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| 7/23/2001 12:00:00 AM

A 20 años

El nuevo juicio no libró a Lori Berenson de su condena por terrorismo en Perú.

Mientras Lori Berenson esperaba el fallo muy pocos pudieron evitar compararla con una adolescente a punto de ser expulsada del colegio. Pero el escenario no era un salón de clase sino un adusto despacho judicial peruano. Y esa norteamericana joven, frágil e inofensiva estaba en realidad a punto de ser condenada a 20 años de prisión por terrorista. La mujer, en un español perfeccionado en cinco años de prisiones andinas, insistió en su inocencia.

Lo que viene es una apelación a la Corte Suprema, que deberá resolverla en dos meses. Entre tanto muchos se preguntan qué condujo a esa ciudadana estadounidense a estar presa por hechos de violencia en medio de la turbulencia social de un país latinoamericano.

Sobre Lori se dicen cosas extremas. Para sus defensores, sobre todo en su patria, es una joven que se dejó llevar por su idealismo y, sin quererlo, resultó involucrada con guerrilleros. Para sus detractores y la mayoría de los peruanos es una terrorista que no debe recibir clemencia sólo por ser norteamericana. El drama comenzó el 30 de noviembre de 1995 cuando Lori fue capturada en Lima en el momento que, tras visitar la sede del Congreso, viajaba en un bus con Nancy Gilvonio, esposa de Néstor Cerpa, líder del Mrta, grupo guerrillero guevarista. Esa misma tarde efectivos del Dincote, la policía antiterrorista, sitiaron la casa del barrio La Molina en la que Lori vivía y, tras una batalla con sus ocupantes en la que hubo cuatro muertos, encontraron siete rifles automáticos, 8.000 proveedores y 2.000 tacos de dinamita. Lo que es peor, hallaron un plano del edificio del Congreso dibujado, según la policía, por Lori, y una cédula falsa a su nombre.

Cuando fue presentada a la prensa, semanas más tarde, la mujer cometió su peor error. Salió al estrado gritando desafiante. “Si es un crimen preocuparse por las condiciones infrahumanas en que vive la mayoría de los peruanos, acepto mi castigo. ¡El Mrta no es un grupo terrorista sino revolucionario!”. Esa actitud, igual a la que los miembros de los grupos insurgentes desplegaban en ocasiones similares, resultó fatal. En esos días los peruanos apenas salían de 15 años de asesinatos y bombazos perpetrados, sobre todo, por Sendero Luminoso, un grupo mucho más violento que el Mrta. Hacía apenas dos años el líder Abimael Guzmán había caído preso. No era un tiempo para la tolerancia con los violentos.

Lo que siguió fue un viacrucis en la justicia militar sin rostro impuesta por el presidente Alberto Fujimori contra el terrorismo. Acusada de “traición a la patria”, fue condenada a cadena perpetua y trasladada a la cárcel de Yanamayo en condiciones inhumanas. Con el tiempo la presión de Estados Unidos logró que el ‘Chinito’, en sus últimos meses de gobierno, accediera a que se concediera un nuevo juicio, esta vez civil, y por “colaboración con el terrorismo”, cargo menos grave. Pero muy pocos esperaban un veredicto diferente del que fue expedido la semana pasada.



Una niña modelo

La historia de Lori Berenson es la de una muchacha bien de Nueva York, hija de dos profesores universitarios con tendencias “liberales”, como llaman en Estados Unidos a quien coquetea con la izquierda. Fue una excelente estudiante en el Massachussets Institute of Technology (MIT). Allí conoció a un profesor que le cambiaría la vida: Martin Diskin, experto en reforma agraria, quien le contó de las desigualdades sociales y el hambre existentes en Latinoamérica. Viajó a El Salvador en 1988 con unas quáqueras y en 1989 como estudiante de intercambio. En 1990 Lori ingresó al Cispes (Comité de Solidaridad con el pueblo de El Salvador), una ONG norteamericana con la que se estableció en ese país. Se trasladó a Nicaragua a trabajar con los desplazados salvadoreños y, tras la firma de la paz en El Salvador, vivió allí y fue secretaria y, según algunos, amante de un dirigente del Frente Farabundo Martí (Fmln).

Su destino se oscureció en 1994. La revista The Nation reveló el contenido de la investigación policial. Todos los recuentos sostienen que Lori conoció en noviembre de 1994 a un panameño 20 años mayor que ella, llamado Pacífico Castrellón, en el aeropuerto de Panamá cuando ambos se aprestaban a viajar a Quito.

Los documentos sostienen que Castrellón presentó en esa capital a Berenson con Néstor Cerpa. Castrellón y Berenson viajaron a Lima en bus y, al llegar, arrendaron una casa grande en La Molina, un barrio de clase media alta. La relación entre ellos no era clara. Para el alquiler se presentaron como marido y mujer. Pero ella dice que nunca tuvo nada que ver sentimentalmente con el panameño.

Ese hombre se convertiría en el testigo crucial contra la joven. Castrellón, quien purga 30 años, sostiene que Lori era una de las líderes y que era consciente de que la casa era un cuartel del Mrta. Pero Castrellón podría obrar por despecho amoroso o por el interés en rebajar su condena.

Lori niega toda relación con el terrorismo. Pero es muy difícil creerle. Ella sostiene que conoció a Castrellón por recomendación de alguien en Nueva York, pero éste afirma que la reunión fue orquestada por el Mrta. Según Lori, arrendaron una casa grande “para recibir huéspedes”. Pero no resulta creíble que viviera con 15 personas a quienes ahora no puede identificar. Y su alegato de ser corresponsal periodística no es sólido pues jamás publicó una línea.

Lo cierto es que el procedimiento peruano deja también que desear, pues los cargos contra Lori se basan en el testimonio no corroborado de Castrellón. El operativo contra la casa no fue precedido de una vigilancia de dos semanas, como es la norma, sino 12 horas. La detención de Berenson no siguió los requisitos legales. Y varios ex guerrilleros afirman que el Mrta no tenía planes concretos de tomarse el Congreso, que es la acusación concreta.

Pero un detalle parece jugar papel crucial, al menos en el convencimiento de los peruanos, acerca de la participación de Lori en el Mrta. Cuando éste tomó la embajada del Japón el 17 de diciembre de 1996, bajo el comando de Cerpa, Lori estaba en la lista de las personas cuya libertad exigían los guerrilleros.

Eso, según los observadores, se sumó a los gritos de Lori para crear en los jueces una convicción de culpabilidad casi inmodificable. Mencionan el caso de Gabriela Guarino, una periodista italiana que viajó a Perú en 1994 para hacer un documental sobre el Mrta y resultó embarazada de uno de los comandantes. Contra ella había más evidencia pero fue soltada luego de 17 meses de prisión. La diferencia, dicen, estuvo en que Gabriela siempre reclamó su inocencia.

En unos meses se sabrá cuál es el destino de Lori Berenson. Pero los observadores coinciden en que sólo volverá a la libertad si el nuevo presidente, Alejandro Toledo, decide otorgarle un perdón. Se dice que ello podría pasar unos meses después de su posesión pues Toledo, cuando era candidato, prometió el 28 de abril de 2000 en Nueva York que “miraría seriamente el caso de Berenson”. Toledo tuvo que retractarse pues la campaña fujimorista lo llamó “blando con el terrorismo”. Pero ese era el Toledo candidato, y nada asegura que el Toledo presidente no cambie de idea. Porque es un hecho cierto que los presidentes de Latinoamérica suelen prestar más atención a sus promesas a Estados Unidos que a las hechas a sus electores.
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