Lunes, 5 de diciembre de 2016

| 1986/07/28 00:00

ALAN GARCIA EN EL SENDERO DEL LEON

La masacre de las cárceles de Lima puede tener consecuencias políticas incalculables.

ALAN GARCIA EN EL SENDERO DEL LEON

A los diez días de la matanza de los presos políticos amotinados en las cárceles de Lima, la situación se ha complicado bastante. Los detalles ya son conocidos; en la cárcel de Lurigancho murieron la totalidad de los reclusos de Sendero Luminoso, que eran 180, masacrados deliberadamente por la Guardia Republicana cuando se hallaban rendidos e inermes. En la de El Frontón, una isla en el puerto de El Callao que se tomó la Marina, murieron 127 tras un desproporcionado combate: los senderistas sublevados tenían dos fusiles FAL con veinte balas cada uno, y una pistola ametralladora con treinta, arrebatados a sus rehenes. La Marina, tras reducir a escombros con cohetes el pabellón de los presos, penetró en él. Los amotinados enviaron a un rehén a que entregara las armas vacías y anunciara su rendición. Salieron luego quince con las manos en alto, y fueron ametrallados. Los restantes fueron dinamitados en los escombros del pabellón con excepción de 25 sobrevivientes.
En la Cárcel de Mujeres de Santa Bárbara murieron dos detenidas. Desde el primer momento el gobierno de Alan García reconoció que podían haberse cometido "excesos". Más tarde, en un discurso televisado, el Presidente habló de "entre treinta y cuarenta" fusilados después de la rendición en Lurigancho, y anunció la detención y el procesamiento de 80 agentes y 15 oficiales de la Guardia Republicana responsables. Era lo menos que podía hacer, pero sigue siendo claramente insuficiente. Porque quien dirigió la operación en Lurigancho fue un general, pero no de la Guardia Republicana, sino del Ejército, y no ha sido molestado. Y por lo ocurrido en El Frontón, donde la responsabilidad fue de la Marina, nadie ha sido puesto en causa. Ni mucho menos el Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas (Ejército, Marina y Fuerza Aérea), bajo cuya supervisión se tomaron todas las decisiones, que Alan García -según dijo- respalda plenamente. La razón de esta cautela es muy clara: la Guardia Republicana (o sea la Policía) no puede darle un golpe de Estado al Presidente, y en cambio las Fuerzas Armadas sí. El Parlamento, que también lo ha entendido, no ha llamado por ahora a declarar más que a los ministros civiles responsables, absteniéndose de importunar a los ministros militares.
Fuera de lo anterior, que revela la fragilidad repentina que los terribles sucesos de las cárceles han provocado en un gobierno hasta el día anterior fuerte y prestigioso, las consecuencias de lo ocurrido el 18 y el 19 de junio no hacen sino comenzar, y pueden tener toda suerte de ramificaciones. En el campo del terrorismo ya las hubo. Entre las respuestas de Sendero Luminoso a la masacre de sus militantes presos hay que contar la tentativa de bombardear con mortero la reunión de la Internacional Socialista en el Hotel Crillon, en pleno centro de una Lima militarizada hasta los topes (intento en el que murió una mujer terrorista), las bombas colocadas en varios cines, que no produjeron víctimas, y el atentado con explosivos contra el tren de turistas de Cusco a Machu Picchu, donde siete personas murieron. Pero no es en el terreno terrorista donde van a producirse las novedades, de acuerdo con los observadores políticos. Según ellos, la verdad es que la capacidad militar de Sendero Luminoso se ha visto considerablemente mermada en los dos últimos años por los golpes sufridos durante su "campaña pre electoral" -entre octubre del 84 y marzo del 85. Y de ello es una muestra, dicen, su cambio de estrategia: su terrorismo ya no es indiscriminado (matanzas de campesinos en la sierra), sino selectivo (atentados recientes contra un almirante y contra el secretario de organización del partido gobernante, el APRA). Sendero no es ya una amenaza directa para la estabilidad del sistema, si es que alguna vez llegó a serlo con sus actividades que nunca afectaron los nervios económicos de la producción ni los centros vitales del poder político. Y en cuanto a los otros dos grupos subversivos que actúan en el Perú, su importancia es apenas de nota de pie de página: el Movimiento Revolucionario Tupac Amaru (MRTA) no cuenta con más de ciento cincuenta hombres, y los Comandos Revolucionarios del Pueblo no tienen más de treinta.
Las consecuencias políticas, en cambio, son más profundas. La primera es el considerable debilitamiento de Alan García dentro de su propio partido, el APRA, en el cual su fuerza era hasta ahora tan incontrastable que le permitía gobernar prácticamente en solitario, con hombres de su propia confianza y no del aparato del partido. Eso se acabó. Alan García es hoy, comentaba a SEMANA un dirigente aprista, como esas estrellas extintas de que hablan los astrónomos: todavía nos llega su luz, pero ya no existen. La comparación es exagerada, pero es verdad que la talla de Alan García se ha visto considerablemente reducida tanto frente al ala izquierda como al ala derecha de su partido. Así lo muestra el protagonismo del vicepresidente Luis Alberto Sánchez, veterano dirigente de la derecha aprista, que fue el encargado de dar las primeras interpretaciones oficiales sobre los sucesos, y el encarnizamiento de los apristas de izquierda con los ministros del Interior y de Justicia de García.
Pero no sólo dentro del APRA sale mal parado el Presidente, sino que también pierde peso y fuerza frente a la derecha propiamente dicha y frente a los militares, tradicionales enemigos del APRA. Durante sus primeros diez meses de gobierno su prestigio personal era tal que le permitía meter en cintura a las Fuerzas Armadas, e incluso castigarlas -como en el caso de las matanzas de campesinos en Ajomarca y el descubrimiento de las fosas comunes de Pucayacu, cuando fueron fulminantemente destituidos los generales responsables. La timidez actual de García ante la Marina y el Comando Conjunto demuestra que esos tiempos ya se acabaron. Pasado el breve sarampión del velasquismo, los militares peruanos han vuelto a ser tan de derecha como siempre.
Fueron purgados ya -desde el "derechazo" de Morales Bermúdez- todos los oficiales progresistas que acompañaron a Velasco Alvarado en su frustrada tentativa de revolución militar. Hasta ahora han tolerado, aunque con visible disgusto, el populismo del APRA, al cual pese a su evolución de las últimas décadas siguen considerando peligrosamente izquierdista -razón por la cual en dos ocasiones dieron un golpe de Estado para impedir que asumiera el poder ganado electoralmente. Pero su paciencia puede tener límites frente a un Presidente que insiste en provocar el disgusto de los Estados Unidos en el tema de la deuda externa peruana, que no es ya el idolo popular de los primeros meses ni el indiscutido jefe de su partido y que, por añadidura, puede caer en la peligrosa tentación de no solidarizarse del todo con las decisiones del Ejército en materia de represión a los subversivos. Interpretada desde este ángulo, cambia de sentido la advertencia hecha hace unas semanas por el ministro de la Marina, almirante Julio Pacheco cuando Sendero asesinó a un vicealmirante: "Han despertado al león" dijo el ministro. Y el menú tradicional de ese león, cuando está despierto, es la carne de aprista.
Pero tampoco el león las tiene todas consigo. Dispone de la fuerza militar, pero carece en cambio por completo de la fuerza y la legitimidad políticas. Según dijeron al enviado de SEMANA dirigentes de la Izquierda Unida, todo el rompecabezas del golpe militar está ya dispuesto y armado, y no falta nada más que la decisión política para llevarlo a cabo. Pero tampoco falta nada menos, y esa decisión tiene que tomar en cuenta un importante factor de disuasión: el poder político de la Izquierda Unida, del ala izquierda del APRA, e incluso del propio Sendero, que conserva su influencia entre los comuneros campesinos de la sierra y entre los pobladores de las barriadas miserables de Lima. Un golpe podría desencadenar una verdadera guerra civil, y ni siquiera faltan los rumores de que el propio APRA lleva meses considerando esa posibilidad. Según se dice, las armas soviéticas que, procedentes de Alemania Oriental, llevaba el buque danés Pia Vesta que fue interceptado en el Canal de Panamá debían haber sido desembarcadas en El Callao. El vicepresidente Luis Alberto Sánchez insinuó ante la prensa extranjera que una parte del cargamento se habia quedado allí. Pero nadie toma en serio la versión de que fueran armas para los senderistas, incapaces -no sólo por limitaciones logisticas, sino por principios ideológicos- de organizar una operación internacional de esa envergadura. Eran armas, se asegura, para las milicias paramilitares que prepara el APRA. El cual, según ciertos informes, ha enviado a seiscientos de sus cuadros de barrio a Corea del Norte para que reciban allí entrenamiento militar.
Cualquier cosa, pues, puede suceder en el Perú en las semanas o los meses venideros. Y en ningún caso hay que olvidar que la elección de Alan García el año pasado es el único caso de traspaso pacífico del poder entre dos gobiernos civiles que se ha dado en el Perú en este siglo.

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