Sábado, 20 de diciembre de 2014

| 1992/03/16 00:00

Amazonas de pie

Reunidos en Manaos, Brasil, los presidentes de la cuenca amazónica reafirman la soberanía ecológica sobre la zona.

Amazonas de pie

AUNQUE LA IMPORTANCIA Se la Amazonia no se alcanza a medir con cifras, estas son indicio: la región tiene alrededor de 7,4 millones de kilómetros cuadrados y representa el 44 por ciento del territorio suramericano. Sus selvas constituyen el 56 por ciento de los bosques latifoliados del mundo y contienen entre el 74 y el 86 por ciento de las especies. El río Amazonas, con sus 6.577 kilómetros de longitud y 20 de anchura en algunos tramos, por sí solo proporciona el 20 por ciento del agua dulce del planeta.
Para nadie es un secreto que la explotación desconsiderada de los recursos naturales de una región así, podría llevar en corto plazo a su desertificación, con consecuencias in conmensurables para la vida en la Tierra. Pero, por otro lado, ese concepto se enfrenta con el derecho de los países amazónicos al ejercicio de su soberanía en el territorio, como premisa inevitable para el desarrollo.
Con la mira puesta en unificar criterios al respecto, de cara a la cumbre ecológica de Rio de mediados de este año, se reunieron la semana pasada en Manaos, Brasil los presidentes de seis de las naciones amazónicas, Brasil, Colomhia Ecuador, Guyana, Bolivia y Surinam (Perú y Venezuela estuvieron representados a nivel ministerial). Su actitud común se convirtió en una verdadera declaración de independencia. Los países amazónicos rechazaron toda forma de presión y condicionamiento de parte de los países del norte en el manejo de sus recursos naturales.
Esa es la respuesta regional a la tesis de los países ricos, para los cuales la Amazonia es un "patrimonio común", que debería ser puesta al margen de toda actividad productiva, lo que implica un distanciamiento entre lo ecológico y el desarrollo social de los pueblos.
El problema consiste en que la Amazonia está sujeta actualmente a una explotación anárquica que comprende procesos de colonización incontrolados, extracción agresiva de minerales y petróleo, construcción de carreteras, tala de bosques y uso de fertilizantes químicos.
El resultado es la destrucción de cinco millones de hectáreas de selva por año. Los gobiernos del área afirman que la crisis económica que les afecta -que atribuyen en buena parte a la insensibilidad de los países desarrollados- les impide introducir consideraciones ecológicas a su desarrollo. En otras palabras, la situación social de esos países plantea el problema ecológico en unos términos sustancialmente distintos: las prioridades de los pueblos con hambre son diferentes.
Los países del norte, a tiempo que critican la explotación de la Amazonia, se niegan a disminuir el consumo de energía proveniente de combustibles fósiles y a destinar recursos para el desarrollo de tecnologías no degradantes del ambiente, a pesar de que aunque no tienen sino el 20 por ciento de la población del mundo, son responsables del 73 por ciento de las emisiones de dióxido de carbono y del 90 por ciento de los fluorocarbonos que destruyen la capa de ozono.
Por su parte, la posición de la región amazónica abarca la tesis del "desarrollo sustentable", es decir, ambientalmente concebido, en zonas selectivas y con la intervención del bosque sin su tala. También incluye el concepto de que cada país es soberano en su territorio y la idea de que el mundo desarrollado debe pagar al sur su "deuda ecológica" mediante la transferencia de recursos financieros y tecnología "limpia". En la declaración conjunta, los mandatarios amazónicos sostuvieron que "los países desarrollados no tienen autoridad moral para exigir controles, pues son los mayores responsables del deterioro ambiental". Llamaron a esos países a suscribir por fin convenios internacionales referentes a biodiversidad, cambios climáticos, consumo de energía, desechos tóxicos, bosques y recursos genéticos. Todos esos temas permanecen bloqueados por la negativa del mundo desarrollado a tratar el tema en términos de igualdad.
No se espera que los países desarrollados acojan la declaración de Manaos. Porque en materia ecológica, parecen dispuestos a imponer una ley del embudo que podría definirse así: "Noosotros podemos destruir los bosques de Europa con la lluvia ácida, pero ustedes no pueden tocar sus recursos naturales sin nuestro permiso".

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