Domingo, 23 de noviembre de 2014

| 1989/03/06 00:00

ADIOS, MUCHACHOS

Con la retirada de la URSS de Afganistán y Viet Nam de Camboya, el remedio es peor que la enfermedad.

ADIOS, MUCHACHOS

La palabra invasión se asocia generalmente con la tristeza y la tragedia de un pueblo atribulado, y la retirada del invasor trae con frecuencia a la mente la imagen de fiestas en las calles, en medio del alborozo general. Sin embargo, en el año que corre, más tarde o más temprano, dos invasiones llegarán a su fin pero, paradójicamente, dejarán a su partida más incertidumbre y desolación, que esperanzas de paz.
La primera de ellas es la tan comentada invasión de los soviéticos a Afganistán. Hace 10 años, en 1979, el gobierno comunista del presidente Najibullah, amenazado por la actividad guerrillera de los muhaheidines, guerreros tradicionales afganos que con la ayuda, no muy desinteresada, de los Estados Unidos, resistían al comunismo, pidió auxilio a su aliada la vecina Unión Soviética, en aplicacion de un tratado de ayuda mutua que, por supuesto, significaba asistencia en una sola dirección. Eran las épocas de Leonid Brezhnev, en pleno desarrollo del expansionismo soviético que llevó a la URSS a multiplicar su influencia en el Tercer Mundo. La amenaza, pues, contra un enclave tan importante como Afganistán, que además tiene una frontera de miles de kilómetros con la Unión Soviética, era demasiado importante como para no ser rechazada.

Por eso, las tropas soviéticas atravesaron la frontera con la idea de librar una corta guerra de exterminio contra los rebeldes, estabilizar definitivamente el régimen de Kabul y regresar a su país con una victoria más para el glorioso Ejército Rojo.
La incursión, que no tomaria más de unos meses, o a lo sumo un año, se convirtió en una pesadilla que lleva ya más de 10 años, ha causado miles de bajas y, lejos de representar mayor gloria para el ejército soviético, podría ser su primer gran fracaso.

El desastre soviético se hace evidente en la medida en que no sólo sus tropas no pudieron derrotar a los muhaheidines, sino en que el régimen de Najibullah según el pronóstico de la mayoría de los observadores internacionales, no podrá resistir mucho tiempo el asedio rebelde. Los soviéticos mismos han tenido que aceptar unas condiciones prácticamente deshonrosas, pues los guerrilleros han ofrecido no atacar a los convoyes de camiones --que deben atravesar desfiladeros propicios a emboscadas--y permitir la salida de las tropas, siempre que no haya ninguna clase de ceremonias triunfales.

Sean cuales fueren las causas del descalabro soviético, la mala situación económica de su propio país o el defender a ultranza a un gobierno impopular, lo cierto es que el panorama que dejan atrás en Afganistán es extraordinariamente oscuro. Las fuerzas rebeldes son en realidad una alianza inorgánica de siete grupos independientes, que pertenecen a las corrientes más divergentes del islamismo y para quienes el único factor que supera su odio mutuo es su aversión por los soviéticos y su gobierno títere. Esa es la razón por la cual lo que más se teme a estas alturas es que, de cumplirse la fecha límite para el retiro, que es el 15 de febrero, se extienda un baño de sangre a lo largo y ancho del país.

Los esfuerzos diplomáticos para evitar semejante desenlace, que buscan establecer un régimen de convergencia, se desarrollan frenéticamente, mientras las embajadas en Kabul cierran sus puertas ante la inminencia de la caída de la capital. Los pocos observadores occidentales que quedan alli piensan que no hay forma de predecir lo que pasará después de esa fecha. Ni siquiera los Estados Unidos, que equiparon durante años a los rebeldes creen que se pueda ejercer una influencia decisiva, a pesar de que el presidente Bush, en una nueva divergencia con su antecesor, ha declarado que espera que su país juegue un "papel catalizador" en Afganistán.

En el otro extremo de Asia, una situación semejante espera a los atribulados habitantes de Camboya, también conocida con su nuevo nombre de Kampuchea. También en 1979, el pais fue invadido por su vecino limitrofe Viet Nam, que veia en el regimen del movimiento Khmer Rouge una amenaza para su seguridad.

No era para menos, si se tiene en cuenta que el Khmer Rouge, bajo la batuta del sanguinario Pol Pot, habia asesinado entre la población civil más de un millón de personas, provenientes principalmente de los estratos "intelectuales", en los famosos "campos de exterminio" (killing fields), en su esfuerzo fanatico por establecer un colectivismo agrario fundamentalista. Pero en Camboya se dan todas las paradojas posibles, pues el gobierno genocida mantiene aún su asiento en las Naciones Unidas y hasta recibe el apoyo tácito de los Estados Unidos, que mantiene un bloqueo económico total para el gobierno de Pnom Pehn.

El Khmer Rouge, derrotado pero no eliminado, se situó, con el apoyo de China y Tailandia, en territorio fronterizo de este último país, en donde espera la oportunidad de retornar al poder. La única figura respetada en Occidente, el principe Sihanouk, quien fuera el gobernante camboyano hasta su derrocamiento en 1970, mantiene sus fuerzas disminuidas, pero podria ser un factor catalizador precisamente por su capaciad de oportunismo. Y Viet Nam, en respuesta a la presión de la Unión Soviética, que quiere regularizar sus relaciones con la China, está dispuesto a retirarse de Camboya antes del final del presente año.

Lo que vendrá después, podria ser una lección de imprevisión politica.
Las fuerzas del Khmer Rouge no han mostrado ninguna mejora de su respeto por la vida humana, y hasta el propio Pol Pot sigue entre sus cuadros directivos. Pocos dudan que, si los esfuerzos diplomáticos de la región, combinados con los de los paises occidentales no tienen éxito, Camboya (o Campuchea) podria regresar, tras 10 años de invasión vietnamita, a la pesadilla de la que la sacó, precisamente, el ejército de Hanoi. -

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