Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2003/03/03 00:00

Aliados y opositores

Qué creencias e intereses mueven a los países que apoyan o rechazan el proyecto estadounidense de guerra en Irak.

El desenlace de la crisis de Irak definirá, entre otros, el futuro de la ONU, un asunto que está en suspenso a causa del enfrentamiento entre países aliados y opositores de Washington. Así, Gran Bretaña, España e Italia pidieron junto a Estados Unidos una segunda resolución del Consejo de Seguridad que declarará a

Irak en violación de su compromiso de desarme y permitiera el uso de la fuerza. Al mismo tiempo Francia, Alemania, Rusia y China pedían una resolución alternativa que les diera más tiempo a los inspectores de la ONU para que la guerra fuera la última opción. Es claro que la búsqueda de consenso dentro del organismo resultará casi imposible y al final el ente internacional podría volverse inocuo. Aunque este escenario sería indeseable, una compleja red de motivaciones hace improbable que tanto aliados como opositores cedan en sus posiciones.

Esto es claro para Gran Bretaña, el más fiel aliado de Washington. Tanto es así que el primer ministro, Tony Blair, ya ha enviado 25.000 soldados al Golfo Pérsico a la espera del ataque. El problema es que la población británica se opone a la guerra y su posición podría costarle unas futuras elecciones. Ya es común que sus críticos lo caricaturicen como el perrito faldero de Bush y los analistas temen que varios de sus ministros terminen renunciando. ¿Por qué entonces se arriesga? Para empezar, porque una posición cercana a la superpotencia mundial unida a una victoria rápida en Irak podría hacer cambiar la opinión pública en su favor. "Si la guerra es rápida, y Saddam termina entregando las armas, entonces saldría reivindicado y su posición sería irrefutable, como pasó con Margaret Thatcher después de la guerra de las Malvinas", dijo a SEMANA William Hitchcock, autor de La guerra por Europa.

Pero además la posición de Blair es consecuente con sus ideales e intereses estratégicos. Así, al igual que su política interna de la llamada 'tercera vía', su política exterior se basa en la idea de comunidad. El considera que la interdependencia mundial creó la necesidad de intervención de los países ricos cuando en otros países se llega a ciertos grados de represión e injusticia. "El de verdad cree en el argumento moral de que Saddam Hussein es un dictador ilegítimo que mata a su propia gente", agrega Hitchcock.

La posición de España e Italia es algo diferente. En ambos casos se trata de países con una enorme oposición civil a la guerra pero con gobiernos conservadores que sienten simpatía política por Bush. Así, el presidente del gobierno español, José María Aznar, ha vivido el terrorismo de ETA en carne propia y lo ha combatido, entre otras, gracias al apoyo de Washington. Por eso se siente comprometido con la guerra de Bush. Por su parte, el primer ministro italiano, Silvio Berlusconi, es un multimillonario que llegó al poder gracias a una alianza con partidos de una extrema derecha xenofóbica. Es normal que este gobierno sea un aliado de Washington contra los supuestos financiadores de extremistas musulmanes. Además, según explicó a SEMANA Giovanni Gasparini, investigador del Instituto Affari Internazionali: "Berlusconi está particularmente interesado en mantener un vínculo personal fuerte con Bush ". Tanto en Italia como en España la oposición política a los gobernantes es débil y ninguno de ellos involucraría tropas en el conflicto, por lo que el daño no sería tan grave en caso de un reversazo a la proyectada guerra relámpago.

Y también hay una explicación para que los 'pacifistas' se comporten como lo hacen. Los alemanes cargan con la culpa de haber instigado la Segunda Guerra Mundial. Por eso desde la posguerra el país se comprometió con la paz y sólo hasta 1995 la alta Corte alemana reinterpretó un artículo de la Constitución que le impide al país iniciar un ataque que no sea defensivo, para que pudiera participar en las operaciones de pacificación en Bosnia y Kosovo. En ese entonces hubo muchos críticos que acusaron al canciller Helmut Kohl de haberse dejado dictar la agenda por Estados Unidos. Schröder se benefició de este sentimiento al responder al pacifismo imperante y mostrarse fuerte ante Estados Unidos. "La combinación de fuerza alemana y el antimilitarismo hicieron que oponerse a Estados Unidos fuera un buen riesgo político para Schröder", explicó a SEMANA el experto en política alemana de la Universidad de Columbia Jonathan Bach.

El pacifismo de Francia ha sido, en cambio, interpretado como un residuo de nostalgia por su antigua preponderancia en la escena internacional y una vía para frenar el poder hegemónico de Estados Unidos. Por último, Alemania y Francia tienen intereses económicos en que Hussein permanezca en el poder. Así, el gobierno iraquí tiene deudas pendientes con ellos por muchos millones de dólares que terminarían en el limbo en caso de guerra. Además, compañías como la petrolera francesa Total-Final-Elf, que firmó para explotar los campos petroleros de Majnoon y Bin Umar, o la empresa automotriz alemana DaimlerChrysler que tiene un contrato para vender camiones y repuestos, perderían estos negocios.

La oposición a la guerra de Rusia y China, que también pidieron más tiempo para los inspectores, es menos radical. Rusia también tiene intereses económicos y políticos en Irak y desea recobrar su condición de superpotencia que Estados Unidos le arrebató. Pero por otro lado el presidente Vladimir Putin no desea romper la nueva alianza con Estados Unidos que le permitió, por ejemplo, asumir un papel activo en la Otan. China también se debate entre una ambivalencia similar: siente que por su seguridad nacional debería atajar el poder de Estados Unidos, pero necesita el apoyo de la potencia para mantener un crecimiento económico que le permita terminar con la transformación de su economía.

A pesar de todo no será fácil para ninguno de estos países defender una u otra posición. Están en juego la popularidad de sus líderes, el futuro de la ONU y la Unión Europea, las buenas relaciones con el país más poderoso del mundo, los intereses económicos, la seguridad y la estabilidad global y millones de vidas humanas. La apuesta es arriesgada y aún no se sabe cuál será el resultado de la guerra.

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