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| 5/7/2011 12:00:00 AM

¿Al fin qué pasó?

Después de muchas mentiras, el gobierno de Estados Unidos se ha visto obligado a revelar a cuentagotas la verdad sobre la muerte de Bin Laden. Al final resultó ser una masacre por razón de Estado.

En la mañana del lunes pasado, el relato del final de Osama bin Laden era digno de un guion de Hollywood: en una operación con solo el 60 por ciento de posibilidades de éxito, un destacamento aerotransportado de navy seals había librado una batalla de cuarenta minutos con guardaespaldas fuertemente armados y, luego de alcanzar la alcoba del líder terrorista, este se les había enfrentado mientras se escudaba tras el cuerpo de su mujer. “Se hizo justicia”, dijo el domingo en la noche Barack Obama, con el tono reservado a los grandes momentos de la épica norteamericana.

Pero a lo largo de la semana, la versión de esos hechos y sus consecuencias inmediatas (las decisiones de qué hacer con el cadáver y si presentar o no su foto) fue mutando a medida que se filtraban nuevas circunstancias, cada vez más difíciles de negar. Con los dias se supo que fue una misión destinada desde el comienzo a matar a Bin Laden, y que, aunque no fue tan heroica, finalmente logró la victoria más importante de la presidencia de Barack Obama. Pero detrás de las versiones imprecisas y las mentiras abiertas, la actitud del gobierno norteamericano no resultó distinta de la de cualquiera en sus circunstancias, y los colombianos lo recuerdan bien con el caso del guerrillero Raúl Reyes.

Además, hay pocas cosas más caóticas que un combate. En medio de la adrenalina, muchos soldados tienen recuerdos nebulosos de los momentos críticos. La confusión de la batalla fue incluso bautizada por Carl von Clausewitz, el teórico militar del siglo XIX, como “neblina de la guerra”. Ello podría explicar que las primeras informaciones fueron bastante vagas. El día siguiente, John Brennan, asesor de contraterrorismo del presidente, dijo que “la preocupación era que Bin Laden se opusiera a la captura. De hecho, lo hizo. Fue muerto en el tiroteo”. Brennan también precisó que “había una mujer en la línea de fuego” y añadió: “Entiendo que su esposa fue usada como escudo”.

El martes, la Casa Blanca aceptó que Bin Laden no estaba armado, pero que opuso resistencia. Jay Carney, el portavoz de Obama, también aclaró que “en el cuarto, con Bin Laden estaba su mujer, corrió hacia nuestras tropas y fue baleada en la pierna, pero no murió”. Y al día siguiente, en Pakistán, empezó a circular una versión más siniestra. Según la cadena Al-Arabiya, de Dubái, la hija de Bin Laden, de 12 años, les dijo a oficiales de la inteligencia paquistaní que los gringos capturaron a su padre y lo ejecutaron ante su familia. Y fuentes policiales de Abottabad, citadas por la AFP, señalaron que Osama “no tenía ningún comando que lo protegiera”.

Para Washington era importante mostrar que, a pesar de que violó las fronteras de Pakistán, la intención era acogerse a las leyes internacionales y respetar la vida del jefe terrorista. En su discurso del domingo, Obama “autorizó una operación destinada a capturar a Osama bin Laden y presentarlo delante de la justicia”. Pero es cada vez más claro que los gringos lo iban a matar.

Y eso, en un mundo dominado por la realpolitik, era obvio. Bin Laden en la cárcel era un encarte. Habría multiplicado los secuestros de occidentales para canjearlo y un juicio le hubiera dado una tribuna de oro para lanzar llamados a la Guerra Santa y justificar los atentados contra las Torres Gemelas. Sin contar con que hacerle un proceso viable era virtualmente imposible, ya que la Corte Penal Internacional solo entró en vigencia después del 11 de septiembre de 2001.

En los planes de Washington también estaba mostrar cómo Obama dirigía el operativo, para reforzar su rol de “comandante en jefe”. En ese sentido, quedará en la iconografía del poder la foto del presidente y sus asesores en el “situation room”, la Casa Blanca. Brennan le dijo a la prensa que “podíamos ver en tiempo real el progreso de la operación, desde el principio, hasta que llegaron al blanco. No voy a entrar en detalles sobre qué vimos, pero nos dio la capacidad de evaluar la operación mientras se hacía”. Pero Leon Panetta, jefe de la CIA, cambió el libreto en la televisión pública: “Una vez los comandos entraron en el complejo, hubo un periodo de casi 20 o 25 minutos en el que no sabíamos de verdad qué estaba pasando”. Y luego se supo que el soldado responsable envió un mensaje que nadie en la sala entendió: “Geronimo, EKIA”. Perplejos, los asistentes tardaron un rato en descifrarlo: “Enemy Killed In Action”.

Y el cadáver. Aunque ya Al-Qaeda aceptó en un comunicado la desaparición de su líder, la ausencia del cuerpo alimentó las suspicacias de los aficionados a las conspiraciones. El lunes se supo que, después de lavarlo y hacerle una pequeña ceremonia religiosa, lo tiraron al mar Arábigo desde el portaviones USS Carl Vinson.

Lo primero que dijeron los voceros es que ningún país vecino quería recibir el cuerpo del jefe de Al-Qaeda, lo que no se pudo comprobar. Después agregaron que se trataba de respetar los ritos musulmanes, pero no pudieron precisarlos. A la larga, en realidad el cadáver de Bin Laden sufrió lo esperable, esto es, la misma suerte que los de Hitler, el Che Guevara o incluso Raúl Reyes. Siempre hay miedo de que una tumba se vuelva un santuario o un sitio de peregrinación para el enemigo.

Para rematar, a falta de cuerpo, tampoco se veía una foto del muerto por ninguna parte. A pesar de la inmensa presión, Obama le dijo a la CBS que era “material clasificado”.
 
Añadió: “Es muy importante que no circulen, pueden servir para incitar la violencia o para propaganda. Esto no es lo que somos. No andamos mostrando este tipo de trofeos”.

Pero en realidad no quería producir el efecto negativo que consiguió George W. Bush al publicar las fotos de Saddam Hussein y sus hijos. El analista Laurent Gerveau recuerda en Le Monde que la imagen del cadáver del Che Guevara todavía atormenta a los norteamericanos. Pero, según indican varios analistas, no quiere decir que las fotos del cadáver de Bin Laden nunca vayan a ser mostradas. La Casa Blanca las guarda como un as bajo la manga, para sacarlas cuando mejor le convenga.

Vivo o muerto, Bin Laden siempre fue esquivo. La encarnación del terrorismo global atravesó la década pasada como un fantasma, resurgiendo en videos o audios difícilmente identificables. Varios funcionarios de la ONU pidieron a Estados Unidos un informe detallado de la operación en la que Bin Laden murió. Sin embargo, lo más probable es que la muerte del líder de Al-Qaeda quede envuelta en una bruma tan opaca como su vida.
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