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| 12/13/2008 12:00:00 AM

¡Al abordaje!

Los piratas somalíes llegaron a su clímax en 2008. Su atrevimiento amenaza el comercio marítimo mundial y las rutas del petróleo.

En plena crisis financiera mundial, hay una empresa que vive un auge inusitado. Es la piratería marítima, para la que este fue, de lejos, su mejor año. Las noticias de cinematográficos secuestros de todo tipo de barcos en el cuerno de África se volvieron costumbre. La región se convirtió en un nuevo triángulo de las Bermudas donde los barcos desaparecen hasta cuando alguien paga su rescate. Estos les han reportado a los piratas del siglo XXI inmensas fortunas que, se calcula, alcanzarían unos 150 millones de dólares en 2008. En las costas de Somalia, el crimen sí paga.

Ningún barco está a salvo. Los ataques se acercan al centenar y van desde el Ponant, un lujoso yate francés secuestrado en abril, hasta el Faina, un carguero ucraniano que transportaba tanques soviéticos cuando fue retenido en septiembre. Pero el más llamativo fue el del Sirius Star, un superpetrolero saudita con el que la osadía de los piratas somalíes alcanzó un nuevo nivel al amenazar las rutas del petróleo. Este barco es uno de los más grandes del mundo y su carga (dos millones de barriles de crudo) está valorada en 100 millones de dólares. Desde cuando fue abordado, en noviembre, se han publicado diversas versiones sobre el valor del rescate. Algunas hablan de hasta 25 millones de dólares.

Muchos no se explican cómo un puñado de piratas en pequeñas lanchas rápidas pueden asaltar con tanta facilidad un barco casi tan largo como cinco aviones Boeing 747 y tan alto como un edificio de 10 pisos. En realidad, es más sencillo de lo que parece. En primer lugar, los grandes barcos son muy lentos. Cuando está cargado, un superpetrolero navega a menos de 30 kilómetros por hora (unos 15 nudos) y no puede maniobrar, pues le toma kilómetros hacer un giro sencillo. Las lanchas de los piratas son mucho más rápidas.

Subir no es tan complicado, pues cuando está cargado, la borda queda mucho más cerca del agua. Los piratas lo alcanzan con arpones y escaleras. Muchas veces aprovechan la noche y algunos puntos que no cubre el radar. Y una vez a bordo, todo está consumado. Llegan armados hasta los dientes y se encuentran con tripulaciones indefensas cuyas funciones a bordo nada tienen que ver con enfrentamientos a tiros.

No hay que dejarse engañar por la imagen primitiva de los asaltantes. Aunque hay una piratería primitiva que ocurre cerca de las costas, con pandilleros a duras penas armados de pistolas y machetes, hay otra de gran escala, que es la que tiene en jaque el comercio marítimo mundial con sus ataques de precisión militar en el cuerno de África. Son redes de crimen organizado que utilizan naves nodriza para operar en altamar. Estas reinvierten parte de sus millonarias ganancias en comprar sofisticados equipos, como teléfonos satelitales y sistemas de posicionamiento global (GPS), y armamento más pesado, como misiles y lanzagranadas.

A diferencia del aire o la tierra, el mar sigue siendo un territorio salvaje donde es difícil establecer controles. De poco ha servido la presencia de buques militares de la Otan, Estados Unidos, Rusia e India. Pero a lo largo de la historia, los piratas siempre han necesitado guaridas en tierra firme. Y Somalia, un Estado fallido sin un gobierno central fuerte desde cuando se acabó la Guerra Fría, es el escenario perfecto.

En este país la actividad pirata sólo disminuyó por algunos meses cuando grupos conocidos como las Cortes Islámicas se hicieron con el control de la mayoría del país. Pero en 2006, Estados Unidos, preocupado por los islamistas, propició que Etiopía invadiera el país para aplastarlos y reinstalar un gobierno que hoy a duras penas controla Mogadiscio, la capital.

El Sirius Star terminó anclado precisamente allí, en las costas de Somalia, frente a los puertos piratas, junto a otra docena de embarcaciones en las que unas 250 personas permanecen encañonadas a la espera de que se negocie con éxito su liberación. Algunas se resuelven en pocos días, pero otras se dilatan por meses.

Por el cuerno de África transitan el 10 por ciento del comercio marítimo mundial y más del 30 por ciento del petróleo. Los rescates se traducen en primas más altas o en retrasos cada vez más frecuentes a medida que la industria marítima se decide por una ruta más larga, pero más segura, alrededor del Cabo de la Buena Esperanza, en Sudáfrica, en lugar de tomar el Canal de Suez. El impacto se siente con fuerza y encarece los costos. Pero eso poco les importa a los piratas somalíes, alrededor de los cuales se ha construido una cultura 'traqueta'. Compran lujosos carros, construyen pequeños palacios y se quedan con las mujeres más bonitas. En un país hambriento, ellos son los reyes.
 
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