Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2015/12/19 21:00

Lunáticos al poder estadounidense

Mientras los precandidatos serios apenas figuran en las encuestas, los populistas y los demagogos acapararon este año los reflectores en la campaña presidencial.

Donald Trump, el ascenso del magnate en las encuestas se explica por sus ataques racistas. Ben Carson, ha dicho que los judíos construyeron las pirámides para almacenar granos. Foto: A.F.P.

No es la primera vez que han aparecido en la política estadounidense personajes estrambóticos, pero casi siempre han acaparado los reflectores por algún tiempo para luego perder su protagonismo. Sin embargo, en 2015 las campañas de los dos partidos estuvieron marcadas por outsiders que han competido por decir las peores barbaridades sin que su impacto haya disminuido con el paso de los meses. Por el contrario, la tendencia no ha hecho más que consolidarse.

Todo comenzó a finales de mayo, cuando Donald Trump anunció su candidatura a la nominación del Partido Republicano. Al principio, muchos pensaron que era un chiste. ¿Qué posibilidades tenía de representar a uno de los grandes partidos un multimillonario ostentoso, sin experiencia política, que había caído, además, en la bancarrota varias veces y que era sobre todo objeto de burlas por su excéntrico peinado?

De hecho, los analistas interpretaron su candidatura como un gesto oportunista, con el que la estrella de un reality show esperaba robar cámara para favorecer sus negocios inmobiliarios y aumentar su fortuna. Pero no fue así. Cuando comenzó su seguidilla de estupideces al decir que los mexicanos “traen drogas, traen crimen, son violadores y algunos, imagino, son buenas personas”, no solo posicionó su nombre en la baraja republicana, sino que se disparó en las encuestas. En menos de un mes pasó a encabezar la contienda, y a finales de julio ya le sacaba más de cinco puntos a Jeb Bush, el político más preparado del campo republicano y el preferido de la elite de ese partido, que lo considera el mejor de su dinastía.

Lejos de moderar su discurso, el magnate insistió y propuso construir un muro para separar a México de Estados Unidos, como el que existe entre Israel y Palestina. Y en un cambio de tercio puso en duda el heroísmo del respetado senador y excandidato presidencial John McCain, que pasó cinco años prisionero en Vietnam del Norte. “Prefiero a la gente que no se deja capturar”, dijo.

Pronto, los medios recordaron que el propio Trump había evitado en cinco ocasiones hacer el servicio militar. Pero la observación no le hizo mella. Tampoco haber insinuado que una periodista que le había hecho preguntas difíciles en un debate tenía la menstruación. Ni mucho menos su insistencia en que los chinos son unos ladrones. De hecho, pronto fue claro que el electorado no solo le perdonaba sus excesos retóricos, sino que los premiaba. Hacia mediados de septiembre, era el preferido de casi un tercio de los republicanos.

En paralelo, en los sondeos ascendieron personajes tan abiertamente ignorantes de la cosa pública como él. Entre ellos Ben Carson, un médico cirujano que afirmó sin pestañear que José había construido las pirámides de Egipto para almacenar granos. También que quienes defienden la teoría de la evolución lo hacen solo para ser políticamente correctos, y que si los judíos hubieran tenido acceso libre a las armas de fuego Hitler no habría podido llevar a cabo el Holocausto. Y a pesar de ser negro, afirmó también que “Obamacare es lo peor que le ha pasado a Estados Unidos desde la esclavitud”.

Con ese tipo de declaraciones alcanzó a Trump en las encuestas, e incluso lo superó durante algunas semanas. De hecho, tres primíparos en la política dominaron a principios de octubre las primarias republicanas, pues tras el magnate y el neurocirujano se posicionó Carly Fiorina, una ejecutiva que solo se ha destacado por haber dirigido Hewlett-Packard con resultados muy dudosos.

Hoy, el segundo en las encuestas republicanas es Ted Cruz, un senador de origen cubano a quien respaldan sectores evangélicos ultrarreligiosos y el Tea Party, el ala extrema de su partido. Defiende a ultranza el porte de armas de gran calibre y –a pesar de sus antecedentes familiares– propone negar la ciudadanía a quienes hayan vivido ilegalmente en Estados Unidos. Y si bien solo Trump llegó a proponer contra los musulmanes un “cierre total y completo a su entrada a Estados Unidos”, Ted Cruz afirmó que sería inconstitucional que un seguidor del islam llegara a la Presidencia de su país.

Por el lado demócrata, Hillary Clinton ha dominado con comodidad las encuestas. Pero durante toda la contienda su mayor contrincante ha sido Bernie Sanders, un socialista de 74 años que adhirió al Partido Demócrata por conveniencia. Con un discurso populista, Sanders se conectó con un electorado radical de ese partido que no quiere saber nada de los políticos tradicionales. Y pese a sus propuestas de extrema izquierda, desde principios de noviembre recoge casi un tercio de la intención de voto del electorado de ese partido. Se trata de una tendencia nueva en la política norteamericana, en la que tradicionalmente llamar a alguien ‘liberal’ era casi un insulto.

Al parecer, en 2015 en las elecciones primarias gringas ha primado la ‘autenticidad’ en detrimento de la experiencia. El principal damnificado de la avalancha populista es Jeb Bush, el exgobernador de Florida. En efecto, su estilo pragmático y conciliador le ha valido el repudio de un electorado radicalizado que lo ve como un político blando y sin carácter.

Lo más llamativo de esa tendencia es que se ha desarrollado en un periodo de recuperación económica, en el que la tasa de desempleo se encuentra en su nivel más bajo en siete años. También, cuando la inmigración desde México ha disminuido hasta tal punto, que ahora son más las personas que se trasladan de Estados Unidos hacia ese país. De cualquier modo, nada indica que los exabruptos vayan a cesar en 2016. Sea quien sea la persona que se posesione como el próximo presidente de ese país, el diablo ya está fuera de la botella y hoy por hoy es posible expresar opiniones xenófobas en público, sostener que la teoría de la evolución es una mentira, afirmar que las vacunas son un peligro o sostener que el calentamiento climático es una farsa creada por los enemigos para afectar el estilo de vida de los norteamericanos. Si lo que se ha visto este año se convierte en tendencia, la amenaza del populismo habría tocado a la puerta de la democracia más importante del mundo, con repercusiones que alcanzarían al planeta entero.

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