Publicado: 15/07/2002

Hazañas en un mar de lágrimas

Hazañas en un mar de lágrimas

A pesar de importantes triunfos, estamos más acostumbrados y preparados para llorar que para reír cuando el uniforme tricolor se le mide al deporte.

Como si no fueran suficientes los impactos de la guerra interna, de la débil economía, de la inseguridad, del pánico que todos llevamos en el bolsillo por el terrorismo la mayoría de los certámenes deportivos en los cuales está vinculada Colombia suelen producirnos unas bombas anímicas no menos dolorosas.

Que el colombiano aguanta todo y tiene una paciencia casi ilimitada es ya una característica de esta raza, capaz de pasar del clímax de la euforia a la tristeza y decepción profundas de un día para otro. De curtir esos ánimos y de machacar tantas ilusiones también se ha encargado nuestro deporte en los pasados 20 años, durante los cuales se han dado las mayores transformaciones, avances y decepciones en la historia patria del músculo.

No voy a hacer una cronología ni una epopeya de las risas y las lágrimas. Todos esos listados quedan incompletos y son injustos. Pero sí se pueden sobrevolar ese par de décadas, durante las cuales tuve el privilegio de cubrir en primera fila cinco Tours de Francia, dos Vueltas a España, dos Mundiales de Fútbol, unos Juegos Olímpicos y, obviamente, los años del nacimiento de Juan Pablo Montoya, que coinciden con la muerte del siglo pasado, con algunos apuntes pescados al azar de la memoria.

Sé que hubo medallas olímpicas, títulos mundiales de varios deportes menores, cam

peones de boxeo a quienes les damos talla mundial a pesar de que después de Jorge Eliécer Julio y el polifacético 'Happy' Lora se crearon en las islas del Caribe asociaciones para arreglar un par de peleas y dar coronas de icopor, lejos del peso de las que se ganaron un 'Rocky' Valdés, un 'Pambelé' y otras estatuas de ese mismo porte.

Cuatro temas dominan de largo el tema dee las dos década: ciclismo, fútbol, mala dirigencia y Juan Pablo Montoya. Salvo en el último caso del automovilismo, cuyo héroe está en plena ascensión y tiene unas características opuestas a todos los otros perfiles del deportista colombiano ?cierro, por ahora, el asunto de las carreras en aras de la objetividad? en todo lo demás se puede decir que vivimos de la inflación hasta caer en la deflación por falta de gestión dirigencial, a la cual se le ha velado sistemáticamente la película por su falta de visión y de responsabilidad con el mañana. En Colombia la dirigencia administra escasamente el día a día, por lo que el futuro del deporte es un albur.



Deporte en Macondo

Veamos algunos ejemplos de la falta de capacidad dirigencial.

En 1982 Belisario Betancur canceló el Mundial de Fútbol, cuya sede se había logrado seis años atrás. La sede, que con un libro, que escribimos con Carlos Alberto Rueda, un video, unas cuantas palancas oficiales y los buenos oficios de Alfonso Senior, se había logrado seis años antes y que habría podido ser un hito en nuestra historia, resultó ser una vergüenza. Nunca hubo un comité organizador que trabajara formalmente y cuando empezaron a preguntar por obras y milagros el presidente se disculpó ante el mundo diciendo que no había plata para eso, que se la dedicaría a obras sociales. Total, no hubo Mundial, ni hospitales ni colegios y sí otro tremendo desprestigio internacional.

En 1983 se abrió la fantástica historia de Macondo en dos ruedas. Un equipo aficionado de ciclismo, que vivía bajo las alas de la generosidad del Grupo Ardila Lülle y la afortunada alcahuetería de uno de sus vicepresidentes, René Gómez Domínguez, fue a correr la Vuelta del Porvenir en Francia y se la ganó Alfonso Flórez, a quien casi canonizamos en las calles de Bogotá y Bucaramanga. En esta ciudad, en 1992, desfiló sórdidamente su cadáver con cuatro balazos en la cabeza.

El ciclismo mundial estaba en la olla a comienzos de los 80, en especial el Tour de Francia. Los países de la Europa socialista tenían unas negligentes normas sobre doping, gracias a las cuales sus deportistas viajaban surumbáticos a las carreras occidentales y se las ganaban amparados en el estatus de aficionados. Para sacudirse de polacos, rusos y alemanes del este y demostrar quiénes eran los mejores, el Tour de Francia se hizo open para que lo corrieran equipos de todo el mundo y sin distingos entre profesionales y aficionados.

Colombia fue el único país que aceptó y una gestión de Miguel Angel Bermúdez ante Alvaro Arango Correa, en ese entonces una de las cabezas de la firma Pilas Varta, consiguió el dinero para la faraónica expedición.

¡Quién dijo miedo! Después de haber ganado el Tour del Porvenir, hecho en las laderas de los Alpes, creímos que apenas se empinara la carrera francesa los europeos no iban a volver a ver a nuestros escaladores. Nada más equivocado pero, a la vez, nada más acertado como reto, aventura y prueba a la nacionalidad. El Tour está diseñado para que en la semana de arranque todos los planeadores ganen sus etapas, hagan su show y se retiren en la primera escalada. Al comienzo de ese primer Tour los muchachos del equipo, en el cual Flórez y Patrocinio Jiménez eran las grandes cartas, se caían en todos los embalajes por falta de experiencia de rodar en un pelotón de 200 personas y los desconectaban en los arrancones de los finales de etapa. Además, para masajearlos y ablandarlos, les metieron una dosis de pavé, estúpido piso que equivale a correr un Fórmula 1 en las calles de Villa de Leiva.

Por supuesto, cuando llegaron los Pirineos, los tanques de los muchachos estaban en reserva y solamente a Patrocinio le sobraron arrestos para darse una cabalgata solitaria por las cumbres del Tourmalet, emulando con un escocés que se haría más famoso en Colombia que en su tierra: Robert Millar.

Un año después volvimos con muchas lecciones y más ilusiones: Ya sabíamos que la panela no servía como alimento y la llevaban en paquetes para regalarla como souvenir. Estaba claro que el cuento del Tour necesitaba medicina que no conocíamos, salvo para curar los monumentales raspones. Que no éramos los escaladores superdotados y que para competir en esa clásica hay que subir, bajar, planear, comer, hablar, atacar y defenderse al más alto nivel. No se puede ser débil ni incompleto, cosas que caracterizaban a los nuestros.

Pero siempre arrancamos los tours con 10 minutos perdidos en las contrarreloj y nunca hubo uno de nuestros ciclistas, salvo Parra, que lograra pasar los Alpes y los Pirineos sin desfallecer. No sabían bajar a la velocidad de los europeos y cuando conseguían alguna ventaja en la cuesta los alcanzaban en un silbido en pleno descenso. Pero de todas maneras, en 1985, cuando el gran Hinault estaba en su último año de apogeo, 'Lucho' Herrera también logró una buena puesta a punto y protagonizó al lado del francés etapas épicas y memorables. La 'Bomba H', titulé en El Tiempo cuando subieron emparejados a la estación de Morzine.

De todas maneras se sacaron resultados increíbles a punta de huevos de los ciclistas, como la victoria épica de Lucho Herrera en la Vuelta a España, prueba que estaba hecha mucho más a la medida de su gasolina. Pero nunca hubo planificación, ni formación de categorías inferiores, se evaporaron millonadas en escuelas de ciclismo que se pagaron sin frutos, se limó al gran patrocinador Café de Colombia, la pomposa Federación de Ciclismo se quebró y hoy, la Vuelta a Colombia es un certamen que lucha por tener algún brillo que se le apagó en sus manos. Fue una deflación total después de siete años de boom, en los cuales no hubo una dirigencia que coagulara su pinchazo.



Futbol en ascenso

Con el fútbol sucedió lo mismo. Estoy de acuerdo de antemano con que hay nombres ineludibles en estos 20 años, como Valderrama, Higuita, Rincón, Escobar, Asprilla o Alvarez, entre otros. Y faltan, afortunadamente, más apellidos que se hicieron famosos. Pero toda la ilusión sobre nuestra selección, que finalmente se metió a dos Mundiales y ganó una Copa América muy devaluada, gira en torno a Francisco Maturana y Hernán Darío Gómez, héroes y villanos en la única ciencia en la cual cada colombiano es erudito.

En la Copa América de 1983 Colombia hizo unos partidazos inesperados. Al mismo tiempo, el Atlético Nacional de Medellín funcionaba muy bien con su política de puros criollos y los dirigentes usaban una teoría bastante más coherente, como era hacer selecciones con base en equipos que anduvieran bien.

Odontólogo chocoano, filósofo popular, duro de carácter, terco y convencido de su tesis, a Maturana se lo metieron por las narices a León Londoño unos periodistas en una encerrona en Bolivia, donde se hablaba, como siempre, del futuro de nuestro fútbol y de la posibilidad de clasificar a Italia 90.

'Pacho' comenzó lo que, en su momento, tuvo connotación científica y repercusión mundial: el proceso Maturana. Aclaro que no soy experto en fútbol y que esto puede parecer muy simplista para los sofisticados comentaristas de la radio. O, más que eso, dirán que es una estupidez. Pero después de haber sido el escritor de dos libros con Maturana, de haberle oído durante cinco años su carreta y ver los resultados, mi teoría es que a Maturana le fue bien al comienzo porque impuso un sistema de juego apto para quienes no saben jugar fútbol. Pero eso no le resultó con equipos grandes de Europa ni le caminaron los conjuntos de Colombia cuando tuvieron jugadores de postín.

Se clasificó a los trancazos, sistema que es también parte de nuestra manera de lograr las cosas, pero de todas maneras se volvió 28 años después de Chile a un Mundial de fútbol en Italia 90. Claro, allí las cosas fueron otra vez al revés y un mar de angustias. Lo único normal fue ganarles a los árabes, pero perdimos el partido que estaba previsto ganar contra Yugoslavia. Y cuando estábamos con las maletas listas Rincón le metió el único gol que recibió Alemania en ese Mundial, empató el partido y nos puso en la siguiente fase. El gol de Freddy fue un milagro que se coló por entre las piernas del portero alemán.

Ese éxtasis duraría cuatro días pues, en la jugada más desafortunada de su vida, Higuita le regaló el balón al camerunés Milla, quien nos sacó de ese campeonato en el siguiente partido al coronar semejante obsequio tan ingenuo de quien, decíamos unánimemente, era el "mejor portero del mundo". Hasta ese día.



Un mal autogol

Cuatro años después, para el Mundial de Estados Unidos, la película que montamos ya fue en pantalla gigante. Lo que le faltaba al equipo de Italia se había conseguido: delanteros expertos, internacionales, que aprovecharan ese orden de la retaguardia. Asprilla, goleador del Parma; Valencia, goleador del Bayern; Rincón, goleador en Brasil. Entretanto, todo el clan paisa había jugado en el Valladolid y los técnicos se oxigenaron en otros países.

Allí se dio la versión moderna del empate 4 a 4 con los rusos, cuando el equipo le ganó 5-0 a los argentinos en Buenos Aires. Más no se podía pedir porque, adicionalmente, Colombia le había metido una humillada a los argentinos que muchos otros países quisieran haber conseguido. Como se había anticipado, el equipo colombiano volaba, pero hizo su crucero de resultados y logró su tope de forma seis meses antes de lo necesario.

A la par con el crecimiento de las figuras se descompuso el orden interno y ya Maturana no conseguía domesticar a tanta estrella. Asprilla cometió toda clase de faltas de disciplina pero los técnicos no tuvieron el valor de echarlo del equipo, como tuvo que hacerlo 'Bolillo' cuatro años después en Francia. La selección se dividió y Valderrama polarizaba un bando y Asprilla el otro. Cuando volamos hacia Los Angeles saltó el primer fusible. Los técnicos no dejaron subir al avión los libros que había escrito Valderrama a través de Fabio Poveda (q.e.p.d), en los cuales 'El Pibe' no se refería en términos amables al 'proceso' de la selección y criticaba a técnicos y compañeros.

Una semana después, y a los 15 minutos del primer partido, ya estábamos con un pie afuera del Mundial. El rumano Haggi nos había acomodado un par de goles y la Selección Colombia nunca había contemplado esa posibilidad de perder en su plan de vuelo hacia el título. Vinieron de inmediato las discusiones en la cancha, el balón que no pasaba, las zonas desbaratadas, y allí comenzó la debacle.

El siguiente juego, contra Estados Unidos, se inició 24 horas antes de lo previsto en el televisor del cuarto del hotel de Maturana, donde le transcribieron un mensaje telefónico con amenazas contra su vida. "Esto se acabó, Pacho renunció al equipo anoche", me contó acongojado Diego Barragán, el preparador físico, en la pista atlética del Rose Bowl, una hora antes del juego que perdimos con los norteamericanos, como era de suponerse.

El 5-0 de Buenos Aires ya no era sino una referencia anecdótica pues Colombia fue la decepción mundial del torneo. Luego vino la dosis de escándalos y recriminaciones sobre faltas de disciplina que nunca vi a pesar de haber vivido un mes con el equipo en Fullerton, California. Se inventaron más líos de la cuenta y culparon a muchos factores externos que nunca fueron la esencia de la catástrofe. En el fondo, lo que pasó fue que el equipo se dividió en dos grupos para responder a la situación nacional: el de Cali y el de Medellín, a la par con los carteles que dominaban ?también? el fútbol. Y dentro de esos grupos se fragmentaron en el bando del Atlántico, que comandaba calladamente Valderrama, y el del Pacífico, en cabeza del aparatoso Asprilla. Ni Maturana ni 'Bolillo' pudieron manejar esa situación, que se habría cicatrizado a punta de resultados, como había sucedido durante todo el año previo cuando el equipo ganaba y tapaba sus males internos.



Empujon a Montoya

Allá en Fullerton sucedió un episodio que ayudó en alguna medida, o mucha, a colocarnos en otro ámbito deportivo mundial. Julio Mario Santo Domingo y uno de sus hijos acudieron a visitar a la selección, que era patrocinada por Bavaria. La visita del magnate y mecenas fue atendida a medias por los jugadores, quienes estaban más preocupados por recibir boletas y visitas que en departir con su patrocinador. Al terminar el acto Santo Domingo me llamó aparte y me llevó del brazo para conversar en el parqueadero del hotel.

"Explícame una cosa. Desde hace muchos meses me llaman toda clase de amigos y hacen palancas de todo tipo para que apoye a un muchacho que corre en carros, creo que se llama Montoya. ¿Vale la pena meterle plata a eso? Inclusive hay otro corredor, me parece que es Guzmán, que también quiere apoyo ¿Qué opinas?".

Le conté a Santo Domingo sobre la proyección de Montoya y sus ambiciones. Diego en ese momento corría con el Grupo Ardila Lülle y tenía dinero. Montoya estaba en rines y andaban ambos en la Copa Barber de Estados Unidos. "Montoya puede ser la figura más grande de nuestro deporte en todos los tiempos". Santo Domingo me miró incrédulo, de arriba abajo, pero algo debió quedarle sonando pues desde ese entonces, y hasta cuando firmó con Chip Ganassi en Cart, a Juan Pablo nunca le faltaron los avisos ni el dinero de las empresas de Julio Mario, que sostuvieron toda su carrera en Europa y son artífices, junto con otros patrocinadores colombianos de menos capacidad económica pero igual entusiasmo, del desarrollo de este gran deportista.

Desde el Mundial de Estados Unidos el tema del fútbol colombiano ha sido bochornoso. Sus directivos están metidos en toda clase de escándalos. Fuimos a Francia, donde la figura del equipo fue Léider Calimenio Preciado, quien después de meterle un gol a Túnez (única victoria de Colombia) nunca pudo pasar de la segunda división española ?a ratos? o de la titular del modesto Santa Fe. Asprilla se agarró una vez más con los técnicos dizque porque en el equipo había preferencias, cuando a él lo llevaron siempre envuelto en pañales. 'Bolillo' Gómez renunció y ahí terminó formalmente el tercer capítulo del proceso Maturana,

Los demás traspiés del fútbol son conocidos. Todas las selecciones pierden. Entre Maturana y García no lograron armar los resultados para haber ido a este Mundial de Japón y Corea. El propio presidente Pastrana tuvo que meterle mano diplomática para que se jugara acá una Copa América, cuyo título logrado ante equipos de segundo nivel es el premio de consolación del nuevo milenio. Luego el gobierno, aburrido con los escándalos de los dirigentes y las denuncias de malos manejos financieros, trató de intervenir el funcionamiento de la Federación sin ningún éxito.

Total, todo sube y se desploma en caída libre. La campeona olímpica de pesas, María Isabel Urrutia, resultó dopada y devaluó sus títulos. Ximena Restrepo se retiró de las pistas. Exportamos futbolistas pero nuestros equipos no funcionan. Y nos queda Montoya como la figura que se ha ganado las cosas más importantes para Colombia: Cart, Indianápolis, carreras de la Fórmula 1 y va en ascenso, así los motores de BMW o, a veces, su carácter explosivo que a todos los otros deportistas colombianos les reclamamos, lo frenen temporalmente.

Menos mal existe ese corredor, quien ratifica una tesis que es una verdad de la vida nacional: Colombia tiene deportistas hechos individualmente porque el gobierno es nulo en apoyo y políticas y la mentalidad no da para trabajar en grupo. Tiradores, boxeadores, corredores, ciclistas, pesistas, golfistas, atletas y patinadores han sobresalido por sus propias virtudes, porque, como equipo, los colombianos somos un desastre, donde la solidaridad y la unión brillan por su ausencia.

Reflejo de todos los vicios y virtudes de una sociedad, el deporte colombiano se ha vuelto violento y complejo. Las barras bravas en los estadios espantan y se matan los hinchas en la ruta hacia los estadios. Los dineros calientes hicieron fiestas y muchos funerales donde se metieron y hasta tenemos el caso penoso de que el departamento de estupefacientes del gobierno es miembro de la directiva de Millonarios. Hasta ese fondo moral llegamos.

Hoy ya se fueron los grandes patrocinadores, se acabaron las extravagancias de los medios ?escasamente pudieron transmitir el Mundial con arreglos de última hora? y la afición, a punta de totazos, aprendió que de nuestro deporte hay que tomarse los raros tragos buenos que nos llegan esporádicamente y guardar muchas reservas para las desilusiones, pues todo nuestro esquema estatal, privado, emocional y organizacional está diseñado para perder.

De ahí que el astuto filósofo negro del fútbol se le hubiera adelantado a los hechos y nos engolosinó durante muchos años con su sumisa frase de "perder es ganar un poco", premio de consolación para quienes estamos más acostumbrados y preparados para llorar que para reír cuando el uniforme tricolor se le mide al deporte.
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