estamos bien atendidos. Lo malo es que si pedimos una colaboración, ningún padre da. Están acostumbrados a que les den”. En la región ya se sabe quién va a ganar las elecciones. Con orgullo el chofer de una camioneta le dijo a esta revista que “acá el 93 por ciento es de Correa”.

El modelo de Rafael

Para Felipe Burbano, profesor de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso), Correa tiene una visión “modernizadora, neodesarrollista, dentro de la cual el Estado cumple un rol fundamental y define el rumbo de la sociedad. Y una orientación ‘socialista del siglo XXI’, en la que el Estado es un agente de redistribución”.

Siguiendo esa línea el gobierno ha intervenido 7.000 kilómetros de carreteras, está construyendo ocho hidroeléctricas, multiplicó por tres el presupuesto de la salud y el de la educación, con el dinero de las cotizaciones creó el Banco del Instituto de Seguridad Social (Biess) que otorga créditos inmobiliarios a bajos intereses e instauró un bono de 5.000 dólares para vivienda. Pero según un alto funcionario de cooperación internacional “en educación todavía hay desigualdades entre el campo y la ciudad. Para los médicos hay cuotas de cinco consultas por hora. La atención se expandió, pero es superficial. Hay una tensión entre la cantidad y la calidad”. 

Pero la medida estrella de Correa es el Bono de Desarrollo Humano, un subsidio que el gobierno ha incrementado paulatinamente. Hace un mes el presidente lo incrementó a 50 dólares por mes y anunció que lo iba a financiar con las utilidades del sector financiero. Cerca de 2 millones de personas reclaman ese bono, y con 3,5 millones se elige presidente. Muchos opositores no dudan en calificar a Ecuador de “bonocracia”.

Para alimentar esa maquinaria Correa necesita mucho dinero. En cinco años hizo diez reformas tributarias que aumentaron los ingresos fiscales en un 136 por ciento. Correa renegoció los contratos petroleros, que representan el 60 por ciento de las exportaciones. Y fue a buscar capitales a China, que le ha dado 21.000 millones de dólares en créditos a cambio de contratos en infraestructura, petróleo y minería. 

Así es como el presidente logró multiplicar la inversión pública por seis y en 2012 dispuso del récord histórico de 12.000 millones de dólares para gastar. Pero el Estado tiene la deuda pública más grande de la región después de Venezuela, un modelo demasiado dependiente de los precios del crudo y una inversión extranjera baja. Además, las clases medias se quejan por el alza de impuestos, otros dicen que se sustituyó “el consenso de Washington neoliberal por el consenso de Beijing” y hay tensiones con indígenas que critican el modelo extractivo de Correa. Un trabajador social le recordó a SEMANA que el índice de Gini (que mide la desigualdad social) sigue casi igual que antes. 

Lo cierto es que a Correa le ha salido bien su apuesta económica. En Quito se ve la bonanza. El norte acomodado está lleno de edificios en construcción y de oficinas nuevas. Pronto van hacer la primera línea de metro y en unos días van a inaugurar un nuevo aeropuerto internacional a 44 kilómetros de la capital. Muchos dicen que el flujo de dinero, el abaratamiento de los costos de transporte o la demanda creciente del sector público beneficia los grandes grupos económicos, las cadenas de supermercados e incluso los bancos. Según le dijo a SEMANA el opositor Alberto Acosta, “un documento del gobierno dice que nunca antes los grupos más poderosos han estado mejor y nunca antes los marginados han estado menos peor. Esa es la realidad, ha habido inversión social y obras, pero el grueso de la tajada ha sido para los grandes”. 

El poder a correazos

No todo es color de rosa en el reino de Rafael. El analista Felipe Burbano dijo que “nadie sabe exactamente como se están administrando los recursos, hay un velo que impide ver lo que hay detrás de ese Estado derrochador”. En voz baja muchos dicen que a la sombra del gobierno algunos están haciendo enormes fortunas. Y, en su último informe, Transparencia Internacional le puso notas muy bajas a Ecuador y resaltó que la información sobre los presupuestos es mínima.

La prensa de oposición ha denunciado opacidad en la contratación y en el manejo del dinero público entre ministros, familiares y personas cercanas a Correa. El último escándalo es el título falso de economista que tenía Pedro Delgado, presidente del Banco Central y primo del presidente. Renunció, pero en el aire quedó una falta de claridad en palacio.

En la avenida República en Quito, un enorme letrero cubre parte de la fachada de la Cámara de Comercio. Sobre un fondo negro dice “sin libertad y justicia, no hay democracia”. Y muchos ecuatorianos comparten ese sentimiento. Según Burbano, “Correa evalúa la democracia en función de objetivos: el desarrollo, la redistribución, el fortalecimiento del Estado. Si para llegar a eso algunos fundamentos democráticos tienen que ser dejados de lado o atenuados, él no va a tener ningún problema”.

Y es que es imposible separar a Correa de dos elementos clave: el caudillismo y la búsqueda permanente de enemigos. Tiene una obsesión por microgerenciar todo, saber todo y una hiperactividad notoria. Una señora de la clase alta quiteño le contó a SEMANA que “mi hermana vivía en el mismo edificio que Correa. Dominaba la administración, se metía en las cuentas del agua, de la luz, de todo”. 

El correismo ha copado todas las ramas del Estado. En la Asamblea Nacional su partido tiene casi la mitad de las curules y se da por descontado que en estas elecciones va a conseguir la mayoría absoluta. En el poder Judicial nombró a sus aliados en puestos clave y reestructuró el sistema para controlar mejor la selección de jueces. Para Burbano la falta de equilibrio entre los poderes es “una consecuencia de esa centralidad que Correa le otorga al Estado, que en la práctica se traduce por la centralidad del Ejecutivo sobre lo demás”.

El “presidente, candidato y compañero”, como lo llaman sus militantes, toma todo a título personal. Como ciudadano privado ha demandado a periódicos, periodistas y bancos. Y como gobernante mandó a detener gente que lo insultó a su paso y pidió investigar tuiteros por faltarle al respeto. Pero no aplica lo que predica. Según la fundación opositora Ethos, el presidente ha pronunciado en su programa Enlace Ciudadano 170 insultos y agravios. Su repertorio incluye lirismos como estúpido, perros, matón, canalla, idiota, bruto, buitre o tonto.

Otra de las piedras angulares de su poder es la polarización, y el propio gobierno lo acepta. Fernando Alvarado, asesor de comunicaciones del gobierno, lo confirmó a la revista Gatopardo cuando dijo que “no se podía llevar adelante un proceso de cambios tan profundo sin la polarización”. Así enfrentó y dividió al movimiento indígena, a sindicatos y movimientos sociales. Un reconocido periodista ecuatoriano le explicó a SEMANA que Correa tiene “una triada de enemigos: los viejos políticos, derrotados desde hace años, que no son más que espantapájaros, los banqueros, semiinvisibles,y los medios”.

Y esa es la pelea más dura que ha dado Correa. Por un lado expropió el Grupo Isaías –uno de los principales conglomerados de medios– y construyó un sistema estatal que cruza sin pudor la línea entre un sistema de información pública y la propaganda gubernamental. Por otro lado atacó a la prensa privada con demandas, insulto e intimidaciones. Los casos más conocidos son los de los diarios El Universo, La Hora y los autores del libro El gran hermano, que denunciaron los negocios de Fabricio Correa, el ‘ñaño’ del presidente.

Aunque al final, en su magnanimidad, el presidente los perdonó, la guerra dejó heridas profundas y la prensa lo piensa dos veces antes de destapar algún escándalo. El Estado correista perdió credibilidad internacional, con llamados de atención de Human Rights Watch, Reporteros Sin Frontera o la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP). Sin embargo Galo Mora, secretario general del oficialista Alianza País, le dijo a SEMANA que la SIP está “capturada por la CIA”, que “defendemos la libertad de expresión a tal punto que todos los días se puede publicar que no existe” y que “no es una pelea inútil. La comunicación es un derecho. Pero está dominada por privados y atacan a lo público, al presidente. El 17 de febrero vamos a ver en quién confía el pueblo, si en la prensa o en Rafael Correa”.

Pero este combate revela lo que vive Ecuador. Como le dijo un observador de los medios a SEMANA la disputa de Correa es una guerra para ser “propietario de la verdad, construir su propio relato y reescribir el pasado, el presente y el futuro. La historia”. Y por ahora Correa ha sido un personaje ambivalente, pragmático dirían unos, ambiguo otros, complejo en todo caso. Hay un hombre progresista y voluntarioso que le quiere cambiar la cara a Ecuador. Y un presidente al que poco le importan las formas de la democracia. Lo que pase en los próximos cuatro años definirá la forma como será recordado, si como un gobernante autoritario o como el gran transformador de su país.

La competencia

La oposición está dividida en multitud de partidos, lo que no ha hecho sino reforzar a Rafael Correa. Estos son los principales candidatos:



Alberto Acosta:
Luego de haber sido aliado y mentor de Correa, pasó a ser uno de sus mayores críticos. Economista y con una historia de militancia en la extrema izquierda, Acosta fundó el Partido Alianza País con el que Correa llegó a la Presidencia. Fue ministro de Energía y Minas y presidió la Asamblea Constituyente de 2008. Pero se alejó del presidente y ahora es candidato del partido Unidad Plurinacional. Quiere volver a lo fundamental de la Constitución, rescatar la democracia, luchar contra la corrupción y lograr una economía social y solidaria.



Álvaro Noboa:
Una de las personas más ricas de Ecuador, siempre ha estado vinculado a la política. Sin embargo, luego de perder las elecciones de 1998, 2000, 2006 y 2009, Noboa intenta llegar por quinta vez a la Presidencia por el Partido Renovador Institucional de Acción Nacional (Prian). Muchos lo acusan de intentar comprar las elecciones en sus candidaturas y esta semana el Tribunal Contencioso Electoral (TCE) lo multó por ofrecer regalos a los electores. Su propuesta incluye invertir en educación, atraer inversión extranjera y garantizar la seguridad jurídica para las empresas.



Guillermo Lasso:
Con el 18 por ciento en las encuestas, es el candidato más opcionado para una improbable segunda vuelta. Fue presidente del Banco de Guayaquil, gobernador de la provincia de Guayas, embajador y ministro de Economía. Con su movimiento Creando Oportunidades (Creo) propone estimular la competitividad al brindar más apoyo al sector privado, estimular las microempresas, promover la inversión extranjera y defender los derechos de los trabajadores. 



Lucio Gutiérrez:
Fue militar y presidente de Ecuador entre 2003 y 2005. Fue destituido y acusado de huir del país, luego de que miles de manifestantes se tomaron Quito para protestar por su política económica y su presunta corrupción. Ahora, intenta llegar de nuevo al poder por el Partido Sociedad Patriótica (PSP).
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