Jueves, 2 de octubre de 2014

| 2013/08/10 04:00

Al Qaeda y la pesadilla fantasma

La alerta global lanzada por Washington ante posibles ataques pudo ser exagerada, pero el grupo terrorista aún es muy peligroso.

El médico egipcio Aymán al-Zawahiri, refugiado en algún lugar de Pakistán, reemplazó a Osama Bin Laden después de su muerte en mayo de 2011. Aunque debilitados, los extremistas siguen muy presentes en decenas de países.

“Dominación por el terror”. Esta semana, la definición del terrorismo que hace el diccionario pareció aplicarse al pie de la letra. Washington no cerró 20 embajadas y consulados porque sus espías descubrieron un plan de ataques, porque algún preso reveló algún complot o porque las autoridades interceptaron una caleta de bombas de alto poder. 


Lo que inquietó a Estados Unidos y disparó alarmas olvidadas hacía años fue una simple conversación en la que Ayman Al-Zawahiri, sucesor de Osama Bin Laden a la cabeza de Al Qaeda, y Nasser al-Wuhayshi, el jefe de la franquicia del grupo extremista en Yemen, hablaban de preparar “algo grande”. 


La decisión de Barack Obama tal vez sea prudente, pero sobre todo revela que –a pesar de que la Casa Blanca ha repetido que Al-Qaeda está “huyendo”, “despavorido” y “casi acabado”– el grupo islamista aún logra aterrorizar con una capacidad de hacer daño que no está completamente destruida. 


Hace dos años, cuando después de una cacería de más de una década un par de balazos acabaron con Bin Laden, muchos creyeron que los tiros habían terminado con lo poco que quedaba de Al Qaeda. Pero el egipcio Al-Zawahiri está demostrando que sigue siendo poderoso. Aunque ya no tienen la capacidad para atacar Nueva York, Madrid o Londres, en los últimos meses Al Qaeda ha vuelto a hacer ruido. Y de la manera más tradicional: con muertos, sangre y miedo. 


En Irak, donde la célula local del grupo es muy activa, julio fue el mes más brutal del año con 642 muertos y 1.451 heridos. En Siria el frente Al-Nusra es la fuerza rebelde más importante en la guerra para derrocar a Bashar Al-Assad, y ha convertido a ese país en un imán de yihadistas, como pasó en el Afganistán de los años ochenta. Y en las últimas semanas en Libia, Irak y Paquistán los comandos armados islamistas atacaron varias cárceles y liberaron a miles de prisioneros de Al Qaeda.

 

Pero el núcleo actual de la organización está en Yemen, un país desértico, pobre, atravesado por divisiones tribales y regido por un gobierno débil, donde los islamistas encontraron el terreno ideal. En 2009 apenas un centenar de militantes integraban Al Qaeda para la Península Arábiga (AQPA) y ahora, a pesar de la presión de Washington, han sumado al menos 1.000 combatientes. 


El grupo está liderado por Nasser al-Wuhayshi, número dos de Al Qaeda y exsecretario privado de Bin Laden. En su plantilla cuenta con Ibrahim Hassan al-Asiri, un saudí experto en bombas y tenía al ideólogo yemení-estadounidense Anwar al-Awlaki, muerto por un drone en 2011.


Raffaello Pantucci, investigador y experto en yihadismo del Royal United Services Institute for Defence and Security Studies (RUSI), le dijo a SEMANA que Al Qaeda “tiene vínculos con Yemen desde hace tiempo. La familia de Bin Laden viene de ese país y ya en 2000 el grupo atacó un buque estadounidense, el USS Cole, en Adén. En los últimos años demostraron su capacidad para sobrevivir, y llegaron a controlar pedazos de territorio, a apoyar filiales regionales y a lanzar ataques complejos contra Estados Unidos”. 


En una de sus acciones más audaces, la AQPA atentó contra el príncipe Mohamed bin Nayef, el ministro de Interior de Arabia Saudí. Los yemenitas también están detrás del atentado fallido con “ropa interior bomba” del nigeriano Umar Farouk Abdulmutallab en un vuelo entre Ámsterdam y Detroit en 2009. 


En otro complot escondieron bombas en cartuchos de impresora y los enviaron en aviones de carga a Estados Unidos. El grupo también radicalizó a Nidal Malik Hasan, el oficial estadounidense que ametralló a 13 personas en la base militar de Fort Hood en 2009 y a Faisal Shahzad, que trató de detonar un carro bomba en Times Square en 2010. 


Por su parte, el Pentágono dispara con toda su artillería para pulverizar a la AQPA. En una verdadera guerra no declarada, Estados Unidos ha bombardeado Yemen con drones, buques de guerra y cazas un centenar de veces en la última década. Según la Oficina de Periodismo Investigativo, entre 697 y 1222 personas han muerto en estas acciones encubiertas, entre ellas de 98 a 194 civiles. 


Washington además entrena el Ejército de Yemen y lo financia con decenas de millones de dólares al año. Pero la estrategia no ha sido del todo exitosa. Con la guerra de los drones muchos yemenitas tienen la impresión de estar en la mira y más que hacer la yihad, o guerra santa, sienten que están defendiendo su país. En el país además se está validando la teoría de las “matemáticas de la insurgencia” del exgeneral estadounidense Stanley McChrystal: “Por cada inocente que matas, creas diez nuevos enemigos”. Y los drones son todo menos infalibles.

 

Como le escribió el familiar de una víctima de un bombardeo hace poco al presidente Barack Obama, “¿Por qué en agosto pasado envió ‘drones’ a matar a mi cuñado y a mi sobrino? Nuestra familia no era el enemigo, la gente que mató se oponía a Al Qaeda. Salem era imam. El viernes, antes de su muerte, denunció en su sermón la ideología del odio de Al Qaeda. No fue la primera vez, pero sí la última. Temíamos que los militantes lo mataran, nunca pensamos que la muerte iba a venir de arriba, de la mano de Estados Unidos. Con su muerte perdieron un aliado. De hecho, porque la noticia se expandió en la región, perdieron a miles de aliados”.


Pero la persistencia del grupo islamista no solo se explica por los ‘daños colaterales’ de Washington. Presionada y acorralada, Al-Qaeda se descentralizó, reforzó su marca y buscó nuevos liderazgos. Según Pantucci, “Al Qaeda ya no es la organización unificada de antes. La muerte de Bin Laden aceleró la tendencia hacia su regionalización. Mientras el corazón ha sido duramente golpeado, sus filiales regionales se volvieron el centro de la amenaza”. 


Presentes en decenas de países (ver mapa), sus células funcionan de manera semiautónoma, como franquicias de la violencia islamista, que comparten tácticas, discursos, símbolos sin tener forzosamente comunicación directa o una subordinación. Eso les permite ser más flexibles, encajar mejor los golpes y volverse casi invencibles.


El islamismo radical se alimenta además del fracaso de la primavera árabe. Si en un momento se pensó que esas rebeliones iban a mostrar que la democracia y las manifestaciones eran más eficaces que las bombas y la yihad, ahora es claro que también abrieron una caja de Pandora. La región se debate entre la ingobernabilidad, el caos y las frustraciones, razones muy eficaces para enrolar jóvenes desesperados. En Libia, y peor, en Siria, los levantamientos engendraron guerras civiles donde los más radicales se armaron y se reforzaron. 


Pero Egipto es más preocupante. Después del golpe de Estado contra Mohamed Morsi, el país deriva hacia un conflicto entre el Ejército y los islamistas, cuyo ganador puede terminar siendo Al Qaeda. La semana pasada Al-Zawahiri acusó a Estados Unidos y los países del golfo Pérsico de haber conspirado para derrocar a Morsi y llamó a los seguidores de la Hermandad Musulmana a abandonar el camino de la democracia. El fundamentalista sabe que en Egipto hay millones de posibles reclutas y que solo tiene que esperar que la situación se degrade. Algo que no parece tan difícil.

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