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| 4/23/2016 12:00:00 AM

Los 30 años de un infierno llamado Chernóbil

La explosión que arrasó con toda una región del norte de Ucrania no solo acabó con la Unión Soviética, sino que partió en dos la historia de la humanidad.

El fin del mundo llegó silenciosamente a Prípiat un soleado día de primavera. Durante toda la jornada del 26 de abril de 1986, por las calles de esa ciudad soviética circuló el tráfico vehicular. Los comercios permanecieron abiertos y los medios de comunicación continuaron con su programación habitual. Incluso los capullos de las flores y las recién nacidas hojas de los árboles reforzaban la impresión de que todo rebosaba de vida. Sin embargo, las horas de la ciudad estaban contadas y la vida de sus habitantes no volvería a ser la misma.

De la noche a la mañana, la moderna Prípiat se transformó en el sitio más insalubre del planeta, por lo que pronto sus habitantes se convirtieron en los primeros refugiados atómicos de la humanidad. Aunque ellos no lo sabían, esa madrugada había explotado el reactor cuatro de la central nuclear Vladimir Illich Lenin de Chernóbil, la más potente de Europa y una de las joyas del complejo industrial soviético.

Treinta años después de la tragedia es imposible exagerar la gravedad de esos hechos o sobrevalorar sus consecuencias. Por un lado, las emisiones radiactivas debidas a la fusión del núcleo del reactor acabaron con la vida de más de 90.000 personas, dejaron 350.000 desplazados, produjeron millones de cánceres, propiciaron miles de malformaciones genéticas, y convirtieron en un antro reactivo un área del tamaño del departamento del Atlántico.

Por el otro, el secretismo y la política de ocultamiento con los que las autoridades soviéticas manejaron la tragedia pusieron en evidencia la naturaleza inhumana de su ‘paraíso’ comunista, y hoy es ampliamente aceptado que el accidente contribuyó a la caída de la Unión Soviética. Junto a la guerra de Afganistán, que desde 1986 se convirtió en una pesadilla para el Ejército Rojo, esa tragedia atómica demostró que la ‘infalibilidad’ de la voluntad socialista no era más que la fachada de un régimen militar, cuya propaganda necesitaba grandes obras industriales o militares, pero que consideraba a los seres humanos como simples peones sacrificables.

Sin embargo, el accidente de Chernóbil no solo partió en dos el siglo XX, sino también la historia de la humanidad. De hecho, el accidente de la madrugada del 26 de abril abrió la caja de Pandora de un horror hasta entonces desconocido. Como dijo a SEMANA Svetlana Alexiévich, autora de Voces de Chernóbil y ganadora del Premio Nobel de Literatura de 2015, “la gente no está hecha para percibir todo el peligro que entraña Chernóbil. Este no trajo bombardeos, ni fuego. La amenaza que representa no se puede ver, ni sentir, ni escuchar. El peligro adoptó formas nuevas”.

Un Big Bang apocalíptico

Irónicamente, un test de seguridad mal planeado y peor ejecutado desencadenó el mayor accidente nuclear de la historia. Un ensayo que no buscaba reparar un daño, sino simplemente poner a prueba la capacidad del reactor de funcionar con un generador de diésel tras un apagón eléctrico. De hecho, el ensayo comenzó el día anterior –el 25 de abril– y debía terminar antes del atardecer. Pero una falla en una planta eléctrica local obligó a aplazarlo varias horas, lo que tuvo dos consecuencias importantes.

Por un lado, una parte del equipo que debía realizar la operación había encadenado tres turnos y llevaba más de 15 horas trabajando. Por el otro, algunos de los miembros que habían relevado a sus exhaustos colegas no tenían ni la experiencia ni los conocimientos necesarios para realizar la prueba, lo que contribuyó a agravar la cadena de errores que condujo a la catástrofe.

En efecto, entre la medianoche y la una de la mañana, los responsables de la central manipularon de tal manera sus sistemas, que crearon las condiciones ideales para que el núcleo del reactor se recalentara hasta entrar en fusión. Por supuesto, las señales de alarma saltaron en repetidas ocasiones. También es cierto que más de una vez los técnicos presentes en la sala de mando le expresaron sus temores a Anatoli Diatlov, el jefe de la planta y supervisor de la prueba de seguridad. Tampoco cabe duda de que a pocos instantes del desastre, este pronunció una frase que pasó a la historia de la infamia: “Los reactores no cometen errores, solo las personas”.

Sin embargo, es claro que ni Diatlov ni sus subalternos sabían que la planta tenía serios defectos de diseño que favorecían que el reactor se recalentara muy fácil y rápidamente. Tampoco, que esos cambios bruscos de temperatura podían suceder en zonas donde los sensores de la planta no los detectaban. En realidad, aunque se trataba de una instalación civil, Chernóbil funcionaba según una lógica vertical militar, en la que la obediencia estaba por encima de la sensatez y la lealtad a la ideología del Partido Comunista superaba el instinto de supervivencia.

A la 1:23:45 la suerte de la central estaba echada. En un abrir y cerrar de ojos, la olla a presión en la que se había convertido la planta explotó, con lo que la tapa de 2.000 toneladas del reactor voló por los aires. Esto permitió que el oxígeno entrara al núcleo del reactor, lo que desencadenó otro estallido, mucho más tóxico que el primero y también más poderoso, pues proyectó a un kilómetro de altura varias toneladas de combustible nuclear y de barras de grafito radiactivo.

Según los testigos, la escena era surrealista, y el conjunto recordaba un volcán en erupción del que salía un chorro brillante de luz multicolor. En realidad, se trataba de un arcoíris de la muerte cuyos efectos tardarán por lo menos 20.000 años en disiparse.

El Titanic soviético

Desde la posguerra, Moscú tuvo una relación ambigua con la energía nuclear. Si bien desde 1945 la Unión Soviética se había preparado para ataques como los de Hiroshima y Nagasaki, desde ese año la producción de electricidad a partir de la energía atómica se convirtió también en uno de los pilares de su desarrollo. Como decía Lenin, el socialismo consistía en “el poder de los sóviets más la electrificación”.

A su vez, la energía nuclear de uso civil era uno de los frentes en los que Moscú competía con Washington, y hasta 1986 la central de Chernóbil era uno de sus mayores orgullos. De ahí que las autoridades soviéticas intentaran todas las alternativas antes de reconocer lo obvio, que era que el reactor había estallado.

De hecho, a los bomberos que acudieron a apagar el incendio nadie les dijo que se trataba de una explosión nuclear. A los habitantes de Prípiat solo los evacuaron 36 horas después del accidente explicándoles que se trataba de algo temporal, para no alarmarlos. Y tres días después del estallido, el diario Pravda se refirió a la tragedia en su tercera página, en una breve que decía que el problema ya estaba bajo control. En efecto, el mundo solo se enteró gracias a la señal de alarma que hicieron sonar los suecos el 29 de abril, cuando los sensores de sus centrales nucleares revelaron que la atmósfera estaba llena de radiactividad. Solo ese día por la tarde el secretario general Mijaíl Gorbachov aceptó lo que ya era inocultable. Por ese entonces, la nube radiactiva ya había dejado su huella mortal en los habitantes de Prípiat y se extendía por todo el mundo y en cuestión de semanas llegó hasta Japón e incluso hasta las costas de California, a decenas de miles de kilómetros de distancia. Pronto, la cadena alimentaria de varios países del mundo se vería contaminada, y cientos de miles de personas consumirían comida con radiactividad.

Lo que siguió fue una de las mayores batallas que haya enfrentado la humanidad. También, un combate anómalo, en el que centenares de miles de personas provenientes de todos los rincones de la Unión Soviética se enfrentaron a la radiactividad, un enemigo invisible, pero implacable. Los llamaron los ‘liquidadores’, pues fueron ellos los encargados de limpiar la zona y de construir el sarcófago de Chernóbil, una estructura de hormigón armado para contener la amenaza radiactiva que representaba el corium, es decir, magma radiactivo en el que se había convertido el núcleo del reactor.

Con tal fin, tuvieron que exponerse sin la protección adecuada a altísimos niveles de radiactividad, que podían acabar con sus vidas en unos pocos minutos y afectar sus organismos a largo plazo con enfermedades que iban desde cataratas y dolencias cardiovasculares, hasta cánceres de próstata, colon, pulmón, riñón, estómago, sangre (leucemia) y sobre todo de tiroides.

Muchos de ellos eran muchachos que estaban prestando su servicio militar y decidieron cambiar tres años de combate en Afganistán por tres minutos limpiando las zonas más contaminadas del reactor. Otros no tuvieron más alternativa que obedecer órdenes. Sin embargo, un gran número de liquidadores tenía claro que se exponía a un peligro mortal, y en los momentos más dramáticos efectuaron viajes de solo ida hasta las entrañas del reactor. Ese es el caso de Alexei Ananenko, Valeriy Bezpalov y Boris Baranov, tres personajes poco conocidos que ostentan el honroso título de salvadores de la humanidad. En efecto, si ellos no se hubieran sumergido en las aguas radiactivas de los sótanos de la planta, el contacto entre ese líquido y el corium habría producido una segunda explosión, decenas de veces más poderosa que la primera, que se habría extendido a los tres reactores de la planta. El estallido habría borrado a Ucrania y a Bielorrusia del mapa y convertido a Europa en un desierto radiactivo.

Una crónica del futuro

“Si antes la tendencia general era comparar a Chernóbil con una guerra, un tiempo después cesaron en esas afirmaciones”, dijo Alexiévich. Y, en efecto, con excepción de los escombros de la central nuclear y de un bosque que se enrojeció debido al paso del halo radiactivo, la explosión de 1986 dejó pocas huellas visibles.

Pese a que los niveles de radiación impedirán allí la vida humana durante los próximos 20 siglos, la región no parece hoy devastada. Más bien al contrario. La naturaleza luce exuberante, hay árboles entre los edificios, los bosques frondosos y las tierras no han dejado de ser fértiles. Solo los detectores de radiactividad indican que los niveles siguen siendo incompatibles con la vida humana.

Y, en efecto, es fácil pensar que como tantas tragedias, el horror de Chernóbil cesó tras el esfuerzo heroico de los liquidadores y que la amenaza radiactiva es cosa del pasado. Sin embargo, las estadísticas son contundentes. Según el informe preparado por Ian Fairlie, un radiólogo independiente y miembro de la Asociación Internacional de Médicos para la Prevención de la Guerra Nuclear, 5 millones de personas siguen viviendo en zonas muy contaminadas en Ucrania, Bielorrusia y el oeste de Rusia. Además, el 42 por ciento de Europa está contaminada radiactivamente, con zonas particularmente afectadas, como el norte de Austria, el centro y el sur de Chequia, el sur de Finlandia y el oriente de Suecia.

En consecuencia, según su informe sobre los 30 años de la catástrofe (publicado a principios de este año), en esas regiones se han disparado los casos de leucemia, de cáncer de tiroides y de mama, lo mismo que la incidencia de tuberculosis, enfermedades cardiovasculares y defectos congénitos. Y según sus cálculos, se espera que en los próximos años aparezcan 40.000 cánceres en las zonas afectadas y que continúen defectos en los nacimientos. Como le dijo Fairlie a SEMANA, “las generaciones humanas pasan, pero la radiactividad queda”. Y esa es una lucha de varios siglos, en la que, a diferencia de las guerras, solo habrá perdedores.

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