Publicado: 29/10/2001

La ley del monte

La ley del monte

Ocho testimonios de colombianos desterrados por la violencia.

Acomienzos de los 80, Alfredo Molano se encontró con una anciana que le contó su vida, hecha de continuas huidas: a sus abuelos se los habían llevado las tropas liberales “en las guerras grandes del 900, y nunca más se supo quién ganó esas batallas porque jamás regresaron”. Su relato le pareció tan apasionante que decidió dejar los tratados de sociología y los libros de historia patria. Había entendido que su camino para comprender no era “estudiar a la gente” sino escucharla.

Desde ahí no ha hecho otra cosa que recorrer el país para recoger esos valiosos testimonios que, muy bien pulidos y editados, han terminado siendo ya varios libros que le han otorgado un merecido prestigio en la vida intelectual colombiana. Molano cambió la mirada académica y oficial sobre nuestra historia.

Todos aquellos innumerables relatos que ha oído a lo largo de estos años tienen algo en común: el desalojo por razones políticas, pero con fines económicos. A los campesinos —afirma Molano— los acusaban los ricos de ser liberales, o conservadores, o comunistas, para expulsarlos de sus tierras y quedarse con ellas. Siempre las guerras se han pagado en Colombia con tierras. “Nuestra historia es la historia de un desplazamiento incesante, sólo a ratos interrumpido”. Esa es la continuidad que él encuentra entre la violencia de mediados del siglo pasado y la de ahora.

Osiris —una de las estremecedoras voces de este libro— nos cuenta que su padre era un esforzado campesino que conocía y amaba su trabajo. Solo, había construido un trapiche para sacar guarapo, miel y panela. Cosechaba también el café, el cacao y el maíz. Llegó a tener cierta abundancia, sin embargo, en los años 50 ‘lo boletearon’, le quitaron su tierra y tuvo que emigrar y trabajar como jornalero en Apartadó “al precio que quisieran los señores hacendados”. Poco tiempo después de esa humillación murió.

La vida de Osiris no será más afortunada. Empezar de cero con su familia, irse a vivir con un hombre a El Tigre, ver cómo lo matan delante de ella, en su propia casa, y seguir huyendo, volver a Apartadó, trabajar en las bananeras duramente hasta conseguir otra casa para luego perderla por el hostigamiento de la policía y de los paramiltares, por haberlos acusado de asesinar impunemente a su hijo de 17 años y porque la noticia de que en su barrio, el Policarpa, había petróleo, desató una cruenta masacre en contra de sus habitantes. Y llegar finalmente a Bogotá, a compartir una piecita con otros 18 desplazados: “¡Yo no corro más! Pase lo que pase, ya no puedo más. Será quedarme aquí a ver si de verdad también aquí nos encuentran... Dios verá qué hace con nosotros”.

Una vida muy parecida a la de Nubia, la catira. Su madre, concejal de la UP en la población de San Juan, es asesinada. Luego, al año de su muerte, matan a su hermano Pedro. “Mire doña Clotilde, fueron soldados del Vargas, al mando del capitán Turriago, los mismos que acabaron con la vieja”, alcanza a decirle Pedro a una vecina, antes de morir. Y no sobra decir que doña Clotilde fue torturada y luego desaparecida. Nubia se va a San José de Fragua, un pueblo que vivía de la coca y en el que “la guerrilla mandaba”. Allí conocerá y se enamorará de Elver, el maestro de escuela. Y de allí tendrá que huir cuando lleguen los paramilitares —que matan a su padre, acusado de ser el zapatero de la guerrilla—. Se van a Puerto Rico, al borde del río Ariare, donde crían ganado, hacen un ‘plante’ y consiguen vivir un tiempo en paz hasta que la guerrilla se toma el pueblo. El nuevo destino es el barrio La Reliquia, en Villavicencio: cinco tiros, a boca de jarro, acabarán con Elver. Ahora vive en Bogotá, con sus hijos, “como una gallina clueca, sin nido, de aquí para allá y de allá para acá”.

Por amenazas, Molano tuvo que salir de Colombia. Al mirar el drama de estas gentes, el suyo le parece apenas un pálido reflejo. Pero al igual que ellos, su única esperanza continúa siendo la verdadera democracia; no la guerra.
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