Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1994/05/16 00:00

AFRICA EN LLAMAS

El Continente Negro, al sur del Sahara, parece un campo de batalla sin esperanzas de redención.

AFRICA EN LLAMAS

MATANZAS COMO LA QUE HA SUFRIDO LA diminuta Ruanda, en el centro del Africa Subsahariana, han traído al centro de la atención mundial los problemas de un continente que no logra hacer las paces consigo mismo. A lo largo de las cuatro décadas que han transcurrido desde que se descolonizó al Continente Negro, el lugar común han sido las guerras civiles, la mayoría por cuenta de diferencias ancestrales entre tribus, cuyas formas tradicionales de interacción se han reemplazado por sistemas políticos diseñados a imagen y semejanza del existente en sus ex metrópolis. El resultado ha sido una tendencia a la anarquía y un retroceso en términos reales.
En ese retroceso tienen que ver, por supuesto, las propias poblaciones que no han logrado superar sus problemas en el camino hacia el desarrollo. Pero no es posible negar la influencia nefasta que tuvieron los colonizadores europeos al imponer sus propios intereses. Se trataba no solamente de aprovecharse de las ilimitadas posibilidades de explotación de riquezas naturales, sino como un factor de prestigio y poder en medio de la compleja red de intereses que dominaba el escenario geopolítico del momento.
Tanto fue así que en 1885 se llevó a cabo un evento diplomático que hoy resultaría insólito: la Conferencia de Berlín sobre el reparto de Africa. Allí resultaron como metrópolis países que hasta entonces no habían tenido mayor vocación colonialista, como Alemania y Bélgicas que resultarían claves en la conformación de Ruanda y Burundi, protagonistas de la tragedia africana de la semana. El reparto del continente sobre la base del equilibrio de las potencias colonialistas llevó a que en muchos casos etnias tradicionales quedaran separadas por fronteras artificiales o, lo que es peor, etnias separadas por enemistadas ancestrales terminaron compartiendo un mismo país.
Después de la Segunda Guerra Mundial, cuando se inició el proceso de descolonización, las metrópolis se cuidaron de dejar en el poder a las facciones locales que mejor se acomodaban a sus intereses, lo cual en muchos casos condujo a agudizar situaciones que en un contexto de conflicto tribal tradicional hubieran sido fácilmente resueltas. Y para empeorar las cosas, la división del mundo en dos polos de influencia, Moscú y Washington, convirtió el juego de poder africano en una manifestación más del ajedrez geopolítico. La Unión Soviética y Estados Unidos, se convirtieron en patrocinadores de golpes y contragolpes de estado destinados a poner o quitar tal o cual país de sus respectivas zonas de influencia. El ejemplo más conocido se da en Angola, donde incluso hubo tropas cubanas para defender al gobierno entonces comunista de José Eduardo Dos Santos de los ataques de la UNITA, de Jonás Savimbi, patrocinada por Estados Unidos.
Ahora que la Guerra Fría ha terminado el caso de Angola sigue siendo diciente. Savimbi no pudo aceptar la derrota en las elecciones pactadas para terminar la guerra y hoy, contra la mirada indiferente de Washington, libra una sangrienta guerra contra el gobierno de Dos Santos que de comunista prosoviético ha pasádo a ser el bueno de la película. Pero como no hay intereses geopolíticos de por medio, su país languidece ante los ojos del mundo bajo condiciones dramáticas de guerra, insalubridad y hambruna.
De esa forma, Africa dejó de tener interés estratégico, y ahora enfrenta el desinterés de Occidente, relegada a ser recordada solamente cuando corre la sangre, como hoy en Ruanda. El continente está abrumado por el endeudamiento, porque el crédito está completamente cerrado. Mientras en América Latina la inversión privada extranjera se ha triplicado desde 1985, y quintuplicado en Asia en ese mismo lapso, en Africa ha descendido. La hambruna ataca a varios países y, como si fuera poco, el continente tiene la incidencia más dramática de sida, pues 7,5 del total mundial de 12 millones de adultos infectados son africanos.
Es un panorama desolador que clama, en los ojos de los niños desnutridos y de los millones de refugiados, por una solución de fondo, en la que los países industrializados tienen que asumir sus responsabilidades históricas.

1. Sudán: En este país, que fue protectorado anglo-egipcio, se aproxima una hambruna sólo comparable a la sufrida por Somalia el año pasado. La culpa es también allí de la guerra civil, que enfrenta desde 1983 a los rebeldes cristianos y animistas del sur contra los musulmanes del gobierno de Khartum, que quieren establecer un estado fundamentalista islámico. Desde 1991 los rebeldes están divididos, lo que produce aún más sangre.

2. Somalia: Las imágenes de niños muriendo de hambre produjeron un estallido paternalista en Occidente, y al envío de tropas de la ONU para pacificar y normalizar el país. Pero la falta de conocimiento sobre la realidad interna llevó a que los salvadores se convirtieran en enemigos de uno de los clanes en conflicto, y demostró que el hambre no se derrota con fusiles sino con cooperación integral para el desarrollo.

3. Kenya: En una demostración más de que el sistema político occidental encierra el riesgo de luchas tribales, el gobierno de Daniel arap Moi ha lanzado, desde 1993, ataques de su etnia kalenjin contra la kikuyu. Detrás de la disputa está un problema de tierras, pues en el gobierno de Jomo Kenyatta los kikuyu compraron tierras que, antes de estar en poder de los blancos, habían pertenecido ancestralmente a los kalenjin.

4. Uganda: Un país desangrado por los gobiernos de Idi Amin Dada y Milton Obote, Uganda lleva algunos años de paz relativa. Pero su población ha sido devastada por el sida, y se estima que el 9 por ciento de los 16,7 millones de personas que la componen está infectado con el virus HIV.

5. Ruanda: Escenario en los últimos días de terribles escenas de barbarie, su conflicto entre las etnias tutsi y hutu se ve complicado por una circunstancia desafortunada: se trata del país más densamente poblado de Africa y tiene la rata de nacimientos más alta del mundo.

6. Zaire: Los problemas se reflejan en el conflicto entre las etnias katanga y kasai, que proviene del siglo XIX, cuando el rey Leopoldo de Bélgica reclutó a los kasai para poblar el entonces llamado Congo, porque aceptaban mejor las condiciones de semiesclavitud requeridas por los colonos. El año pasado, una rebelión de soldados provocó una matanza y la evacuación de los extranjeros.

7. Mozambique: El país está saliendo de una guerra civil de 16 años que enfrentó al gobernante Frelimo (Frente de Liberación de Mozambique), apoyado por la Unión Soviética, y la Renamo (Resistencia Nacional Mozambiqueña), apoyada por Estados Unidos. A pesar de que el país quiere la paz, la ONU no ha implementado la fuerza de cascos azules que se considera nacesaria para consolidar los acuerdos.


8. Angola: Después de lograr un acuerdo de paz entre los rebeldes prooccidentales de UNITA y el gobierno de Luanda, que fue comunista, la guerra estalló de nuevo cuando el líder de UNITA, Jonás Savimbi, se negó a reconocer su derrota electoral. Los combates han sido muy sangrientos, sobre todo en Huambo, poblado por la etnia ovobundo, que es la que respalda a Savimbi.


9. Togo: El partido Reunión del Pueblo de Togo (RPT), del presidente Eyadema, está en el poder desde 1967 y era el único grupo hasta julio de 1990, cuando la élite empresarial y urbana comenzó a reclamar sus derechos. Un acuerdo para que Eyadema permitiera la democratización fracasó luego de que su grupo étnico, los kaybe, que controla el ejército, se negara a entregar sus privilegios. Desde enero de 1993 han huido del país más de 300.000 personas.


10. Liberia: En este país la violencia continúa por cuenta de tres partes enfrentadas: El Frente Patriótico Nacional, que mató al presidente Samuel Doe; una guerrilla formada por miembros de su etnia, la krahn, y una fuerza de paz de países de Africa Occidental. Por lo menos 25.000 liberianos, el uno por ciento de la población, han perdido la vida.


SANGRE NEGRA
PROBLEMAS TRIBALES EXISten en casi todos los países del Africa Subsahariana o Negra, pero en ninguna región han adquirido las dimensiones de Ruanda y Burundi, dos pequeños estados que formaron uno solo en el pasado y donde las etnias tutsi y hutu libran una lucha sin cuartel. Las peores escenas se vivieron la semana pasada, cuando los dos presidentes, Juvenal Habyarimana, de Ruanda, y Cyprien Ntaryamira, de Burundi, fueron asesinados cuando un cohete derribó el avión del primero en el aeropuerto de Kigali. Ambos presidentes eran hutu, y regresaban de una reunión de paz en la vecina Tanzania. Eso hace, por contraste, que la matanza que siguió sea particularmente dolorosa.
La historia señala las primeras batallas entre los tutsi y los hutu en el siglo XV, cuando los primeros (un pueblo alto y elegante, de estirpe etíope y llamado también watusi), migraron del sur y avasallaron a los hutu, bajos, de origen bantú. El área fue dividida entre Ruanda y Urundi, hasta que llegaron los colonizadores alemanes, que en 1899 unificaron el país.
Al terminar la Primera Guerra Mundial el país le fue entregado en fideicomiso a Bélgica, que lo manejó hasta la independencia en 1962. En ese momento la región fue dividida y los estados asumieron sus nombres actuales y su composición étnica, fuente de todos los problemas. Los belgas se aliaron con los tutsi, que forman el 14 por ciento de la población y a quienes consideraban menos inclinados al nacionalismo, lo que les permitiría controlar a la mayoría hutu, que conforma el 85 por ciento. De modo que los belgas comenzaron a pasar el poder a los tutsi poco antes de la independencia.
Pero con la llegada de ésta, los hutus alcanzaron el poder en Ruanda debido a su enorme mayoría. Los tutsi se rebelaron en 1959, lo que causó la muerte de cerca de 100.000 de ellos, mientras unos 200.000 huían hacia Burundi. En este país, en cambio, los tutsi se mantuvieron en el poder, y en 1972 el ejército masacró a unos 200.000 hutus, para aplastar una rebelión. No contentos con ello, los tutsi de Burundi se dedicaron a asesinar a todo hutu que hubiera cursado el bachillerato. En 1988 se produjo otra masacre por una nueva rebelión hutu en Burundi. Y el último capítulo comenzó en octubre de 1990, cuando refugiados tutsi provenientes de Uganda, bajo el Frente Patriótico Ruandés (FPR), se infiltraron por el norte, y, al final de la semana pasada, amenazaban tomar la capital, Kigali.
El FPR tiene un programa político atractivo, pero se estrella con la realidad de que la democracia en Africa está mediatizada por las disputas étnicas, que impiden cualquier colaboración gubernamental confiable. Las tensiones comenzaron a bajar cuando se eligió en Burundi a un hutu como presidente. Entre tanto, el presidente de Ruanda, también hutu, había firmado un acuerdo de paz con los rebeldes tutsi. Un proceso que terminó con ese malhadado cohete en Kigali.

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