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| 1/11/1993 12:00:00 AM

ALA VERSUS RAMA

La guerra religiosa entre hinduistas y musulmanes amenaza la establilidad del Estado Indio.

DESDE HACE POR LO MENOS trea años, los militantes hinduistas estaban tras la destrucción de la mezquita de Barri, construida en el siglo XVI en el sitio en donde según ellos nació hace 5.000 años el dios Rama. Para ellos, el lugar sagrado debía ser limpiado para construir allí un gran templo para su dios-rey. El gobierno del primer ministro P.V. Narasimha Rao tenía la seguridad de que nada le pasaría a la reliquia islámica, no sólo porque los líderes del partido fundamentalista hindú Bharatiya Janata se lo habían prometido, sino porque una orden de la Corte Suprema había ordenado respetar el recinto musulmán y construir el templo hinduísta en las cercanías.
Pero los ánimos llegaron al clímax el domingo, cuando miles de hinduístas venidos de varias partes del país se reunieron alrededor de la mezquita. Aparentemente sus dirigentes habían acordado hacer un acto simbólico, pero poco después del mediodía, el fanatismo religioso se apoderó del lugar. Con cantos de "Viva el dios Rama", la turba atravesó el débil cordón policial y, armada sólo con picos, palas y las manos desnudas, arrasó la reliquia musulmana en menos de dos horas. No pasó mucho tiempo antes de que se produjeran violentos enfrentamientos a lo largo y ancho del país que produjeron más de 600 muertos y dejaron al gobierno de Rao y su Partido del Congreso en serios problemas para restableeer el orden y mantenerse en el poder, Rao ha sido criticado desde que llegó al poder por su postura exageradamente conciliadora en un país repleto de tensiones raciales, culturales, religiosas y económicas.
Ahora es claro que la destrucción del templo no es ni mucho menos un hecho aislado.
Se trata, por el contrario, de un plan elaborado por grupos de chauvinistas hindúes que quieren destruir la actual organización secular del Estado para erigir en su lugar el Ram Rajya, o el Imperio de Rama.
De los 882 millones de habitantes de India, 97 son de religión musulmana. Cuando India y Paquistán fueron creados tras la partición de la colonia británica en 1947, la primera fue estructurada como un país secular, en el que la religión no tendría ningún papel dominante. Pero a través de los años y con intensidad variable, los hindúes y los musulmanes han protagonizado enfrentamientos violentos.
A pesar de que su presencia es muy antigua, pues proviene de las primeras conquistas turcas en el siglo XI, hoy subsiste la percepción de que el Islam es la religión de los conquistadores, lo que parece demostrado por el hecho de que a través de los siglos erigieron sus propios santuarios en lugares sagrados de los hindúes. De hecho la mezquita destruida la semana pasada habia sido levantada por Sabur, quien conquistó gran parte del país en el siglo XVI y levantó un imperio mogol que duró hasta el XIX.
En los últimos dos años y mediante un hábil manejo de esos prejuicios, el Bharatiya Janata y su líder Lal Khrishna Advani se han convertido en la principal fuerza de la oposición. La semana pasada probablemente se salió de sus manos el asunto de la mezquita, pero después de los hechos solamente Advani renunció a su puesto como líder de la oposición parlamentaria.
Los demás siguen en su idea de construir el templo a Rama, mientras el gobierno del vacilante Rao veía cómo turbas enfurecidas se atacaban entre si en Bombay, Calcuta y las principales ciudades.
En medio de los llamados a la cordura provenientes de grupos de intelectuales de Nueva Delhi y otras ciudades, la amenaza de construir el templo a Rama seguia pesando como una espada de Damocles sobre el régimen del Partido del Congreso ( que ha regido los destinos de India en casi todo el período independiente ) y, en últimas, sobre la concepción moderna del Estado indio. El subcontinente es el escenario renovado de pugnas religioso-culturales que tienen casi 1.000 años, y eso no se arregla tan fácilmente.
Por eso, el panorama indio es muy oscuro, con el fantasma de una guerra civil inimaginable en el horizonte.
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