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| 11/11/2017 10:15:00 PM

Arabia Saudita: todo o nada

Las recientes acciones del gobierno saudí tienen la firma del joven príncipe Mohamed bin Salmán. Sus decisiones podrían desencadenar el comienzo de una era de prosperidad saudí o un grave conflicto en la región.

Mohamed bin Salmán, príncipe heredero del trono saudí, tiene apenas 32 años. El reino nunca había tenido un ministro de Defensa tan joven, al que respalda una gran parte de la población, sobre todo de los menores de 25 años, que conforman la mitad de los 30 millones de habitantes. El pasado fin de semana, MBS (como popularmente lo llaman en Arabia Saudita) tomó dos decisiones sumamente arriesgadas que demuestran su capacidad de acción. Con ello desató una crisis política tanto interna como externa e involucró a países como Yemen, Líbano y al gran rival de su país, Irán.

Todo ocurrió el sábado 4 de noviembre. Por un lado, ese día sus fuerzas interceptaron un misil lanzado desde Yemen, y MSB no dudó en considerarlo un acto de guerra de Irán. Por el otro, el príncipe comenzó una purga de sectores reacios a aceptar sus reformas, y detuvo a 11 de los hombres más ricos del reino. Así que el ambicioso plan económico, social y regional del príncipe, que busca convertir a Arabia Saudita en el país más influyente del mundo árabe, podría derrumbarse de un momento a otro si no logra controlar las consecuencias de las bombas políticas que activó la semana pasada.

Yemen, Líbano e Irán

A tempranas horas del sábado 4 de noviembre, la avanzada tecnología militar del reino saudí interceptó a tiempo un misil intercontinental proveniente de Yemen y destinado a destruir el aeropuerto de la capital, Riad. Aunque no hubo víctimas, la amenaza despertó la ira de MBS. Sin pruebas concretas, el príncipe Bin Salmán acusó a Irán de haber transportado, pieza por pieza, el misil hasta Saná, capital yemení. Allí, sus aliados, los hutís, miembros de un grupo insurgente que controla el norte del país, habrían armado el proyectil con ayuda del Cuerpo de Guardia Revolucionario Islámico de Irán para luego lanzarlo.

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Adel Jubair, ministro de Exteriores saudí, afirmó que el misil “es un claro acto de guerra por parte de Irán”. Si bien es cierto que los dos países, Arabia Saudita e Irán, han librado una especie de guerra fría desde hace tres décadas y han sido actores determinantes en la guerra yemení, nunca en la historia reciente se había hecho una declaración tan incendiaria. En Yemen se libra una guerra civil desde 2015, cuando los hutís, principalmente chiitas se rebelaron contra el gobierno pro saudí de Abd Rabbu Mansour Hadi y tomaron el poder de la capital. A partir de ese momento, una coalición militar de Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos, ambos sunitas, invadió al país para defender el gobierno de Hadi, quien se exilió en Riad junto con su familia y ministros.

El domingo, MSB decidió cerrar indefinidamente la frontera sureña con Yemen (ante las críticas de Naciones Unidas por la grave crisis humanitaria que vive el país). Como era de esperarse, Irán no se quedó callado. El miércoles, Hasán Rohaní, presidente de ese país, afirmó que “Arabia Saudita ha mostrado hostilidad hacia Yemen, ha fortalecido a Isis y orquestó la salida del primer ministro libanés”.

La última parte de la declaración tiene que ver con el otro país donde Irán y Arabia Saudita miden sus fuerzas: Líbano. Ambos países tienen intereses económicos y políticos allá, y se esfuerzan por desplazar la influencia del otro. El mismo sábado 4 de noviembre, el primer ministro libanés, Saad Hariri, anunció su renuncia en un mensaje televisivo transmitido desde Riad. Justificó su decisión al afirmar que “Irán está causando desorden y destrucción en el país, sobre todo por medio de Hizbulá, arma de los iraníes”.

Pero en Líbano tienen una percepción distinta. Hassan Nasrallah, líder de Hizbulá, un grupo paraestatal aliado de Irán, afirmó que en realidad Hariri, un sunita hasta entonces apoyado por Riad, se vio obligado a renunciar (con menos de 11 meses en el cargo) por presión del príncipe, e incluso insinuó que el ex primer ministro estaba “secuestrado” en Arabia Saudita. Para algunos observadores, el príncipe prácticamente lo destituyó por haberse reunido con emisarios iraníes. Por el momento, Líbano continúa sin su jefe del gobierno, y más allá de las razones que haya tenido Hariri para renunciar, en el ambiente nacional reina una incertidumbre total.

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Como si lo anterior fuera poco, el príncipe saudí afirmó que Líbano también le había declarado la guerra, pues sospecha que Hizbulá también participó en el lanzamiento del misil. El pasado viernes, el gobierno ordenó a todos sus ciudadanos residentes en Líbano que “abandonen el país inmediatamente y eviten viajar allí”.

Tanto Yemen como Líbano están en medio del juego de poderes de Irán y Arabia Saudita, que se disputan el poder mundial del islamismo desde las orillas chiita y sunita respectivamente. Si bien la disputa no es nueva, estos dos recientes episodios tienen su origen en la obsesión de MBS de derrotar por fin a Irán. Como afirmó a SEMANA Pierre Pahlavi, profesor de la Universidad de Fuerzas Canadienses y especialista en política iraní, “la lógica de la rivalidad entre estos dos países es de suma cero. En otras palabras: la victoria (diplomática, política o económica) de uno significa la derrota del otro”.

MBS no ha hecho otra cosa en los últimos meses que ahondar el distanciamiento con Teherán, tal como lo hizo cuando ordenó bloquear comercialmente a Qatar hace unos meses. En esa ocasión, argumentó que Doha financiaba grupos terroristas, aunque a todas luces lo único que quería Arabia Saudita era castigar la cercanía qatarí con Irán. Nada más.

“Aun así, no creo que esta crisis termine en un conflicto militar abierto. Es cierto que la región está polarizada y altamente militarizada, y sí es posible que en algún momento estalle una confrontación bélica, pero hoy en día sigue siendo poco probable”, puntualizó el profesor Pahlavi. Mientras las dos potencias árabes definen su pugna de poder, Yemen sigue sumando víctimas en un conflicto que ya ha dejado 100.000 muertos y Líbano vive una profunda confusión institucional que amenaza a un país que apenas se recupera de la guerra civil que lo ensangrentó entre 1975 y 1990.

Presos en el Ritz

Si en el aspecto internacional llueve, en el reino saudí no escampa. Justo cuando se desataban las crisis con Irán, Yemen y Líbano, MBS ordenó, por medio de su “comité anticorrupción”, detener indefinidamente y sin mayores pruebas a 11 de los hombres más poderosos y ricos del reino. Y no es un decir: uno de ellos, el príncipe Alwaleed bin Talal, tiene una fortuna estimada de 16.800 millones de dólares. Muchos de los magnates permanecen encerrados en el hotel Ritz-Carlton de Riad, convertido en una curiosa cárcel de extremo lujo.

El gobierno afirma que los detenidos han sacado provecho individual de cientos de negocios con el Estado, y que tiene “evidencias específicas de la criminalidad” de dichos actos. El caso particular de los 11 multimillonarios es la punta del iceberg: hasta el momento, el gobierno ha acusado a 500 personas más por delitos similares.

Es difícil no ver un intento de MBS por utilizar la justicia a su favor (las cortes están bajo su control y el del rey) para acabar con sus posibles opositores políticos. En Arabia Saudita rigen solamente los decretos reales y las normas tomadas de la ley islámica, y hasta el momento el príncipe no ha modificado las normas que regulan los conflictos de intereses al contratar con empresas estatales. Lo que significa que acusar a alguien de corrupción es una decisión selectiva, pues de lo contrario todos los miembros de la familia real, incluido MBS, estarían tras las rejas.

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Para muchos observadores, detrás de la decisión de MBS está su esfuerzo por debilitar a cualquier rival que amenace su llegada al trono ahora que cuenta todavía con el apoyo del rey, que tiene 81 años. Lo cual resulta indispensable para realizar su sueño de comenzar una nueva era en Arabia Saudita. El príncipe quiere un giro de 180 grados: busca diversificar la economía del país para que dependa cada vez menos del petróleo y que el reino sea cada vez más progresista (hace unos meses eliminó la ley que prohibía a las mujeres conducir).

Si bien el joven príncipe heredero goza de una popularidad enorme y del creciente apoyo de Estados Unidos (Donald Trump está empeñado en confrontar a Irán), necesitará mucho más que eso para solventar la crisis política que acaba de desencadenar. En su primer paso deberá resolver inteligentemente la detención de los 11 magnates. Si lo logra, su mandato saldría fortalecido internamente y tendría el impulso necesario para afrontar los asuntos exteriores. De no hacerlo, su gobierno podría perder legitimidad e Irán no dudará ni un segundo en contraatacar y lograr el objetivo que anima a ambos contendores: el poder del mundo islámico.

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