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| 4/17/2010 12:00:00 AM

Adiós al sueño

Con la caída del gobierno de Kirguizistán, las promesas democráticas de las revoluciones de colores patrocinadas por Estados Unidos resultaron ser un fracaso.

Tosa historia feliz llega a su final. Así lo demostró Kirguizistán, la antigua república soviética que el pasado 7 de abril acabó con la esperanza sembrada durante la Revolución de los Tulipanes en 2005. La policía y opositores del gobierno se enfrentaron en Bishkek, la capital, y en menos de 24 horas el presidente Kurmanbek Bakiyev tuvo que abandonar el palacio. Desde entonces, la situación sigue siendo muy inestable, y aunque el mandatario aceptó renunciar a su cargo y salir del país, la jefa de gobierno provisional amenaza con llevarlo a juicio.

Lo paradójico es que cinco años atrás Bakiyev era quien encarnaba ese anhelo democrático. En ese entonces la gente también salió a las calles a protestar contra el régimen, el Presidente de turno huyó y los medios no tardaron en bautizar el hecho como la Revolución de los Tulipanes. Pero desde julio del año pasado, cuando Bakiyev fue reelegido en unos comicios fraudulentos, los ánimos empezaron a caldearse. Escándalos de corrupción, nepotismo y políticas económicas ineficientes provocaron la furia de la gente.

Sin embargo, también existen otras razones de fondo. Según explicó desde Bishkek a SEMANA Erica Marat, experta en asuntos de Asia Central y autora del libro La Revolución de los Tulipanes: Kirguizistán un año después, la lucha por el poder ha sido una constante en el país y de allí que fuera previsible una insurrección como la de los últimos días. La revuelta es el resultado histórico de una disputa regional entre los grupos políticos del sur y del norte que quieren dominar el país. El problema es que la situación podría empeorar en cualquier momento y desatarse una guerra civil, tal como lo ha advertido el presidente de Rusia, Dimitri Medvedev.

Por el contrario, Estados Unidos no condenó los hechos y envió un delegado al país para estrechar los lazos con el gobierno interino que estará en funciones durante los próximos seis meses. El motivo: la base militar que funciona a las afueras de Bishkek desde 2001, que sirve como puente de sus fuerzas hacia Afganistán. A la administración de Barack Obama no le conviene perder una ruta clave en la región en momentos en que la Otan mantiene una ofensiva para retirar las tropas extranjeras de la república islámica en julio del año entrante.

Pero más allá de los intereses extranjeros que confluyen en Kirguizistán, lo que muestran los últimos episodios es que las revoluciones de colores no resultaron tan buenas como las pintaban. Estos procesos se originaron en Europa oriental con el patrocinio de Estados Unidos, con el canto de sirena del acercamiento a occidente. El pueblo eligió o impuso a los supuestos redentores de la democracia, que traerían reformas políticas y económicas y los movimientos se identificaron con colores y flores como símbolos de pacifismo.

Sin embargo, poco después, sus líderes terminaron adoptando posturas autoritarias. En Georgia, la Revolución de las Rosas llegó al poder en 2003, con el fin de acabar con la corrupción y la pobreza. Hasta ahora el presidente Mikheil Saakashvili no ha cumplido sus promesas y continúa la tensión con Rusia desde la guerra desatada hace dos años. En Ucrania, Víctor Yushenko, beneficiario de la Revolución naranja de 2004 a costa del pro ruso Víctor Yanukóvich, acaba de perder el poder a manos de este. En parte, su triunfo se debió al malestar que produjo en la población el hecho de que el gobierno pro Washington no llevó a cabo las sonadas transformaciones económicas. .

Para otros, como Neil MacFarlane, profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad de Oxford, "nunca hubo revoluciones como tal. Lo que ocurrió en las ex repúblicas soviéticas fueron expresiones de las rivalidades entre élites políticas". Por eso, es claro que lo que alguna vez fue visto desde Washington como el comienzo de una nueva era, hoy no parece llevar a ningún lado.
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