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| 10/18/2008 12:00:00 AM

Desencuentro

Rafael Correa y Lula da Silva están al borde de una crisis que pone en peligro los planes de integración continental.

Pasa hasta en las mejores familias, y la izquierda suramericana no es la excepción: cuando hay dinero en juego, cada quien cuida sus propios intereses. De nada ha servido la supuesta sintonía ideológica entre los presidentes Luiz Inacio Lula da Silva –a quien el boliviano Evo Morales suele referirse como el “hermano mayor”– y Rafael Correa, enfrentados desde que el ecuatoriano expulsó a la constructora brasileña Odebrecht por “burlarse” del Estado. Brasil y Ecuador están al borde de la crisis, y en el camino amenazan con paralizar importantes proyectos de integración continental.

En la cumbre de Manaos, hace dos semanas, todo eran sonrisas. Lula, acompañado por Correa, Morales y el venezolano Hugo Chávez, había impulsado el ambicioso corredor interoceánico que tendría a esa ciudad como centro neurálgico. Hablaba en el marco de su Plan de Aceleración Económica (PAC), que busca desarrollar económicamente el Amazonas, con el cual el mandatario brasileño pretende conectar el Pacífico con el Atlántico por medio de corredores terrestres y fluviales que incluyen el puerto ecuatoriano de Manta. Pero todo quedó en suspenso por cuenta del contencioso entre Quito y Brasilia.

El problema comenzó el 23 de septiembre, cuando Correa expulsó de Ecuador a la constructora brasileña Odebrecht por los fallos en la hidroeléctrica de San Francisco, que se cerró tras pocos meses de funcionamiento por problemas estructurales. La firma brasileña tiene cuatro contratos por unos 650 millones de dólares con el gobierno ecuatoriano que quedaron suspendidos. El mandatario incluso, muy a su estilo, había ordenado al Ejército ocupar el lugar.

El asunto aparentemente se había suavizado en la cumbre de Manaos. Según reportes de prensa, Chávez incluso elogió a Odebrecht –que construye una nueva línea del metro de Caracas y un puente sobre el río Orinoco–. Pero finalmente no hubo acuerdo y el pasado lunes se supo que Quito revocó las visas de cuatro funcionarios de la empresa, además de otros cinco de Furnas-Centrais Elétricas, otra empresa brasileña que debía fiscalizar la construcción de la hidroeléctrica.

Brasilia, como respuesta, congeló los proyectos de infraestructura conjuntos y suspendió la visita de una delegación que debía encabezar el ministro de Transporte esta semana. El ministro de Energía, Edison Lobao, calificó la expulsión como “una bravuconada que no lleva a nada y que no fortalece las relaciones diplomáticas”. En la última andanada verbal, ante la insinuación ecuatoriana de que podría dejar de pagar la deuda con un banco estatal brasileño por cuenta de la misma hidroeléctrica, el canciller brasileño, Celso Amorim, dijo que el comercio con Ecuador se podría acabar. La situación es especialmente delicada si se considera que otra empresa brasileña, Petrobras, también ha tenido roces con el gobierno ecuatoriano por cuenta de las nuevas políticas.

Correa, entretanto, dijo que lamentaba la actitud de Lula, aunque señaló que el gran perjudicado sería Brasil, pues el proyecto de integración beneficia sobre todo a Manaos. Pero algunas voces en la oposición aprovecharon la ocasión para señalar que, por cuenta de las peleas de Correa, la amistad con Venezuela se está volviendo exclusiva y excluyente.

En realidad, en Ecuador se cree que la larga inestabilidad del país permitió ganancias exageradas a las multinacionales. Correa prometió acabar con la “larga noche neoliberal”, y parte de su cruzada va contra las empresas privadas extranjeras. El mensaje que trata de enviar es que hay que respetar las nuevas reglas de juego.

“Fue un gesto de afirmación radical de una política nacionalista de defensa de los intereses del Estado frente a las empresas privadas transnacionales sin medir las consecuencias diplomáticas”, explicó a SEMANA el analista político ecuatoriano Felipe Burbano. Aunque señala que las irregularidades son bastante claras, añade que Correa recurre a estos “gestos teatrales para mantener vivo el espíritu de una sociedad en un proceso de cambio profundo”.

A Lula, concentrado en el ascendente papel de Brasil como potencia regional, el gesto no le hizo gracia. Parecería que su apuesta era magnificar el episodio hasta convertirlo en un conflicto diplomático y así forzar a Correa a echarse para atrás. Pero todo apunta a que las relaciones se van a enfriar por un tiempo. El carácter del ecuatoriano, envalentonado por el triunfo de su nueva Constitución, hace pensar que no va a retroceder.
 
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