Publicado: 29/04/2002

Lucho, luego existo

Lucho, luego existo

Ya pasó a Noemí. Si llega al 15 porciento podría ser decisivo en la segunda vuelta y convertirse en el líder de la nueva izquierda en Colombia.

La semana pasada Luis Eduardo Garzón rompió todos moldes de lo que ha sido hasta ahora la izquierda en Colombia. Primero, el ex líder sindical de las luchas obreras en Barrancabermeja estuvo en Washington reunido con funcionarios del Departamento de Estado, de la DEA y con congresistas republicanos y demócratas. Segundo, Garzón pasó del 1,2 por ciento al 7 por ciento, un aumento de casi 600 por ciento, en la Gran Encuesta, ubicándose en el tercer lugar en la carrera presidencial, por encima de Noemí Sanín.

Pero si su presente es bueno su futuro pinta aún mejor. Todavía no lo conoce el 33 por ciento de la opinión y, como se vio con Uribe hace unos meses, entre más lo conocen más simpatías despierta. Y su imagen desfavorable también ha ido en picada desde febrero.

En vista del maniqueísmo político y los prejuicios ideológicos con que se ha encasillado a los candidatos de izquierda en este país, definitivamente Lucho Garzón es un fenómeno.

¿Cuál es su magia? En gran parte es mérito propio. Garzón ha demostrado ser un gran comunicador. Es muy hábil en el manejo de las cámaras y efectivo en sus mensajes. A diferencia de los políticos tradicionales, que les gusta la labia y aburren a la opinión, Garzón tiene la enorme virtud de sintetizar sus ideas en eslóganes que calan en la gente, como aquel que ha repetido de que “a la izquierda le interesa lo público y a la derecha lo privado” .

Parte de su carisma está en su sentido del humor. No tiene nada que ver con el discurso retórico y anacrónico de los políticos de izquierda ni con las retahílas clásicas de los líderes sindicales. Ya en varios foros y entrevistas había hecho gala en privado de su habilidad para que la sociedad se mire al espejo a través del humor. En recinto cerrado pocos candidatos le ganaban la faena. Por ejemplo, una vez le preguntaron si era cierto que sería la fórmula de Horacio Serpa a la vicepresidencia, y contestó sin titubear: “Estaba convencido de que hasta ahora Serpa aspiraba a ser mi vicepresidente, y esa adhesión me tenía en apuros”. Pero sus sátiras no iban más allá de la política de salón.

Lo que definitivamente lo presentó ante la opinión fue el Gran Debate. En su momento hubo consenso en que había sido el ganador del programa de televisión que enfrentó a los candidatos. Salidas como las de que Uribe ya había llevado los cascos azules a su campaña, en un juego de palabras en el que se refería no sólo a los de las Naciones Unidas sino a los conservadores, que por esos días habían adherido al candidato liberal disidente, son las que han desactivado muchas de las prevenciones que se tenían contra él. Lucho ha demostrado que en un país tan desesperanzado tener humor es políticamente rentable.



La antitesis

La campaña de Garzón ha manejado tres propuestas centrales más bien simples: reforma política a fondo, revisión de las condiciones de pago de la deuda externa y reconciliación para frenar la guerra. Con dos de estos tres argumentos logró posicionarse como la antítesis de Alvaro Uribe. Su propuesta de reconciliación es claramente opuesta al concepto de autoridad enarbolado por Uribe. Su defensa vehemente de los derechos humanos contrasta con la idea de Uribe de que los civiles apoyen a los militares en la guerra.

Claro está que es mucho más fácil hacer propuestas directas y audaces como la de legalización de la droga o la de decir abiertamente que es necesario sentarse de nuevo a negociar con la guerrilla cuando se tiene la certeza de que es muy poco probable convertirse en presidente. Serpa, y hasta la misma Noemí, han tenido la expectativa real de llegar a la Casa de Nariño, y eso les ata la lengua. Lucho, en cambio, puede decir todo lo que piensa porque sabe que no llegará.

El haberse erigido en la antítesis de Uribe explica algunos de los puntos que subió Garzón en la última Gran Encuesta realizada por Napoleón Franco y contratada por SEMANA, El Tiempo, RCN Radio y RCN Televisión. Pero hay otras consideraciones. Es interesante notar que de los 6 puntos que subió Garzón todos provienen de ex simpatizantes de Uribe. Ese traslado abrupto en la intención de voto de un candidato a otro en cuestión de dos meses revela dos cosas. En primer lugar, que la frontera entre izquierda y derecha es cada vez más difusa. Y, en segundo que las prevenciones atávicas con los candidatos de izquierda se han ido desvaneciendo, sobre todo en sectores más modernos de clases medias urbanas. La caída de Uribe también refleja que los cuestionamientos sobre su pasado le han hecho mella. No demasiada porque sigue siendo el candidato ganador —de lejos— pero suficiente como para que esté en duda su triunfo en la primera vuelta. ¿Por qué la mayoría de los que dejaron a Uribe no se fueron con Serpa? Porque hay una franja de votantes que son alérgicos a la politiquería y, al ver que muchos de ellos se fueron detrás de la flauta triunfalista de Uribe, y negándose a apoyar a un candidato que fue escudero del gobierno Samper, vieron en Garzón una opción no contaminada con las viejas costumbres políticas.



Izquierda unida

El crecimiento de Garzón no parece ser producto de la espuma electoral de la coyuntura. Su figura también representa un nuevo concepto de la izquierda que se está gestando en Colombia. El hecho de que se sumaran la mayoría de los congresistas independientes electos a una candidatura que competía con el margen de error es un esfuerzo inédito en el país. En el pasado los movimientos de izquierda se caracterizaron por un voraz canibalismo político que terminó carcomiéndose cualquier opción de poder. En los 60 y 70 las reuniones de las distintas facciones de izquierda parecían guerras ideológicas campales en las que trotskistas atacaban a maoístas, marxistas a foquistas, etc., y nunca pudieron conformar un solo bloque para enfrentar su enemigo común: el Frente Nacional.

Por eso la alianza de Garzón con Antonio Navarro, Gustavo Petro, Carlos Gaviria, Rafael Orduz, y otros dirigentes indígenas, maestros y movimientos reinsertados refuerza la idea de que Lucho proyecta la imagen de una izquierda moderna, desideologizada y no mamerta. La gente no asocia la aspiración de Garzón con las arengas proletarias y altisonantes del célebre John Lenin que inmortalizó Jaime Garzón en el ‘Noticero’ Quack, sino con una fuerza de fiscalización contra la corrupción y con una buena gestión de gobierno local.

Finalmente, la izquierda aglutinada en la campaña de Garzón desvirtúa la última justificación de la guerrilla de su razón de ser. Los grupos armados siempre han alegado que en Colombia toda propuesta alternativa de poder es acallada a sangre y fuego. Y en este argumento no les ha faltado razón. En la historia reciente han sido asesinados casi todos los candidatos presidenciales de la izquierda: Jaime Pardo Leal, Bernardo Jaramillo, Carlos Pizarro y miles de militantes de la Unión Patriótica, la Corriente de Renovación Socialista, líderes sindicales y de organizaciones populares.

Claro está que siempre existe el riesgo de que la historia se repita pero es innegable que esta vez la opción de la izquierda democrática se ha ganado un espacio que antes no había tenido en los medios de comunicación, entre los empresarios y hasta en los corredores del poder en Washington. Incluso, como anotó el ex presidente Alfonso López, está in votar por Lucho entre los estratos altos que se sienten progresistas. Si se consolida esta nueva izquierda terminaría de invalidar de una vez por todas a la violencia como medio para alcanzar fines políticos.



¿A la oposicion?

Es indiscutible que Lucho, al posicionarse como tercero en las encuestas, se convirtió en un candidato de mayor peso en la contienda electoral; y que además, representa una opción saludable para que la izquierda democrática comience a existir y a crecer en el país. Pero de ahí a pensar que hoy pueda ser un buen presidente hay mucho trecho.

No tiene la experiencia. No ha ocupado ningún cargo público, ni siquiera a nivel local. Además sus propuestas son bastante gaseosas para lo que demandaría un programa de gobierno de renovación radical en la política y en la economía. El Estado colombiano tiene enormes problemas de supervivencia y una transformación de fondo requeriría una filosofía de gobierno bastante más elaborada y profunda.

Para sólo citar un ejemplo, proponer las banderas de la reconciliación y el amor como respuesta a la guerra desbordada y sangrienta que vive hoy Colombia es poco menos que un saludo a la bandera. ¿Quién no quiere la paz? El problema está en cómo alcanzarla. El dilema en Colombia no está en el qué sino en el cómo. Para esto se necesitan más que frases efectivas y pañuelos blancos.

A la postre, lo que sí podría ser Garzón es un buen jefe de oposición. Algo quizá tan importante para el país como un presidente. El mismo está consciente de ello. “Si lo que buscara fuera puesto no habría hecho semejante esfuerzo, dijo Garzón a SEMANA. Este país requiere una oposición democrática constructiva que ayude a debatir los grandes problemas y a buscar soluciones nuevas. Si gana Uribe, mi movimiento sería el referente de equilibrio”.

El futuro político de Garzón depende mucho de cómo juegue sus cartas en los próximos meses. Si se resuelve por el camino de la independencia, como hoy lo anuncia, tiene un largo trecho para construir un proyecto político sólido. La realidad del país lo favorece. Las profundas desigualdades sociales, los 20 millones de colombianos en la pobreza, la corrupción galopante y la violencia son un terreno abonado para que florezca una candidatura de izquierda. Por otro lado, en América Latina ya soplan vientos en este sentido. Las críticas a los ajustes del Fondo Monetario, el desencanto de los latinoamericanos con el neoliberalismo y su desconfianza frente a sus partidos políticos tradicionales son el más fiel testimonio de la falta de liderazgos legítimos en la región. En estas circunstancias Lucho podría convertirse en un fenómeno como el de ‘Lula’ en el Brasil, que demoró años en cuajar pero que hoy lo tiene a las puertas de gobernar el país más grande y poderoso de América Latina.

Si, por el contrario, decide apostarle a la coyuntura electoral como un factor decisorio para la segunda vuelta presidencial, es lógico pensar que su concepción en lo social y en el tema de la paz está menos lejana a Serpa que a Uribe. Este atajo puede llevarlo al gobierno en lugar de a la oposición. Hoy dice que jamas lo hará. Pero en política nada está escrito.
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