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| 12/17/2016 12:00:00 AM

Alepo: el fin de un sueño

La derrota de los rebeldes a manos del gobierno apoyado por rusos e iraníes no solo comportó un desastre humanitario. También es el final de la esperanza nacida de la Primavera Árabe.

La foto muestra a cientos de personas sentadas en una de las pocas calles del este de Alepo que el jueves todavía controlaban los rebeldes. En la imagen hay mujeres, niños cubiertos con abrigos y gorros de lana, y hombres de todas las edades acompañados con bultos o maletines donde llevan sus últimas pertenencias. Esperan a que la evacuación programada para esa mañana se haga realidad. La víspera, su salida se había frustrado por discrepancias entre algunos de los actores de esta guerra demencial: los rebeldes, el régimen de Damasco, Rusia, Irán, las milicias chiitas, Hizbulá y Turquía. El resultado, otra noche infernal. La última de cuatro años y medio en la que las fuerzas del régimen sirio atacaron masivamente la parte rebelde de la ciudad, mientras sus aviones bombardeaban donde más daño hacían a la población civil: las escuelas, los hospitales, las panaderías… “Ha sido surrealista”, aseguraba en un video subido a la web uno de los activistas atrapados en la ciudad, quien contaba que en las últimas semanas los ataques habían alcanzado niveles récords en una guerra que pasará a la historia por sanguinaria.  

En los días previos, cuando la toma era inminente, miles de civiles habían cruzado al lado oeste de Alepo o habían buscado refugio con los kurdos, que gracias a un pacto de no agresión con el régimen todavía controlan una pequeña parte de la ciudad. Como memoria quedaban las decenas de cadáveres tirados en la calle como consecuencia de los ataques de los últimos días y las ejecuciones masivas de civiles, la destrucción de gran parte de la zona rebelde, pero sobre todo las incontables imágenes de desgracia de esta ciudad convertida en el símbolo de la revolución iniciada en 2011, pero también de su fracaso. 

La llamada primavera siria, cuando miles de personas salieron a las calles contra el régimen de Bashar al Asad, muy pronto se convirtió en una guerra que a su vez se dividió en muchas que no solo enfrentaban a los sirios, sino también a varias potencias regionales y mundiales, empezando por Estados Unidos y Rusia. “Nuestras construcciones destruidas son testigo de nuestra perseverancia y sus crímenes”, decía un grafiti que uno de los rebeldes pintó antes de abandonar la ciudad. Y tienen razón. Pocos se explican cómo los rebeldes, entre los que se encuentra una facción grande de afiliados a la facción siria de Al Qaeda, lograron sobrevivir a los ataques, especialmente desde que Rusia se incorporó a la lucha a favor del régimen en octubre de 2015. 

Pero la realidad es más compleja. La retoma de Alepo por el régimen, gracias a la ayuda de Irán, sus milicias como Hizbulá y la aviación rusa, también es el fracaso de un sueño que murió tal vez por la inocencia, o por la falta de organización, egoísmo o ansias extremas de poder de la oposición, y los rebeldes sirios que los llevaron a tomar decisiones equivocadas. Y también por la falta de decisión de las llamadas potencias occidentales, que a pesar de sus palabras de apoyo nunca supieron cómo actuar frente a un régimen que no paraba de cometer abusos como las torturas –hoy documentadas– de los prisioneros políticos.

Un sector de la población siria, incluida la minoría cristiana, decidió apoyar a muerte a Al Asad porque temían que el remedio islamista fuera peor que la enfermedad autoritaria, pero secular. Y varios millones de sirios decidieron abandonar el territorio y buscar refugio hasta en Europa.  

Hoy, al recuperar Alepo, Al Asad parece haberse salido con la suya. Desde el día uno de la revolución habló de terrorismo y de una guerra sectaria, que si bien no existía al comienzo sí terminó por materializarse con el auge de esos grupos conformados, entre otros, por cientos de extremistas que su gobierno liberó de las cárceles. La llegada al escenario del llamado Estado Islámico en 2013 y sus secuestros y sus ejecuciones, especialmente de periodistas occidentales, terminó por reforzar la narrativa gubernamental.

El fin de la lucha por Alepo no es el fin de la guerra. Se espera que se intensifiquen los ataques a la provincia de Idlib, el bastión de los rebeldes ‘moderados’ no pertenecientes a Isis, y también queda el interrogante sobre cuánto se involucrará el régimen en la batalla liderada por los kurdos, con apoyo occidental, contra Estado Islámico en el occidente del país.

Pero para resolver estas preguntas tal vez habrá que esperar a la llegada del gobierno norteamericano de Donald Trump, que ha hablado de aliarse con Rusia en la guerra contra Estado Islámico.

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