Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2003/09/22 00:00

'Amapola republic'

Después de dos años de caído el régimen Talibán, Afganistán volvió a ser el primer productor de opio del mundo. El problema cuestiona la autoridad del gobierno interino.

A los afganos les prometieron una "libertad duradera" al comenzar la campaña contra el represivo gobierno Talibán. Pero tras la caída de éste se convirtieron en esclavos de la amapola. El país es responsable de tres cuartos de la producción de opio mundial y elabora 90 por ciento de la heroína que se consume en las ciudades europeas y en los vecinos. El año pasado generó 1.200 millones de dólares, el 20 por ciento del Producto Interno Bruto de un país empobrecido por 30 años de guerras.

Antonio María Costa, director de la Oficina de Drogas de la ONU, anunció durante una visita a Afganistán que este año los cultivos de amapola se habían expandido a donde nunca habían existido. Costa reconoció que, además, la drogadicción interna se ha convertido en un problema que supera todas las previsiones. En Heart, por ejemplo, viven unos 70.000 adictos y sólo existe un centro de rehabilitación. La adicción afecta a familias enteras y puede comenzar desde la infancia, como sucede en los campos de desplazados, donde los padres alimentan con opio a sus pequeños antes de salir a trabajar al campo.

El crecimiento de la producción de amapola en Afganistán, que de 2001 a 2002 fue de 1.400 por ciento, también ha acarreado crímenes conexos que tienen al gobierno de Hamid Karzai en una grave crisis. Los traficantes hacen parte de una red involucrada en producción y tráfico de armas, de personas y robo de propiedades. La amapola propicia la corrupción, alimenta el conflicto y financia sangrientos atentados.

El deterioro de la situación resulta más claro si se tiene en cuenta que hace dos años, como consecuencia de un edicto del máximo líder Talibán, el Mullah Omar, el régimen había erradicado casi toda la amapola. Según dijo a SEMANA Yunas Samad, experto de la Universidad de Bradford, Reino Unido, tras la caída de los Talibán "los señores de la guerra, el bandolerismo y las fuerzas del narcotráfico volvieron con vigor y retan al actual gobierno".

Pero el jefe de las fuerzas estadounidenses, John Vines, explica el auge del opio porque luego del 11 de septiembre el régimen Talibán levantó la prohibición y hoy en día la diezmada resistencia se financia con opio y heroína. "Muchos de los enfrentamientos ocurren en áreas donde se produce opio y creemos que los Talibán intentan dominar esas áreas para controlar los medios de producción y las ganancias del negocio", dijo en un programa radial.

Pero según varios expertos las causas del problema son más intrincadas: "Es una exageración decir que los Talibán controlan el comercio del opio, aunque es cierto que cualquiera que se rebele contra la autoridad central (sea Talibán o narcotraficante) se verá impulsado a negociar alianzas de conveniencia", dijo a SEMANA Glynn Wood, experta en narcotráfico del Instituto de Estudios Internacionales de Monterrey. En la misma línea, Samad afirma que "el Talibán es un factor menor y habría que incluir los componentes de la Alianza Norte involucrados en el tráfico de droga". En efecto, esos antiguos opositores de los Talibán, aliados del Pentágono, consolidaron su poder en localidades donde siempre habían manejado la amapola y hoy en día el gobierno interino no está en capacidad de controlarlos. En cambio Estados Unidos sigue dependiendo de ellos para aplacar la oposición.

El narcotráfico también tiene por causa la pobreza ya que la amapola es la subsistencia de muchos. Un campesino de Baghran explicaba a la BBC que él destinaba un tercio de la tierra al opio, y que ese tercio le producía mucho más que el resto: "Nosotros sembramos amapola por necesidad. Si no lo hiciéramos, ¿cómo alimentaría mi familia?".

En efecto, el precio del opio subió con la prohibición y la guerra y hoy en día es casi 10 veces más lucrativo que los cultivos legales. Además la agricultura tradicional ha tenido muchos otros problemas que no han afectado a las resistentes flores del mal. Según un informe de la FAO, en 1978 una serie de sequías redujeron a la mitad la superficie irrigada. Para completar, la ayuda humanitaria de la posguerra ha inundado el mercado de trigo gratis y ya no es negocio sembrar este cereal.

Pero esto no quiere decir que los Talibán no tengan su parte de responsabilidad en la dictadura del opio. Según dijo a esta revista el representante en Afganistán de la oficina de drogas de la ONU, Adam Bouloukos, "ellos emitieron una prohibición al cultivo que fue exitosa, en cuanto a la reducción en el área cultivada, pero el opio seco siguió almacenándose y los Talibán hicieron mucho dinero gracias a la falsa prohibición". En efecto, el libro La maldición de la amapola, publicado por la oficina de Bouloukos, dice que los Talibán, antes de prohibir los cultivos, alegando motivos religiosos, se lucraron gravando el cultivo y comercio de la planta.

Todos estos factores se unieron a la debilidad del gobierno interino para desencadenar la ilegalidad de la que hoy parece imposible salir. De hecho, a Karzai lo apodan 'el alcalde de Kabul', pues el país está bajo control de caudillos regionales. Pero los funcionarios internacionales consideran que Karzai hace lo que puede. Boukoulos aplaude que el gobierno adoptara una estrategia antidrogas centrada en el fortalecimiento de la ley, la reducción de la demanda, el desarrollo alternativo y la capacitación.

El camino, no obstante, ha sido arduo. El 17 de enero de 2002 el gobierno prohibió la siembra y el tráfico de amapola y sus derivados. Y con una política de erradicación prometió 1.250 dólares por cada hectárea destruida. Pero hubo protestas y en abril de 2002 murieron ocho campesinos en un enfrentamiento. Para colmo, los comandantes de milicias se quedaron con la mayoría de las compensaciones. Hoy el gobierno frenó la erradicación y está buscando ayuda internacional para un enfoque más paulatino.

El asunto es que mientras no se reduzca la pobreza, la erradicación va a ser impopular. Así mismo, la victoria contra los Talibán y Al Qaeda aún no se ha dado, y mientras perduren los enfrentamientos será imposible luchar contra los cultivos ilícitos. Es claro que se necesitarán más recursos externos y un compromiso global para cerrar las rutas del tráfico. En el futuro el avance en la lucha contra el cultivo y el comercio de opiáceos indicará el control político y territorial del gobierno de Karzai, y servirá para evaluar la pertinencia del primer proceso de intervención contra el terrorismo impulsada por el presidente estadounidense, George W. Bush.

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