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| 2/9/1998 12:00:00 AM

ADIOS A LAS ARMAS

Tras el éxito pacifista contra las minas terrestres la mira está en las armas ligeras, la bomba atómica del final de siglo.

El siglo XX no presenció la destrucción masiva y espectacular de millones de personas en la Tercera Guerra Mundial como presagiaban los pacifistas de los años 60 y pintaban no pocas obras de ficción en la literatura y el cine. Pero no por ello se vivió en paz. A cambio de bombas atómicas, las armas ligeras se encargan de diseminar la muerte por todo el planeta. Con ese tipo de armamento se han librado guerras locales increíblemente destructivas, tanto de naturaleza política como religiosa o étnica, como las de Bosnia, Somalia, Sudán, Argelia, Colombia, Ruanda, El Salvador, Guatemala, Afganistán y Sri Lanka. Y con esas armas pequeñas, baratas, fáciles de adquirir y de accionar, y cada vez más letales, se alimenta la criminalidad creciente en muchas otras latitudes. Por eso en el mundo crece la conciencia de que es necesario tratar de frenar la proliferación indiscriminada de tales instrumentos de violencia ahora que las minas terrestres han sido objeto de un tratado multilateral que logró ponerlas al margen de la ley en casi todo el mundo.La categoría de armas ligeras abarca desde las pistolas hasta las que pueden ser disparadas por un grupo de dos o tres personas, como los morteros pequeños e incluso algunos misiles y baterías antiaéreas, pasando por los rifles automáticos, las subametralladoras y los lanzacohetes personales. Ese armamento, y no la artillería o los aviones, es responsable del 90 por ciento de las muertes producidas en los conflictos de hoy, de las cuales, según el reporte de una comisión especial de la ONU presentado a la Asamblea General de agosto, el 80 por ciento son de mujeres y niños. Quienes quieren adquirir armas tienen muchas fuentes a donde recurrir. Un documento de Worldwatch de octubre de 1997 (titulado 'Pequeñas armas, gran impacto: el próximo reto del desarme') sostiene que hay más de 500 millones de armas ligeras circulando por el mundo, "suficientes para uno de cada 12 habitantes del planeta". Pero además se siguen produciendo en grandes cantidades. Mientras las pesadas sólo son fabricadas por una docena de países desarrollados, hoy en día cerca de 50 países producen armas ligeras, incluidos 22 del mundo en desarrollo. Estos nuevos productores generalmente importan tecnología y know-how mediante licencias y otros producen sus propios diseños. Israel, por ejemplo, ha vendido subametralladoras Uzi a 42 países y fusiles Galil a 15, entre ellos Colombia. Argentina y Brasil han exportado sus fusiles a otros países de América Latina y Egipto ha hecho lo propio con su versión del AK-47 a otros países africanos, incluido Ruanda. Si se considera la red de productores y comerciantes, que incluye a las fábricas, las agencias gubernamentales y múltiples organizaciones de fachada, el límite entre una transferencia legal y una ilegal se difumina.Las armas de segunda mano provienen, por una parte, de los sobrantes del armamentismo de la Guerra Fría y, por la otra, de un mercado negro creciente. En lugar de asumir el costo de la destrucción de los enormes sobrantes de sus arsenales los grandes ejércitos han preferido transferirlos a "países amigos". Alemania, por ejemplo, entregó la mayor parte de las armas de la RDA, entre ellas 300.000 fusiles AK-47, a Turquía y Grecia. Lo mismo hace Estados Unidos con Latinoamérica por muy diversos medios y Rusia con sus áreas de influencia. El mercado negro también tiene muchas fuentes de alimentación. Una muy grande es Rusia, donde se presenta la venta de sus armas por los propios soldados y el saqueo masivo de miles de depósitos militares. Otra es Estados Unidos, donde, según el mismo documento, hay más expendios autorizados de armas cortas que restaurantes MacDonald's. Pero la peor fuente es la deserción de soldados y la propia desmovilización de guerras civiles, que suelen resultar en una baja dramática de los precios y en la diseminación entre los delincuentes comunes, caso de Nicaragua y El Salvador en América Central, o de Mozambique, cuyo cese al fuego ha producido una ola criminal sin precedentes en la vecina Suráfrica, inundada de los durables Kalashnikovs. Con un panorama como ese no es de extrañar que crezca en el mundo la idea de que es necesario, en ausencia de una utópica eliminación, restringir la proliferación de armas cortas. La comisión especial de la ONU recomendó en agosto la celebración de una conferencia mundial sobre el tema para preparar un tratado que restrinja el comercio internacional de armas. Múltiples Organizaciones No Gubernamentales _ONG_, sobre todo en Noruega y Japón, se preparan para iniciar una campaña global sobre el tema. En diciembre pasado se celebró una conferencia internacional en Washington, con asistencia de expertos de todas partes del mundo, y en octubre una similar tuvo lugar en Edimburgo. La comisión de la ONU sugirió, entre otras medidas, que se haga obligatoria la destrucción de las armas una vez concluidos los conflictos, que las armas nuevas reciban una marca de alta tecnología para su mejor seguimiento y que sólo puedan ser fabricadas por quienes hayan recibido una licencia estatal que forme parte de una base mundial de datos. Las ONG piden, además, que se prohíba la venta o la donación de los excedentes militares. Pero esos son apenas algunos aspectos de un tema de gran complejidad. A nivel oficial, los gobiernos de Canadá, Noruega y Japón parecen dispuestos a patrocinar el movimiento de la ONU. El ministro de Relaciones Exteriores del primero, Lloyd Axworthy, sostuvo que "después de las minas, el próximo objetivo son las armas cortas". Y cuanto antes comiencen, mejor.
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