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| 6/14/1982 12:00:00 AM

AHORA, A MUERTE. I'M SORRY"

Así dicen muchos muros hoy en Buenos Aires, compendiando el ánimo de la población acerca de esta guerra del fin del mundo. Pero tras el ruido de las superarmas que los contendientes están empleando allí...

Los primeros lances de esta guerra fueron tan rápidos y vistosos como en las películas hollywoodenses.
El 2 de abril los soldados argentinos se apoderaron con rapidez de Soledad, dominaron al alto comisionado Rex Masterman Hunt y sus 79 fusiles navales, sustituyeron la bandera y el idioma británico por los propios y alteraron la vida de los 2.000 "kelpers", como se llaman los habitantes del lugar. Fue una operacion militar "limpia", brillante, que acabó cuando el depuesto Hunt se negó a estrechar la mano que gentilmente le tendía el almirante argentino Carlos Busser, comandante de la operación.

ASTIZ, EL TORTURADOR "HEROICO"
Poco más de tres semanas después, marcadas por el lento avance de la flota inglesa, el 25 de abril, los británicos recuperaron las islas Georgias del Sur. Mientras la contrainformación argentina informaba al pueblo que sus heróicas tropas de élite de la marina resistían bravamente a las fuerzas británicas superiores, ya todos se habían rendido y el comandante de los 200 hombres destacados, el teniente de la marina Alfredo Astiz, cenaba tranquilamente a bordo de una fragata inglesa caballerosamente convidado por sus enemigos.
Poco después, el mundo sabrá bien quien es Astiz, ese "héroe" de la dictadura argentina. Muchos de sus compatriotas demócratas han sufrido en sus propias carnes y mentes las "heroicidades" de Astiz, que es en realidad uno de los astros de la "Escuela Mecánica de la Armada", notable centro de tortura en Buenos Aires, donde era conocido como "el ángel rubio", "cuervo" y "Gonzalo Escudero". Ana María Martí, una de sus víctimas, cuenta cómo fue arrancada de su hogar, junto con su hijo de 6 años y su hija de 8, y ante ellos torturada en la "Escuela" de Astiz. El teniente es reclamado ahora por el gobierno sueco, acusado de haber baleado por la espalda y detenido el 27 de enero de 1977, a la joven sueca Dagmar Hagelin, hasta hoy "desaparecida". El "valor" del teniente Astiz ante mujeres embarazadas presas (su especialidad en la Escuela era torturarlas) se le acabó en menos de 45 minutos en esta guerra de verdad, confirmando el juicio que le oímos hace meses a Jorge Luis Borges, sobre los prohombres de la dictadura: "Los militares argentinos no son veteranos en batallas, sino en desfiles". Cuando se acabe esta guerra. Borges tendrá que sacar de esa lista a algunos.
Frente a ese torturador que rápido se rindió para salvar la vida propia y aceptó la buena mesa del enemigo, los vencedores fueron apenas una docena de hombres que prepararon el magistral e incruento asalto: los comandos especiales del SBS (Special Boat Squadron), los héroes de Woodward.
Quienes son esos hombres que con sus artes de sabotaje y otras virtudes profesionales, haría palidecer de envidia al cinematográfico James Bond? A quien los compara con los otros super héroes británicos, los del SAS (Special Air Service), le suelen responder: "Nosotros hacemos todo lo que pueden hacer los del SAS, y, además, caminamos sobre el agua".

MEJORES QUE EL 007
El SBS es la unidad más secreta de las fuerzas armadas británicas, tanto que se sabe de ellos sólo cuando entran en acción. La última vez fue en un trasatlántico en alta mar, para desactivar unas supuestas bombas terroristas. De la SAS se sabe, por ejemplo, que dependen directamente de la fuerza aérea, y que están integradas por 950 hombres y quienes son sus comandantes. De la SBS apenas se sabe que no depende de la marina real ni del cuerpo de fusileros navales, aunque sea este el "vivero" de sus miembros, que su comandante es, desde 1977, un cierto coronel Alfred Storrie, quien jamás fue fotografiado, ni dió entrevistas, y ni siquiera es seguro que se llame así.
Para que actúen, la orden salta los canales jerárquicos y solo es ejecutada si es autorizada por el ministro de defensa, y para que tal cosa suceda es necesario accionar un código que solamente conocen el ministro de defensa y el coronel Storrie.
El secreto no es solo en torno del comandante: no se conoce el rostro nombre o dirección de ninguno de sus miembros, ni siquiera cuántos son, aunque se calcula que son entre 100 y 400. Sí se sabe que apenas ganan 800 dólares mensuales en paz o en guerra, más "gastos de viaje" que pueden triplicar esa cantidad. También se sabe que de cada cien candidatos seleccionados, apenas uno llega al comando efectivo y que cuando cumplen 30 años los jubilan como instructores, por considerar que el vigor de la juventud es imprescindible cuando sus dos principales especialidades son: la silenciosa e imperceptible manera como llegan a las playas más agresivas y el salto de paracaídas desde alturas increíbles.
Esto último que llaman "Halo" (High-altitude low opening), es una vertiginosa caída libre a partir de 1.620 metros de altura y abriendo el paracaídas cuando solo falta 365 metros para llegar suelo. Para tener una idea del peligro hay que saber que los saltos normales de las fuerzas militares de cualquier país los hacen con el paracaídas abriéndose automáticamente, y que cuando entran en caída libre lo ponen en acción a 700 metros del suelo.
Su función no es entrar en combate, sino recoger informaciones y sabotear las instalaciones del enemigo, y su emblema, no oficial por supuesto, es una rana con dos remos cruzados y el lema: "no por la fuerza, sino por la astucia", y no lo exhiben en el uniforme o la boína sino tatuados en la parte interna del brazo izquierdo. A pesar de ese lema, pobre del rival si tienen que usar la fuerza, porque están entrenados para emplear cualquier arma, desde un hacha primitiva hasta el más sofisticado cañón, con perfección. Son maestros en técnicas de autodefensa y ataque y capaces de clavar milimétricamente una bayoneta de 23 centímetros en el corazón de una persona de cualquier estatura en la más oscura de las noches.
Los comandos SBS son entrenados física y psicológicamente para sobrevivir en las circunstancias más adversas durante semanas, hasta comiendo lagartijas, ratones y raíces de plantas; para evitar la gangrena después de estar de pie en la nieve durante un día; para no enloquecer tras una semana completa subidos en un árbol mimetizados y en completo silencio; para estar prontos a combatir luego de 48 horas de estar flotando en aguas polares; para nadar como peces a 20 metros de profundidad sin aparatos de oxígeno y por lo menos durante seis minutos; para andar con sus botas especiales sobre una alfombra de hojas secas sin hacer el ruido que pueda captar un oído humano. Además llevan y usan un sofisticado transmisor-receptor que comunica hasta 370 kilómetros de distancia y un grabador-transmisor-sintetizador de mensajes, aparato que transmite señales de diez minutos en un segundo, transformándolos en sonidos ininteligibles para el oído humano.
Pero muy pronto esos cinematográficos comandos pasaron a segundo plano, eclipsados por el estrellato de los misiles que, estrenando en una guerra de verdad, lo hicieron con mortal éxito al hundir, a manos argentinas, el "Sheffield".
"MAMA, ESTE ES EL FIN DEL MUNDO"
Las olas eran muy altas, nos cubrían, y el agua muy helada, a menos de dos grados centígrados. Cuando alguien caía al mar, quedaba inmediatamente tieso y había que rescatarlo en seguida o sería demasiado tarde: en dos o tres minutos sus músculos rígidos no le obedecerían y comenzaría a hundirse, a veces ya muerto, porque el frío le había paralizado el músculo cardíaco. Los de mi bote nos salvamos todos. En los otros, no se... Algunos no usaron el ancla a tiempo y se fueron apartando, el viento violento los fue llevando hacia la Antártida... ".
El suboficial Gómez es uno de los sobrevivientes del hundimiento del crucero argentino "General Belgrano". Describe el drama que vivieron los 1.042 hombres cuando...
"Fue de repente, de sorpresa, porque estábamos fuera de la zona de guerra, a 300 millas de las Malvinas. Ninguno esperábamos aquella explosión. Eran torpedos, esos "Tigerfish", sabemos ahora, que reventaron todo. Uno nos alcanzó en la popa y el otro en el Santa Bárbara, el depósito de municiones. Los que estaban cerca murieron en el acto unos cincuenta hombres. Después, las explosiones. Todos corrimos hacia las balsas o botes salvavidas. Lanzamos al mar los 52 que tenía el "Belgrano".
Fueron momentos horribles. Sabíamos que si no nos retirábamos rápidamente del navío este nos arrastraría con él hasta el fondo del océano, unos 4.000 metros desde ese punto. El viento violento nos empujaba de vuelta al moribundo crucero. Por fin lo conseguimos, y vencimos, luego de 48 horas terribles, a un mar helado y con olas inmensas".
Aun libraban su batalla contra la muerte el capitán Héctor Elíaz Bonzo y sus naufragos del "Belgrano " cuando la sonrisa del presumido contraalmirante Jonh "Sandy" Woodward quedó más helada que sus ateridos cuerpos: al destructor "Sheffield" orgullo de lo flota de su majestad, había sido herido de muerte por misiles Exocet y se iba a pique.
"Podíamos sentir el calor insoportable a través de la suela de los zapatos -decía el capitán James Salt, comandante del "Sheffield"-. La pintura externa se calcinaba. El área directamente alcanzada por el misil quedó ardiendo, las paredes eran ascuas blancas... ".
Dejando abandonados en el destructor agonizante veinte cadáveres, la tripulación se arrojó a los botes, y los orgullosos marinos británicos aprendieron dramáticamente que cuando se les escapa el salvavidas en las furiosas aguas del Atlántico Sur, son exactamente iguales que un naufrago argentino.
En algún lugar del enfurecido oceano, sobre el portaviones "Hermes", Woodward escuchaba triste las explicaciones del asombrado capitán Salt. "Yo sólo tuve tiempo de gritar: ¡protéjanse!, tres o cuatro segundos después de que el misil nos alcanzó de lleno". "No hubo tiempo ni de tocar la alarma. Explotamos de repente", observaba otro sobroviviente.
"Mamá, aquí, es el fin del mundo, como usted me lo había dicho, pues pasamos hambre y frío estamos a la imperie e indefensos ante los ataques enemigos. El único consuelo, madre mía, es que estoy sirviendo a mi querida patria". Así, sin rodeos, se lo dice el soldado argentino Osvaldo Madini Obregón, quien está destacado en Soledad a su madre Margarita, en una carta que le ha enviado a su casa en Paso de los Libres, pequeña ciudad junto a la frontera con Brasil".
"Durante el último bombardeo al aeropuerto -continúa- yo estaba a unos diez kilómetros. La pista que habíamos reparado, fue totalmente destruída, quedando con un cráter de cuatro o cinco metros de profundidad".
Hay muchos otros testimonios de los sufrimientos que experimentan los soldados argentinos en las Malvinas aunque están censurados. Pero también el desánimo comienza a hacer mella en las naves inglesas, enfrentadas a un mar hostil y a un enemigo que los sorprendió.
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