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| 7/16/2011 12:00:00 AM

2011, odisea final

Con el aterrizaje del último transbordador, los astronautas gringos no solo quedan huérfanos de vehículo espacial, sino que Estados Unidos pierde uno de los grandes símbolos de su supremacía mundial.

El 21 de julio, a las 5:56 de la mañana, en la larga pista de cinco kilómetros de Cabo Cañaveral, el centro espacial de Estados Unidos en Florida, se posará para siempre Atlantis, el último transbordador de Estados Unidos, con cuatro astronautas a bordo. Con ello, habrá terminado una era.

Lejos de las expectativas que movieron a la Nasa para desarrollarlos, los transbordadores resultaron demasiado costosos, peligrosos y poco prácticos. Por eso, a la agencia espacial estadounidense no le quedaba otra opción que acabar con ellos. Pero sin ningún nuevo vehículo para reemplazarlos, después de cincuenta años de vuelos tripulados, nueve expediciones a la Luna y 135 misiones en naves, Estados Unidos ya no tiene cómo mandar un astronauta por su cuenta al espacio. Se trata de un signo implacable de la pérdida de liderazgo de ese país en ese tema, lo que abre las puertas para que rusos, chinos o empresarios privados reemplacen a la superpotencia.

El programa había nacido en 1972 bajo la presidencia de Richard Nixon. Solo tres años atrás, después de una carrera desenfrenada con la Unión Soviética, los norteamericanos habían plantado su bandera en la Luna. El próximo gran paso para la Nasa era colonizar el espacio cercano y lanzarse a la conquista de Marte. El ambicioso proyecto se basaba, en su primera etapa, en desarrollar una nave reutilizable, mucho más barata, segura y que pudiera viajar al espacio cada semana. "La idea era construir un bus o un camión espacial, para que el viaje a la órbita terrestre fuera tan simple como ir a los suburbios de Orlando, donde viven muchos empleados de la Nasa", le explicó a SEMANA Scott Page, director del Space Policy Institute de Washington, quien fue asesor en análisis y evaluación de la Nasa entre 2005 y 2008.

Pero ninguna de esas expectativas se cumplió. Los presupuestos se hicieron cada vez más pequeños a medida que la Casa Blanca perdía interés, no solo por la situación económica y los costos crecientes, sino porque la competencia de la decadente Unión Soviética ya no era un reto. La Nasa se tardó hasta 1981 en lanzar el Columbia, su primer 'shuttle'. Y a la hora de la verdad no resultó económico, pues cada misión costó más de 1.500 millones de dólares. Ello por cuanto después de cada aterrizaje era necesario prácticamente reconstruir la nave, comenzando por reemplazar la mayoría de las losas de protección térmica. En vez del plan de 65 salidas anuales, las naves solo despegaron un promedio de cuatro veces por año. Y los astronautas gringos tampoco llegaron al infinito. Las misiones se limitaron a la órbita de la Tierra, a solo 400 kilómetros de altura. Muy lejos de los millones de kilómetros que separan a la Tierra de Marte.

Pero, sobre todo, las naves resultaron mortíferas. La Nasa perdió dos de sus cinco transbordadores (Columbia, Challenger, Discovery, Endeavour y Atlantis) en catástrofes espaciales. El 28 de enero de 1986, el Challenger voló en pedazos con ocho astronautas a bordo, solo 73 segundos después de haber despegado. Y el primero de febrero de 2003, el Columbia no resistió las altas temperaturas al volver a entrar a la atmósfera y explotó. Siete astronautas más entregaron su vida.

A pesar de haber enviado al espacio la impresionante cifra de 355 astronautas de 16 países diferentes en 135 vuelos, y su papel clave para arreglar el telescopio Hubble en 1993 y construir la Estación Espacial Internacional, la era de los transbordadores terminó efectivamente con el estallido del Columbia. El presidente George W. Bush programó el último lanzamiento para 2011, aunque dejó la puerta abierta al proyecto Constellation, para volver a la Luna y después a Marte. Pero Barack Obama, acorralado por la crisis económica y la deuda externa, desechó la misión, y el Congreso recortó 10 por ciento del presupuesto de 19.000 millones de dólares de la Nasa. Haym Benaroya, profesor de Ingeniería Aerospacial en la Universidad de Rutgers, le dijo a SEMANA: "Estoy en desacuerdo con la posición de Obama sobre el espacio. Refleja una falta de interés y de conciencia sobre lo que 'Apollo' le trajo a este país".

Esa es una amargura que comparten muchos estadounidenses y astronautas veteranos como Neil Armstrong, el primer hombre que pisó la Luna, que dijo que el presidente John F. Kennedy, quien impulsó el Apollo, "estaría profundamente decepcionado". Al fin y al cabo Estados Unidos no solo pierde un vehículo para ir al espacio, sino también uno de los símbolos de su dominación y liderazgo planetario.

Y para liquidar el poco orgullo espacial que les quedaba a los gringos, la Nasa va a tener que comprar pasajes de más de cincuenta millones de dólares a Rusia, su histórico rival, para que sus astronautas se embarquen en el cohete Soyuz y puedan subir a la Estación Espacial Internacional. "Ahora dependemos de los rusos para nuestros objetivos. Si hay cualquier accidente con el 'Soyuz' o algún problema con Rusia, perdemos nuestra autonomía, no es una situación para nada cómoda", le dijo Page a SEMANA.

Además, las potencias emergentes ya se asoman a la carrera al cielo. China es de lejos la más ambiciosa. La semana pasada, conscientes del debate que hay en Estados Unidos por la pérdida del liderazgo, Beijing anunció su intención de explorar la Luna, Venus y Marte. Ya enviaron un hombre al espacio y planean en 2013 iniciar la construcción de su propia estación espacial. Para Page, "aunque las capacidades de Estados Unidos todavía están por encima de los otros, el resto de países no se están quedando quietos. Si no hacemos nada, el riesgo de perder nuestro liderazgo es grande".

Para no depender de otras potencias y no quedarse rezagado en la competencia espacial, la gran esperanza de Obama es la industria privada. Una docena de compañías están desde ya trabajando en cápsulas y pequeños transbordadores, auxiliados con cientos de millones de dólares de subvenciones de Washington. SpaceX, una compañía de California, desarrolla el cohete Falcon 9 y la cápsula Dragon Space, y el gigante de la aeronáutica Boeing construye el CST-100, una cabina para siete personas. La aspiración del sector privado es venderle a la Nasa tiquetes al cielo, como un taxi entre la Tierra y la Estación Espacial.

Las empresas aseguran que para 2015 sus primeros modelos podrían estar en órbita. Algo que muchos dudan, pues desarrollar naves requiere inversiones enormes y años de experimentación. Además, no es seguro que los intereses privados y su afán por la rentabilidad se concilien con las necesidades en seguridad.

Rusos, chinos o empresas privadas. Puede que las opciones actuales de Estados Unidos sean vergonzosas y revelen la decadencia de su poderío. Pero como lo explicó a SEMANA Haym Benaroya, "lo único que sé es que mis alumnos quieren estudiar Ingeniería porque están completamente apasionados y locos por el espacio". Y mientras eso exista, así sea peligroso, con presupuestos bajos, con capitalistas o antiguos comunistas, va a ser difícil enterrar los sueños de aventura y de descubrimiento de la humanidad.
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