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| 4/16/2001 12:00:00 AM

Alerta roja

La destrucción de los Budas de Bamiyán por los fundamentalistas talibanes pone a pensar acerca del futuro de los lugares arqueológicos en territorio islámico.

Una escena que parecIa exclusiva de los lejanos tiempos de las cruzadas y de la conquista de América volvió a sacudir al mundo. A nombre de “la religión verdadera” el movimiento fundamentalista islámico talibán, que controla el 90 por ciento del territorio de Afganistán, dinamitó las enormes imágenes de Buda esculpidas en los acantilados de Bamiyán. Las dos efigies, de 55 y 36,5 metros, eran las dos representaciones de Buda más altas del mundo.

Los talibanes, que se apoderaron en 1996 de Kabul, capital de Afganistán, no sólo les prohibieron trabajar y recibir educación a las mujeres sino que también prohíben el alcohol, el ajedrez, las revistas, la televisión y el cine pues consideran que al reproducir figuras humanas violan los preceptos del Islam.

Koichiro Matsuura, director general de la Unesco, ya había confirmado la destrucción de los dos colosos de Buda esculpidos entre los siglos III y IV. “Es odioso asistir a la destrucción, fríamente calculada, de bienes culturales que constituyen el patrimonio del pueblo afgano y de toda la humanidad. Su destrucción constituye un auténtico crimen cultural”.

De nada sirvió la movilización internacional ni la opinión contraria expresada por las más altas autoridades religiosas del Islam. Los talibanes, que pretenden construir “el Estado islámico más puro del mundo”, hicieron caso omiso del rechazo mundial que produjo este atentado contra el patrimonio de la humanidad y, de paso, dejaron una vez más de presente la inoperancia de las Naciones Unidas y sus organismos, entre ellos la Unesco, cuyas amenazas y sanciones de poco o nada sirven cuando se trata de impedir guerras, masacres o atentados contra el patrimonio cultural.

Aunque este es un caso aislado que ocurrió en un país sometido a una visión extrema de la religión no deja de ser preocupante revisar el mapa del mundo islámico, sembrado de miles de sitios arqueológicos donde se perpetúa la grandeza de las civilizaciones de Mesopotamia, Egipto, Persia, Grecia, Roma, Bizancio, así como de la cultura hebrea, árabe y cristiana. ¿Qué ocurriría si las corrientes fundamentalistas se toman el poder en algunos de esos países y deciden seguir el ejemplo de los talibanes afganos? ¿Cuál sería la suerte de estos tesoros de la humanidad consagrados a dioses paganos como Osiris, Isis, Afrodita o Apolo? Estas preguntas, aunque hipotéticas en la gran mayoría de las naciones islámicas de hoy, no dejan de ser preocupantes tras el sacrilegio de los talibanes contra los Budas de Bamiyán.
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