Los Olímpicos que albergó Brasil pasarán a la historia por haber superado el escepticismo de los locales y la violencia de un verano bañado con sangre en el mundo.

En la Antigua Grecia, cuando las guerras por el territorio eran tan necesarias como sangrientas, los soldados persas, griegos y hasta los invasores más avezados sólo respetaban la vida de las mujeres y la de los atletas que cada tanto se reunían para mostrar la mejor cara de la humanidad en los Juegos del Olimpo.

La vida de los atletas era respetada por una razón: ellos no competían para el deleite de los hombres. Los jugadores griegos competían para agradar a Zeus. Eran seres perfectos, que por 30 días se batían como fieras para ganar, pero sobre todo para el beneplácito de su Dios. En medio de las cruentas guerras, en las que los persas dominaban y los griegos contraatacaban los únicos intocables eran los Juegos de Zeus.

Pasaron varios siglos y la historia, terca como siempre ha sido, se repite. Los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro en el año 16 del nuevo milenio pasarán a la historia por haber vencido al miedo. Los historiadores tendrán que retratar una escena llena de complejidades, de violencia y de tragedias alrededor de un mundo confundido, hiperconectado y temeroso. La historia dirá que en uno de los veranos más violentos de la historia moderna, los Juegos irrumpieron como una bocanada de aire para recordarnos que la humanidad todavía tiene vestigios de grandeza.

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El 4 de agosto, decenas de medios abrían sus páginas, sus noticieros y sus frías aplicaciones con la pregunta ¿podrá Brasil, y de paso el mundo, albergar unos Juegos Olímpicos? Los analistas aseguraban que todo saldría bien, mientras que en el Comité Olímpico Internacional (COI) más que certezas, tenía fe. Fe en que los cariocas saldrían de las tinieblas para mostrar esa sonrisa única. Y sobre todo fe en que los terroristas y las movidas geopolíticas respetaran por 20 días la grandeza de los atletas.

La periodista Barbara Ortutay escribió para AP que ella, una madre de familia promedio, quería abstraerse jugando Pokémon Go de este mundo ensangrentado. “Me gusta poder distraerme un poco de los tiroteos de la policía, la masacre en el club gay de Florida, los horribles ataques contra civiles en Francia, el intento de golpe de estado en Turquía, el virus de Zika que transmiten los mosquitos y causa daños cerebrales a los bebés en el vientre de sus madres”, relató.

Como Bárbara, la humanidad necesitaba un respiro. Y que se entienda bien. Los Juegos Olímpicos no paralizaron al mundo. En Siria, la violencia demencial de un régimen y un grupo de rebeldes deja postales de niños con sangre en sus rostros y sin una solución a la vista. ISIS no paró de atacar el corazón del Medio Oriente y resquicios en África sin que nadie sepa cómo detenerlos. Boko Haram mostró la imagen de mujeres nigerianas secuestradas, vejadas y obligadas a casarse con sus captores. Turquía sufre los estragos de un golpe fallido, mientras que Estados Unidos y Rusia avanzan en una reedición de la Guerra Fría. Pero por 16 días, la humanidad giró su mirada a otra realidad. Quizá entró en una necesaria burbuja.

Desde el 5 de agosto, con una ceremonia inaugural espectacular y emocional, la humanidad recordó que las personas también pueden volverse dioses como en aquella Grecia de Zeus. Tuvimos la oportunidad de presenciar la mejor expresión de la humanidad en estos Juegos Olímpicos. Vencedores que lucharon toda su vida por una medalla de oro. Perdedores que todavía recienten ese segundo por el que pasaron a la meta tarde, ese centímetro que les faltó para lograr una marca o ese kilogramo que no pudo ser levantado. Ganadores y perdedores volvieron a mostrar qué tan grande puede ser la humanidad.

"Fueron unos Juegos maravillosos, en la ciudad maravillosa", declaró Thomas Bach en el discurso de clausura de sus primeras justas al frente del ente rector del olimpismo. "Durante los últimos 16 días, un Brasil unido animó al mundo, en estos tiempos difíciles para todos nosotros", añadió el emocionado presidente del COI.

Los Juegos estaban bajo amenaza. La violencia, mejor la demencia que ha dominado este 2016, hacía presentir lo peor. Tan sólo 10 días antes de la inauguración, un terrorista manejó un camión en Niza (Francia) para arrasar a cada persona que se le atravesó. El terror ya campeaba con los rutinarios reportes de un nuevo atentado en Pakistán, Iraq o Siria.

En medio de esa orgia de sangre y locura, los Olímpicos se veían como el escenario ideal para coronar la violencia terrorista. Pero el espíritu de los Juegos volvió a vencer. Como cada cuatro años, los violentos tuvieron que resignarse a que la belleza de los deportes, del esfuerzo y la competencia leal se impusieran. Así sea solo por 16 gloriosos días. Como en la antigua Grecia de Zeus.

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