Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1997/07/21 00:00

AFRICA PARA LOS AFRICANOS

El continente negro pasa de una guerra civil a otra desde su descolonización. Algunos plantean el regreso a las tribus.

AFRICA PARA LOS AFRICANOS

La historia es conocida, sólo falta ponerle nombres. El mundo se entera de un golpe en la capital de un remoto país del Africa subsahariana. (Esta parte puede cambiarse por una rebelión de tropas mal pagadas o por el recrudecimiento de una vieja rebelión guerrillera.) Los extranjeros blancos son evacuados a toda prisa porunos soldados europeos y norteamericanos que no tienen idea de lo que está pasando a su alrededor. Luego, un líder con el pecho cruzado por cintas de ametralladora afirma ante sus seguidores, jóvenes de camisetas alborotadas y mirada vidriosa, que ha asumido el mando del país. Afuera, en las calles, vehículos sin vidrios reparten la ración diaria de muerte. Se trata de otro país africano en guerra consigo mismo.Basta repasar por encima las últimas noticias provenientes de ese subcontinente para confirmar que el círculo vicioso se sigue cumpliendo. No acababan de silenciarse las armas en Zaire (hoy República Popular del Congo), cuando un golpe militar en Freetown, la capital de Sierra Leona, derrocó al primer presidente elegido popularmente en ese país y desencadenó una ola de saqueos y violencia. Menos de una semana después Brazzaville, capital de la República del Congo (limítrofe con el 'nuevo' Congo) se convertía en escenario de una feroz lucha entre las tropas del gobierno y las de un rival de otra tribu. De nuevo el público internacional, endurecido en los últimos meses ante la barbarie desatada en Ruanda y Burundi y acostumbrado desde antes en Liberia, Somalia, Angola, Zimbabwe, y muchos otros países, no levantó una ceja. Los orígenesPero es que nadie se puede sorprender si se tiene en cuenta que esa historia se viene repitiendo desde hace 40 años. Fue entonces cuando los países europeos se convencieron de que el modelo colonial de explotación podía dar paso a uno más funcional y práctico con la independencia de sus colonias, que quedarían ligadas por lazos culturales y sobre todo comerciales con sus antiguas metrópolis. Desde los años 50, uno a uno fueron siendo descolonizados los territorios ocupados por las potencias europeas, en una tendencia que fue recibida al norte del Mediterráneo como el inicio de una nueva era. Pero el orden diseñado por Europa desde la Conferencia de Berlín de 1885 no podía ser viable. Desde esa época Africa fue dividida en colonias por estadistas que, completamente indiferentes a las diferencias étnicas y culturales de los africanos, sólo buscaban satisfacer las necesidades de materias primas de sus industrias, o simplemente el orgullo nacional de sus pequeños estados. Pero cuando los europeos se cansaron de ese sistema Africa no volvió a ser la misma. Al marcharse dejaron en su lugar a quienes mejor les habían servido, a una élite local educada a imagen y semejanza de sus antiguos patrones, que utilizó sus prebendas para orquestar la mayor corrupción de que da cuenta la historia reciente, al punto que arruinó completamente territorios repletos de riquezas naturales. Los estados-nación artificiales, con sus gobiernos centrales, sus ejércitos e instituciones europeizadas, entraron en rápido conflicto con las formas ancestrales, las tribus y sus jefes. Las fronteras artificiales separaron a unos pueblos y obligaron a coexistir a otros, lo que condujo a que, en el interior de esos 'países', la política partidaria se dividiera precisamente por esas líneas tribales. Los holocaustos de tutsis y hutus en Ruanda y Burundi son el ejemplo más recienteEn esas condiciones no era posible el florecimiento de nada que se pareciera a la democracia. Y efectivamente, los gobiernos 'democráticos' que heredaron el poder de los europeos pronto dieron paso a regímenes militares aún más corruptos y violentos. Lo cierto es que la espiral iniciada por el golpe de Ghana en 1966, y que dio lugar a personajes tan siniestros como Idi Amín Dada en Uganda o el emperador Bokassa en la República Centroafricana, está lejos de terminar.
Nueva línea
Por eso entre los analistas internacionales crece la idea de que para convertirse en un subcontinente en paz Africa subsahariana debe regresar a sus raíces, esto es, dejar de lado no sólo la herencia colonial sino su secuela de tiranos sangrientos. Para muchos eso significa ni más ni menos que dejar atrás las fronteras artificiales y convertir al territorio en una gran confederación de autoridades tribales. A pesar de que esa teoría parece pertenecer al terreno de lo fantástico, lo cierto es que un líder africano está promoviendo esa aproximación, y lo está haciendo en forma muy real. Se trata del presidente de Uganda, Yoweri K. Museveni, quien lidera un movimiento ideológico cuya meta, antes que nada, es terminar con el reinado de esa élite poscolonial de déspotas. La importancia del dirigente ugandés se refleja en el hecho de que algunos están comenzando a llamarlo "el Bismarck de Africa". Otros se refieren a él como "el otro estadista africano", en referencia al presidente surafricano Nelson Mandela. Museveni basa su doctrina en el rompimiento de dos pilares de la política poscolonial: el respeto por las fronteras artificiales y la no intervención. Ex guerrillero izquierdista, lo primero que hizo Museveni al tomar el poder en 1986 fue reinstalar a los reyes tribales en sus tronos y darles un nivel de autonomía para gobernar. Los resultados fueron impresionantes, y hoy el sistema ugandés es considerado como premonitorio de la 'nueva Africa'. Museveni está detrás de varias rebeliones justas, como la del Ejército Popular de Sudán contra el régimen fundamentalista de ese país y como la invasión de un ejército de exiliados tutsi en Ruanda, que terminó el genocidio perpetrado por los hutu y sacó del poder al dictador Juvenal Habyarimana. Pero su éxito más resonante fue su apoyo para el triunfo de Laurent Kabila y el derrocamiento de Mobutu Sese Seko en Zaire, la hoy República Popular del Congo. Muchos comentaristas, especialmente franceses, sostienen que la victoria de Kabila, la primera de un movimiento guerrillero en el continente, podría desencadenar un efecto dominó y que los demás autócratas africanos deberían preocuparse.La ideología de Museveni es simple: los dictadores africanos han explotado por demasiado tiempo a sus conciudadanos, manipulando las diferencias tribales para mantenerse en el poder con el objeto de robar tanto como han podido. Hay que salir de ellos, pero la democracia multipartidista no es viable en la medida en que pueda convertirse en vehículo de dominación de una tribu sobre otra, con resultados sangrientos. "La democracia llegará cuando haya una base social para ello. Porque nosotros somos una sociedad preindustrial", dice. Esa actitud de cierto desdén por la democracia occidental hace que sus críticos sostengan que Museveni está instalando una nueva clase de déspota, lo que parece demostrado por su propio régimen unipartidista, que ha seguido Kabila en el ex Zaire. Pero tanto éste como su mentor encarnan un nuevo tipo de líder africano, ideológicamente centrista, austero en lo personal, abiertamente enemigo de la Africa poscolonial. Su versión africanizada de la democracia, en cualquier caso, para muchos es una alternativa al despotismo que ofrece una salida imaginativa a una situación que ha probado suficientemente no tener solución. Pero en esto, como siempre, la historia tendrá la palabra.

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