Publicado: 10/09/2001

Mafiosos del Renacimiento

Mafiosos del Renacimiento

Mario Puzo revela en su novela póstuma los secretos y atrocidades cometidas por los Borgia, la primera gran familia del crimen.

La lengua del poeta Filofila era una de las más voraces de la Italia del Renacimiento. Sus ultrajantes versos no respetaban linaje ni fortuna y sus historias incendiarias eran capaces de destruir la honra y el buen nombre de cualquier persona a lo largo y ancho de la península. Sin embargo no había personajes que hicieran vibrar más la pluma de Filofila que la familia Borgia.

En palabras del poeta, el papa Alejandro VI y sus hijos César y Lucrecia eran la mismísima encarnación del mal. No había más que verlos. César era incapaz de salir a la calle sin usar una lúgubre máscara negra que ocultaba las horrendas cicatrices que le había dejado la sífilis. Pero el disfraz no era suficiente para disimular su terrible carácter. Según Filofila, César había traicionado a las ciudades italianas, había engañado a los reyes de Francia y España, había asesinado, entre muchos otros, a su propio hermano y a su cuñado y se regocijaba manteniendo relaciones incestuosas con su hermana Lucrecia. Porque a los ojos de Filofila la hija predilecta del papa Alejandro VI, una de las mujeres más bellas de Roma, era poco menos que una prostituta. La acusaba de compartir la cama con su padre y su hermano a la vez que realizaba prácticas zoofílicas con perros, monos y mulas. Lucrecia, se decía, también era experta en las artes del envenenamiento y por su culpa muchos hombres habían perdido la vida. Estos desmanes ocurrían bajo la mirada atenta de un Pontífice corrupto que ejercía su poder dentro y fuera del Vaticano. Filofila insistía en que Alejandro VI, para sufragar la licenciosa vida de sus hijos bastardos y fortalecer el poder de los Estados Pontificios, había realizado alianzas con monarcas y nobles que le permitían ganar dinero, tierras y de paso mercadear la salvación eterna y el perdón de los pecados.

Una tarde, mientras el poeta se disponía a visitar a su mentor, el cardenal Orsini, el ruido de unos caballos que se acercaban a su casa lo hizo estremecer. Al mirar por la ventana Filofila comprendió que su final estaba cerca. César Borgia, con su lúgubre máscara negra y su espada blandiendo en el aire, había llegado a cobrar venganza. Al día siguiente el cardenal Orsini recibió un macabro regalo: un fardo empapado en sangre en cuyo interior yacían el cuerpo mutilado de Filofila junto a cinco paquetes delicadamente envueltos en los versos del poeta que guardaban sus genitales, orejas, nariz, lengua y dedos.

Quinientos años después del asesinato de Filofila otro escritor de origen italiano tuvo el atrevimiento de inmiscuirse en los asuntos de los Borgia. Durante 10 años Mario Puzo, el célebre autor de El Padrino, indagó hasta el cansancio en los misterios de la que es considerada la primera gran familia del crimen. En su novela póstuma Puzo deja al descubierto las traiciones, envidias y pasiones enfermizas de un clan marcado por el delito y la infamia ante el cual las andanzas de Don Vito Corleone parecen un inocente juego de niños.

Puzo estaba convencido de que los Borgia, sin proponérselo, se habían convertido en el primer modelo de la mafia italiana siendo el papa Alejandro VI el primer padrino. “Mario me explicaba historias sobre los Borgia. Sus aventuras le asustaban y divertían a la vez, e incluso llegó a recrear algunas de ellas, para hacerlas más contemporáneas y poder integrarlas, así, en los libros que escribía sobre la mafia… Lucrecia era buena chica —me dijo mientras estábamos en su estudio—, César era un patriota que deseaba ser un héroe. Alejandro era un padre complaciente, un verdadero hombre de familia. Como muchas personas, hacían cosas malas, pero eso no los convertía en malvados”, revela Carol Gino, compañera sentimental de Puzo, en una nota al final de la obra. Con este gesto la escritora cumplió con la última voluntad de su amante, quien preocupado por su mal estado de salud le pidió a Carol que terminara la novela de los Borgia y que velara por su publicación.

A diferencia de los relatos tendenciosos de Filofila, las narraciones de Mario Puzo muestran el lado humano, por llamarlo de algún modo, de los Borgia, y para demostrarlo el autor cita a Platón cuando dice: “En algún momento de nuestra vida, por buenas que sean nuestras intenciones, todos nosotros somos la causa del sufrimiento de otra persona”.

Por una buena razón Alejandro VI movió cielo y tierra para anular el primer matrimonio de su hija, argumentando que ella todavía era virgen debido a que su marido, Giovanni Sforza, era impotente. Lucrecia fue declarada femina intacta a pesar de haber completado los siete meses de embarazo. Por una buena razón el Pontífice convenció a sus dos hijos predilectos de que la mejor manera de mantener unido al clan era que César le quitara la virginidad a Lucrecia y se convirtiera en su primer amor pues de esta forma evitarían que la adolescente perdiera la cabeza por cualquier hombre. Por una buena razón César mandó asesinar a su cuñado, violó mujeres y asoló ciudades. Por una buena razón Lucrecia soportó los atropellos de su familia y se dejó manipular como una ficha en el ajedrez que diseñó Alejandro VI para unificar a Italia bajo el solio pontificio.

Quizá Filofila hubiera preferido nacer en este tiempo, cuando todavía es posible hablar mal o bien de las personas sin perder los dedos. Gran ventaja sin duda para Mario Puzo quien, antes de morir, logró retratar los altibajos de la familia que representó lo bueno y lo malo del Renacimiento.
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