Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1996/08/05 00:00

AHI SIGUE

Yeltsin logra consolidarse en Rusia. ¿Podrá cumplir sus promesas?

AHI SIGUE

El 4 de julio amaneció despejado y el país despertó tranquilo. Con cerca del 54 por ciento de los votos, Boris Yeltsin acababa de superar al candidato del Partido Comunista Guennadi Ziuganov, que obtuvo un 40,41 por ciento. Los presagios de fuertes tormentas se desvanecieron y dejaron su lugar a la calma de estos días soleados y veraniegos.Porque en pleno inicio de la temporada estival los rusos demostraron una sorprendente disciplina al mantener una participación electoral de 67,25 por ciento, apenas por debajo de la primera vuelta electoral, realizada el 16 de junio. Una disciplina que no olvidaron ni siquiera los nuevos turistas rusos, que desviaron sus tours por París para pasar a la embajada a cumplir con su deber ciudadano. Ni los menos afortunados, quienes perdieron pasar un día de sol en sus dachas de las afueras de Moscú con tal de expresar su voluntad en las urnas.En Rusia no hay ley seca en el día de elecciones. En las escuelas donde se realizan las votaciones se disponen puestos especiales para vender cerveza, bebidas y pasabocas, e incluso algunos pares de zapatos o juegos para niños. Tampoco hubo grandes celebraciones. Ni carnaval, ni desfile de carros pitando toda la noche, ni nada. Apenas descorcharon algunas botellas de champaña en la sede de la campaña yeltsinista, y punto.Pero los ganadores tenían aparentemente buenas razones para festejar. Yeltsin ganó en forma aplastante en las grandes capitales (Moscú 77,29 por ciento, San Petersburgo 73,86 por ciento) y en su región natal, la zona industrial de los Urales (Sverdlovsk, Perm), donde obtuvo más del 70 por ciento de los votos. También logro revertir ampliamente algunas dolorosas derrotas de la primera vuelta, al aventajar a su rival en las repúblicas de Tatarstán, Bashkiria y Daguestán (donde Ziuganov pasó de 66 a 43 por ciento), regiones cosacas del sur europeo como Rostov, y algunas regiones de Siberia como Krasnoiarsk. La 'zona roja', el fortín de los antiguos comunistas, resultó fuertemente reducida. Sorprendentemente el voto en contra de los dos candidatos obtuvo casi un 5 por ciento, con provincias donde esta cifra llegó a 7, casi a 8 por ciento, como en Vladivostok y Kamchatka en la costa pacífica, Arjangelsk al extremo norte, y la región de Moscú.La razón para la ausencia de grandes festejos no está en la idiosincrasia rusa sino en que fue una victoria prestada. La primera vuelta electoral fue apenas satisfactoria para el Presidente, que apenas logró 3 por ciento de ventaja sobre su rival más cercano, mientras que 30 por ciento de los votos se escaparon de las manos de los dos principales contendientes, que no lograron polarizar al país en dos campos claros y determinados.Lo cierto es que Yeltsin mantiene su sillón en el Kremlin gracias a la alianza tejida con el general Alexander Lebed, quien obtuvo un sorprendente 15 por ciento de los votos durante la primera vuelta. Su nombramiento como secretario del Consejo de Seguridad y la espectacular remoción de los más altos funcionarios de los organismos armados aseguraron a Yeltsin la lealtad del general y la de una mayoría de sus adeptos. A ello hay que sumar los votos del economista Grigori Yavlinski, quien obtuvo 7,5 por ciento en la primera vuelta. En números, los 14 millones de votos nuevos obtenidos por Yeltsin provienen de la suma de votos de estos dos candidatos (16,5 millones), aunque dos millones y medio, presumiblemente de Lebed, no siguieron a su líder.Pero quizá lo más interesante de estos comicios es que han quebrado la regla de todos los procesos electorales que tuvieron lugar en el este de Europa después de la caída de los regímenes comunistas. Quizás el único país en el cual se mantiene un gobierno de orientación liberal es la República Checa, donde el primer ministro Vaclav Klaus logró sobrevivir con dificultad a unas recientes elecciones parlamentarias en las que la oposición ex comunista hizo grandes avances. En el resto de países, los partidos comunistas rebautizados, o se mantienen en el poder, como en Rumania y en Eslovaquia, o volvieron a sus antiguos líderes comunistas luego de unos años de experimentar las 'terapias de choque', como en Hungría, Polonia y Bulgaria. Lo mismo sucedió en las repúblicas de la ex Unión Soviética, como Lituania, donde el ex comunista Algirdas Brazauskas ganó las elecciones.El símbolo de esta cadena de derrotas fue Lech Walesa, el afamado dirigente de Solidaridad en Polonia, que sucumbió a manos de un elegante y modernizado candidato ex comunista, Alexandr Kwasnievski, que supo ganar el voto de la juventud. Paradoja de las paradojas: ¿Por qué, en la patria del comunismo, el comunismo perdió? ¿Por qué, en aquellos países subyugados por el régimen estalinista, los ex comunistas ganaron?Quizá porque en Rusia, como en ninguna otra parte, la dolorosa experiencia con el régimen totalitario se mantuvo durante varias décadas más que en los países vecinos. Quizá porque los comunistas del este europeo se adaptaron rápidamente a su rol de socialdemócratas, partidarios de la Otan y de ingresar a la Comunidad Europea. La metamorfosis del viejo y anquilosado Partido Comunista ruso es la opuesta: abandonando, como sus hermanos europeos, el marxismo-leninismo, lo ha reemplazado por un nacionalismo retrógrado, eslavófilo, antisemita, mezclado con esvásticas y con cruces de la Iglesia Ortodoxa.Si bien Ziuganov logró atraer el voto de 25 millones de ciudadanos descontentos, no consiguió canalizar las simpatías de los jóvenes que bailan rock, de los habitantes de las grandes urbes, ni siquiera de una mayoría de los mineros que hacen huelgas y de los obreros que no reciben sus salarios.En estas condiciones, y con Lebed a su favor, Yeltsin logró en la segunda vuelta lo que no había conseguido en la primera: polarizar al país a su favor y en contra del comunismo, a su favor y en contra del regreso al pasado."Cielo sin nubes en toda Rusia", tituló triunfante el diario de negocios Kommersant Daily. "No hay razones para la euforia", tituló Izvestia, contradiciendo las expectativas de un futuro radiante.Un Yeltsin satisfecho, aunque algo acartonado, apareció nuevamente ante el mundo luego de varios días de reclusión en los que se alcanzó a rumorar sobre su verdadero estado de salud.. El Partido Comunista y Guennadi Ziuganov felicitaron al Presidente por su triunfo y no objetaron el resultado de las urnas.Pero ahora llega la hora de pagar las cuentas políticas y económicas del triunfo. ¿Cuánto poder otorgar al general Lebed, que reclama a voz en cuello una ampliación de sus facultades para poder luchar contra el crimen y velar por la seguridad nacional? ¿Qué cuota estará dispuesto a ceder el primer ministro Victor Chernomyrdin, a quien Yeltsin encargó formar un nuevo gobierno? ¿Qué papel jugará Yavlinski, cuyos votos fueron decisivos para el triunfo? ¿Cuánto se le otorgará al Partido Comunista, que a pesar de la derrota tiene el apoyo de 25 millones de ciudadanos y que domina el Parlamento que debe aprobar al Primer Ministro nombrado por Yeltsin? ¿Cómo integrar a Lebed, Chernomyrdin y Yeltsin en un mismo equipo, es decir, cómo hacer "un poder triangular", según la expresión del periódico Kommersant? Desde el punto de vista económico el acertijo es cómo cumplir las grandes promesas de la campaña. Según Izvestia, "todos los indicadores económicos empeoraron en mayo: la producción retomó su caída y bajó el 6 por ciento; la caída de la inversión, que se había frenado el año pasado, se volvió a acelerar y llegó al 19 por ciento. Las exportaciones y la construcción, que son consideradas las locomotoras de la economía rusa, bajaron un 0,6 y un 4 por ciento respectivamente. El PNB es un 11 por ciento inferior al del mismo período del año pasado, el déficit presupuestario llegó a la suma récord de 7,1 por ciento del PNB y los ingresos de la población se redujeron un 4 por ciento en relación con mayo de 1995".La fiesta ha terminado. Vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza, y Rusia tiene un nuevo Presidente: el viejo Yeltsin. Una gran pregunta, tal vez la más inquietante de todas, gravita sobre su futuro: ¿Su quebrantada salud, fuente inagotable de rumores, le permitirá llegar hasta el final del milenio como líder del país más grande del mundo?

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