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| 4/5/1993 12:00:00 AM

Acercándose al borde

La pugna entre Yeltsin y el presidente del Parlamento podría llevar a la disolución de la Federación Rusa.


HACE UN POCO MAS DE UN AÑO, EL MUNDO presenció incrédulo la disolución de la Unión Soviética. Este año la sorpresa podría ser aún mayor, porque la Federación de Rusia nombre oficial del país de los zares, corazón de la fenecida URSS podría atravesar un proceso semejante. Los problemas de la Federación comienzan en Moscú, donde desde abril del año pasado tiene lugar una lucha de titanes por el poder efectivo. Por un lado está el presidente Boris Yeltsin, quien después de acelerar la disolución de la URSS con argumentos que ahora se vuelve en su contra lanzó a su gobierno a un programa de reformas económicas hacia el capitalismo que ha deteriorado el nivel de vida e hizo que el país atravesara el mes pasado el limite de la hiperinflación. Hoy día más de un tercio de los 148 millones de habitantes viven bajo la linea de la pobreza, con ingresos de menos de 4.000 rublos al mes(unos 10 dólares), Del otro está el antiguo Soviet Supremo, el Parlamento "menor" cuyas funciones son delegadas del "mayor", el Congreso de Diputados del Pueblo. Uno y otro están llenos de diputados provenientes de la vieja "nomenklatura" comunista y son opositores de las reformas. Alli crece el resentimiento por las reformas y por la disminución de la estatura de Rusia en el mundo. Muchos llaman al presidente "quintacolumnista de Washington" y consideran al suyo un "gobierno de ocupación".
Esas diferencias serían dirimibles en un régimen democrático tradicional, pero en Rusia eso no esposible por la inexistencia de una constitución que delimité los poderes. La actual proviene de 1978, cuando el gobierno era desempeñado por el Partido Comunista y todos esos órganos, presidencia incluida, eran poco menos que ceremoniales.
Yelstin presentó en abril de 1992 un proyecto de constitución que no logró pasar, y el presidente del Parlamento, Ruslan Khasbulatov, logró al final del año bloquear el nombramiento del reformista Yigor Gaidar como primer ministro Yelstin desistió de su economista de cabecera y aceptó a Viktor Chernomyrdin, un "apparatchik" de la vieja guardia, en una actitud que para muchos fue la demostración de que "Yeltsin carece de convicciones sólidas".
Desde esa humillación el presidente parece a la defensiva, consciente de que su popularidad se ha ido al traste. Una y otra vez ha ofrecido una rama de olivo al Parlamento, como hace dos semanas, cuando planteó un reparto de poder y una tregua. Pero Khasbulatov no quiere retirar su exigencia de que se realicen elecciones presidenciales y legislalivas en 1994, lo que recortaría en dos años el período del presidente.
Yeltsin tiene entre la manga el as de la realización de un plebiscito federal, mediante el cual la población decida cuál órgano de poder deba dirigir el país. Pero en febrero pasado los dirigenles de las repúblicas, bajo la influencia de una campaña de Khasbulatov, rechazaron el pedido del presidente para que cooperaran con la realización del certamen y lograron que aquel archivara la idea.
Eso es un síntoma del deterioro de la autoridad presidencial en los confines de lo que fuera el Imperio Ruso y una mala señal para su futuro.
Desde que desapareció la URSS, todas las "repúblicas" internas de Rusia comenzaron a pedir su parte de autonomía. A comienzos de 1992 Yeltsin lanzó un proyecto de tratado federativo que se incorporaría a la nueva Constitución, pero pocas lo han ratificado, entre otras cosas porque los dirigentes, casi todos de origen comunista, se han revestido con el ropaje del nacionalismo para mantenerse en el poder. En marzo de ese año una de las mayores, Tatarstán, decidió en un plebiscito declarar su independencia de Rusia y declaró que sus leyes locales primarían sobre las de la capital.
Tuva y Buryatia, en la frontera con Mongolia, se alejan cada vez más de Moscú. Chechenia, que rehusó firmar el tratado, está mezclada en una guerra civil. Los dirigentes de las repúblicas siberianas, entre ellas Yakutia, advierten que se avecina una disputa por los vastos recursos naturales de la región. Incluso no pocas oblast, regiones que no alcanzan a aparecer en los mapas generales, han declarado diversos grados de independencia. Los decretos dictados desde el Kremlin son ignorados o revocados sin que el poder central pueda hacer nada para evitarlo.
Entre tanto, el gobierno de Yeltsin trata de recuperar la iniciativa,en medio de inquietantes presiones de la cúpula militar. En materia internacional, su política hacia la guerra de Yugoslavia parece comenzar a inclinarse a favor de sus viejos aliados los serbios, mientras reclama para Moscú un papel pacificador en las antiguas república de la URSS atravesadas por la guerra civil, donde viven mas de 25 millones de rusos.
Pero sus esperanzas de recuperar su importancia están cifradas en la cumbre por realizarse con el presidente de EE UU., Bill Clinton, en Varsovia (Polonia), el 4 de abril. Allí se espera que su colega norteamericano le invite a asumir un papel en las conversaciones de paz del Medio Oriente, en igual categoría que Estados Unidos. En las condiciones actuales, sin embargo, será muy dificil proyectar una imagen de igualdad y eso podría ser contraproducente.
Detrás de todas sus desgracias aparece el chechenio Khasbulatov, antiguo partidario de Yeltsin, quien parece movido por una ambición sin límites. Pero su estrategia es peligrosa, porque de la misma manera Gorbachov quiso alinear a los gobiernos locales contra sus enemigos y terminó acelerando la divisi6n de la URSS. Gorbachov encontró su Yeltsin y éste encontró a su Khasbulatov. La historia parece repetirse.
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